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Análisis

Illa-Iglesias: efecto versus decisión

Mientras que el “efecto Illa” era milagroso, el efecto Iglesias ni siquiera lo llaman efecto Iglesias, sino que es “la decisión de Iglesias”, una especie de auto de fe contra el hombre fatal de los poderes económicos y sus brazos mediáticos, quienes en lugar de realidad trasladan los relatos interesados de sus dueños

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Minutos antes de que Pablo Iglesias anunciara a los medios de comunicación que dejaba la Vicepresidencia del Gobierno de España, para irse de candidato de Unidas Podemos a la Comunidad de Madrid, la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso le estaba contando a Ana Rosa Quintana que estaba en el lado correcto de la historia porque la llaman fascista. Una declaración de este calibre en cualquier país de Europa hubiera sido un escándalo que hubiera servido para inhabilitar a la presentadora y para que los medios de comunicación de forma unánime hubieran editorializado que es intolerable que la máxima dirigente de la comunidad autónoma capitalina se situara tan a las claras en posiciones de ultraderecha.

Sin embargo, nada más comunicar Iglesias que se postulaba para disputarle la presidencia de la Comunidad de Madrid a Ayuso, los medios han preferido culpar al líder de Unidas Podemos de polarizar la campaña. El efecto Iglesias se convierte así en una especie de culpa judeocristiana por la que los medios responsabilizan al todavía vicepresidente del Gobierno de España de impulsar la victoria de Isabel Díaz Ayuso, como si antes no estuviera ya disparada en las encuestas.

A pesar de que las últimas encuestas publicadas dicen que Iglesias ha doblado, en solamente dos días, las intenciones de voto de Unidas Podemos y que Ayuso estaría a dos escaños de perder las posibilidades de gobernar, el tertulianato de este país se ha echado a soltar soflamas que rozan la esquizofrenia.

La honestidad intelectual es analizar dos comportamientos similares de la misma manera. Cuando el exministro de Sanidad Salvador Illa abandonó la cartera ministerial en plena tercera ola de la pandemia, todo eran loas. El “efecto Illa” entonces impulsaba al PSC y la gobernabilidad de España. Nada se habló de polarización ni de que las fuerzas independentistas obtuvieran más escaños que en las pasadas elecciones catalanas.

Tampoco nada se dijo de que el efecto Illa no había conseguido su objetivo porque, aunque ganó las elecciones, de antemano se autoexcluyó de cambiar el rumbo de la Generalitat al decir que nunca pactaría con ERC. Así, ERC ha terminado echándose en brazos de la derecha catalana de Junts ante la negativa del PSC a explorar ningún tipo de acuerdo en las fuerzas progresistas que pudiera dar una salida al bucle de la política catalana.

Iglesias, por lo pronto, ya es tercera fuerza política en la Comunidad de Madrid, ha sacado a su formación del acantilado del 5% y ha insuflado energías e ilusión a un electorado que lleva demasiados años pensando que los partidos de izquierdas han abandonado Madrid a la derecha más radicalizada del país.

Mientras que el “efecto Illa” era milagroso, el efecto Iglesias ni siquiera lo llaman efecto Iglesias, sino que es “la decisión de Iglesias”, una especie de auto de fe contra el hombre fatal de los poderes económicos y sus brazos mediáticos, quienes en lugar de realidad trasladan los relatos interesados de sus dueños.

La Cadena Ser, que tiene desde hace unos meses una carrera meteórica por hacerse con los oyentes de la Cope, se ha preguntado este jueves si es más peligroso Pablo Iglesias o Yolanda Díaz. Ya que no hablan del efecto Iglesias, podrían al menos hablar del efecto Yolanda Díaz, la ministra más valorada por los españoles y la mejor ministra de Trabajo desde que España recuperó la democracia. Quizás sería más preciso decir que Yolanda Díaz es la única ministra de Trabajo que ha tenido España desde 1978, porque todos los ministros del ramo anteriores lo han sido de las multinacionales que les ponían los decretos encima de la mesa para que los firmaran sin mirar.

La democracia española tiene varios problemas, pero el de sus medios de comunicación es uno de los más graves. Mientras que Salvador Illa parecía una aparición mariana en medio de la campaña electoral catalana, a Iglesias lo venden como si fuera Bin Landen. Tampoco hace falta que medios de comunicación sean favorables a Pablo Iglesias, sería suficiente con que informaran con rigor, imparcialidad y dejando el odio a un lado. Los ciudadanos y el ejercicio del noble oficio del periodismo bien se merecen un respeto. Es tan burda la propaganda contra Pablo Iglesias que, en lugar de convencer a la gente para que no lo voten, lo que van a provocar es la movilización a favor de Unidas Podemos en la Comunidad de Madrid. Hasta para ser propagandista hay que ser elegante.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. Lucía Draín

    18 de marzo de 2021 21:05 at 21:05

    pvto Régimen y su cinturón mediático … esa basura rentista de nuestra libertad de expresión, sicarios de la ausencia de libertad de difusión

    quizás el mayor problemazo de la democracia, porque obliga a la población a votar en Realidad Virtual

  2. ESTRELL@

    20 de marzo de 2021 08:47 at 08:47

    Se puede ser de derechas y se puede ser fiel a un partido ; pero no se puede ser tan inconsciente de votar a esa señora que es un peligro publico, M.Rajoy se queda corto a su lado y eso no es nada fácil de superar…

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