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Cultura

'La calle está cabrona': trap underground versus trap comercial

Que el trap underground surja en los barrios más pobres, de la mano de artistas que proceden de los márgenes sociales, crea canciones que evidencian una realidad muy común en las periferias que no interesa sacar a la luz

Trap España

El trap ha llegado a España por la influencia de la música urbana latina a los barrios más pobres y periféricos de las grandes ciudades. Y esto no es casualidad. Como tampoco lo es que cierta parte se estigmatice y criminalice.

No afirmamos nada nuevo si decimos que la música ha sido el idioma vehicular de toda generación, fiel reflejo del contexto social donde se produce. No se entiende sin ese factor. Como tampoco se comprendería, de no ser así, que se mercantilice.

La cultura, como ya decían pensadores allá por el siglo XIX, forma parte de una superestructura ideológica que permite perpetuar un determinado modelo sistémico, servil, por supuesto, a intereses concretos. La música juega, por tanto, un papel fundamental en la reproducción.

Sin embargo, la máquina de hacer ideología capitalista no funciona sin los sujetos que componen la mano de obra. Y, como en todo trabajo, la música no supone algo diferente. Por lo que el poder no la crea, sino que la explota.

¿Qué ocurre con el trap?

Como ya adelantábamos en anteriores publicaciones, la música urbana latina surgió en un contexto de protesta. Las grandes industrias musicales mercantilizaron este producto cuando comenzó a consumirse masivamente, haciendo más livianos los relatos y trasformando la escena en una perfecta reproducción de la lógica capitalista: individualismo, competitividad, machismo y derroche eran sus máximas como valores.

Con el trap en su recepción en España no pasa lo contrario. Los barrios periféricos de las grandes ciudades capitales comienzan a hacer música desde el bario y para el barrio, con alto contenido en crítica social. Si escuchamos los inicios del trapero D. Gómez (hoy Kaydy Cain) podemos confirmarlo.

La industria, que ya contaba con la premisa latina, lanzaba entonces su armamento, comenzando a captar estos sonidos que mezclaban lo caribeño con el bombo-caja que retumbaba en cada barrio de Madrid, Barcelona, Valencia, Las Palmas...

Así se crearon productos como Rosalía, C. Tangana, Lola Índigo –reality en 'prime time' mediante– o Don Patricio, que han propiciado ingentes beneficios a discográficas como Universal o Sony Music.

Sin embargo, debido a la coyuntura social que ha vivido España desde 2008, las resistencias que se han generado a la hipermercantilización no son nada despreciables. Y es aquí donde viene la necesidad de criminalización de según qué subgrupo del género.

Trap underground y trap comercial: el por qué de la polémica.

Yung Beef, Kaydy Cain, Bad Gyal, La Zowi o Cecilio G nos han regalado muchos momentos polémicos respecto a las críticas hacia traperos que consideran que no cumplen con lo que es el trap. A los “vendidos” les tratan como si traicionaran a un género, y no por la calidad, sino por la procedencia social, la firma discográfica y la referencia que hacen de ella en sus letras.

“Por eso yo me conformo con comer y fumar. Déjame darte un consejo: el ego te va a matar”, profería Kaydy a C. Tangana en su 'beef' en la canción 'Perdedores de Barrio'.

No es casualidad, claro. Y tampoco banal. La industria musical, sabia, ha ensalzado artistas que cuadraban dentro de su espectro ideológico. Una mercantilización 'a la latina': letras vacías, ostentosas e individualistas han copado la cabeza de cada lista de éxitos.

Así, se ha creado una suerte de diversificación entre lo que se considera “real” y lo que es “falso”, una dicotomización entre la calle, lo underground versus lo comercial, la industria.

¿Qué hacer, entonces, con lo que parece resistir a subsumirse a la lógica?

El origen social de lo underground.

Si hacemos un análisis en profundidad sobre los máximos exponentes de las dos categorías, podemos sacar una relación fundamental: que el trap considerado underground surja en los barrios más pobres, de la mano de artistas que proceden de los márgenes sociales –relacionados con el tráfico de drogas a pequeña escala, robos, etc.–, crea canciones que evidencian una realidad muy común en las periferias que no interesa sacar a la luz.

En los temas producidos por los referentes en este sector, se mezclan 'samples' de discursos de Pepe Mujica con historias relacionadas con traficar para poder sobrevivir en la jungla de cemento. Relatos de 'superación' donde la música ha jugado un papel fundamental para la salida de los artistas de ese submundo urbano. Mensajes rebeldes, críticos, subalternos.

“Antes que tenía poco, nadie a mí me daba nada y ahora que puedo permitírmelo, me lo regalan... Me invitan a acudir a fiestas de las que me echaban” reza 'Préndelo', también de Kaydy.

Esta es una idea polémica porque nos obliga a formular preguntas incómodas: ¿por qué un Estado o una institución pública no llega a cubrir las necesidades de toda la población que lo compone? ¿Es verdaderamente culpa de un 'camello' que se dedica al 'menudeo' del monto total del tráfico de drogas o existen intereses económicos supraestatales que necesitan de la existencia de este tejido social?

Aquí es donde la industria encuentra su justificación y comienza a criminalizar esa parte del género que se resiste a producir la música dentro de sus objetivos. ¿Cómo vamos a permitir que delincuentes de primer orden expongan su realidad social a todo el mundo? La moral del 'buen hacer' católico tan perenne en nuestra sociedad hace el resto.

Sin embargo, la realidad es otra