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Economía

Keynesianismo o barbarie

Hoy más que nunca hace falta reivindicar la modernidad que supuso Keynes frente al liquidacionismo de las tendencias más reaccionarias.

La economía es una ciencia, dicen que lúgubre, aunque con deslumbrantes destellos. Uno de ellos fue el keynesianismo, una corriente que surge del pensamiento de John Maynard Keynes. Este autor fue poco a poco forjando una nueva forma de pensar en economía hasta llegar a lo que hoy conocemos como macroeconomía.

Antes de Keynes, los primeros autores considerados economistas, los llamados clásicos, como Adam Smith, Thomas Malthus, David Ricardo, John Stuart Mill o Karl Marx habían tratado de descifrar las leyes que determinaban el devenir de las economías capitalistas. Estaban influidos por los nuevos descubrimientos científicos, liderados por Isaac Newton, que había desvelado las leyes de funcionamiento, ni más ni menos, que del universo.

Estos autores emulaban el método newtoniano tratando de descifrar esas leyes en el campo de la economía. Concretamente se interesaban por los determinantes del “crecimiento” de una economía capitalista, un fenómeno totalmente novedoso y fruto de la revolución industrial. Este crecimiento dependía crucialmente de cómo la renta producida en un país se repartía entre las diferentes clases sociales, trabajadores, capitalistas y terratenientes.

En este contexto surge la paradoja de la austeridad de los autores clásicos (quitando a Marx, el clásico heterodoxo): el Estado se necesita para mantener el orden social establecido, para defender la propiedad de los que tiene de los que no la tienen, pero dado que su financiación se realiza con impuestos, hay que minimizar su coste. Esta ambivalencia de necesidad de un estado para sostener el orden capitalista pero que su tamaño sea mínimo para que no suponga un coste excesivo para las clases dominantes se ha mantenido hasta nuestros días.

Después de los clásicos, el marco de la economía cambia totalmente. Ya no se trataba de encontrar las leyes que regían el crecimiento, sino aplicar la revolución marginalista y sus métodos matemáticos a la economía. En este contexto autores como Jevons, Menger, Walras o Marshall trasladan el foco desde la antigua búsqueda clásica del crecimiento, a un nuevo interés por el equilibrio. Si los clásicos observaban la realidad y trataban de descifrar las leyes subyacentes, los neoclásicos aplican las matemáticas para generar una economía mecánica que genere unos resultados cerrados.

Oferta, demanda y equilibrio

Los consumidores maximizan una función de utilidad generando una demanda, los productores una de producción generando una oferta, y el cruce de ambas supone el equilibrio. Cualquier intervención que desvíe a la economía de llegar a este punto es interpretada como una distorsión y una pérdida de eficiencia. La intervención pública, por ejemplo, al impedir que los consumidores maximicen su función de utilidad y los productores su función de producción, estaría distorsionando la economía, expulsando a la iniciativa privada (crowding-out).

Un salario mínimo, al distorsionar el mercado, estaría produciendo paro involuntario. De hecho, si no hay ninguna distorsión, una economía capitalista en el marco neoclásico genera de manera automática desempleo involuntario cero: todo aquel que quiere trabajar al salario establecido, trabaja y los que no trabajan es porque a ese salario, no les compensa. Dicho de otra forma, los parados son gente que simplemente no quiere trabajar. Bajo esta premisa, cualquier política económica (fiscal o monetaria) solo introduce distorsiones que reducen el nivel de máxima producción al que automáticamente llega la economía en competencia perfecta.

Este marco fue duramente -¡oh! sorpresa- contestado por la realidad de la Gran Depresión de los años 30. Millones de personas no encontraban trabajos evidenciando la desconexión de la realidad con la teoría neoclásica: había millones de parados que querían trabajar, pero no podían. ¡El paro involuntario existía! En este contexto aparece John Maynard Keynes. Su visión viene a desbancar a los “clásicos” como llama a todos los economistas anteriores a él, sin distinción entre clásicos y neoclásicos.

Producto Interior Bruto (PIB)

Empieza a observar más que las ensoñaciones de las funciones de utilidad o de producción los agregados macroeconómicos reales: el consumo, la inversión, el gasto público, las importaciones, las exportaciones… Aparece con él la definición moderna de PIB (PIB=Consumo+Inversión+Gasto+eXportaciones-iMportaciones).

Keynes traslada la visión desde lo micro (el comportamiento del consumidor y del productor) a lo macro. Keynes moderniza la economía dotándola de realidad. Los sistemas de cuentas nacionales que hoy nos permiten medir los principales agregados económicos se desarrollan precisamente para medir las magnitudes que Keynes definió. Con Keynes pasamos de observar unos equilibrios sólo existentes en las matemáticas, a observar agregados macroeconómicos y por tanto, se abre la posibilidad a la gestión macroeconómica del ciclo, un elemento crucial de toda política económica actual de una economía moderna.

La política fiscal se utiliza desde entonces para suavizar las fluctuaciones del ciclo, es decir, para llenar el hueco que el sector privado deja cuándo hay una crisis económica. De esta forma, por ejemplo, se establecen seguros por desempleo no solo como forma de justicia social, sino para mantener los niveles de consumo cuando las personas pierden el puesto de trabajo. Este tipo de dispositivos son los llamados estabilizadores automáticos, que incrementan el déficit de forma automática cuando el nivel de actividad cae, por ejemplo, en una crisis.

Segunda Guerra Mundial

La visión del sector público se transforma radicalmente y pasa a jugar un papel fundamental para la reconstrucción tanto de la Gran Depresión, pero sobre todo y fundamentalmente, después de la Segunda Guerra Mundial. Si los movimientos obreros ponen encima de la mesa las principales reivindicaciones, el keynesianismo genera los recursos necesarios para cumplirlas: sanidad y educación universal, sistemas generalizados de desempleo y seguridad social, pensiones…. Es precisamente entre el 1945 y 1973 donde se establece en Europa el Estado del bienestar, se generan las grandes bolsas de clases medias y se da la conocida generación del baby boom.

Y todo ello fue gracias a dejar atrás las arcaicas ideas y su visión negativa sobre la capacidad de la política fiscal. La aparición del Estado social está indisolublemente ligada a la aparición del Estado fiscal y de la progresividad. El incremento de los tipos a las rentas altas y la imposición sobre la riqueza permitieron generar los recursos para financiar la aparición de buena parte de los derechos que hoy podemos disfrutar…. Se produce así no solo la mayor época de crecimiento continuado, sino la mayor reducción en la desigualdad registrado en la historia del capitalismo.

Pero a partir de los 80 empiezan a surgir una serie de líderes conservadores que cambian el panorama político y las recetas de política económica vuelven a la situación anterior. Reagan y Tatcher aprovechan el descontento social dejado por la crisis económica de los 70 para acceder al poder e implementar todo un programa de regresión conservadora.

Modernidad de Keynes

Se ataca al sector público y se le identifica como la fuente de los problemas. Se promueven políticas para reducir la progresividad (bajada de tipos máximos, reducción de tramos en IRPF) y en algún caso eliminar los impuestos creados en la anterior etapa (Patrimonio). Se eliminan servicios públicos. Se produce una oleada de privatizaciones y venta de activos públicos. Se evaporan las ayudas sociales, políticas públicas y se señala el gasto público como el anatema a eliminar por causar distorsiones productivas.

Hoy en día se mantiene por supuesto los aportes de Keynes a la ciencia económica: todos los países utilizan sistemas de cuentas nacionales para medir agregados, gestionan macroeconómicamente el ciclo, tienen estabilizadores automáticos, utilizan la política fiscal. Pero se mantiene también la retórica neoclásica: el sector público distorsiona, daña y hay que reducirlo hasta su mínima expresión. Hoy más que nunca hace falta reivindicar la modernidad que supuso Keynes frente al liquidacionismo de las tendencias más reaccionarias. Lo que supone que el neoclasicismo domine la ciencia económica y domine los discursos públicos. Los conservadores siempre han estado en contra de cualquier conquista de las clases populares. Por eso tenemos que reivindicar aquello que nos permite expandir nuestra capacidad social.

 

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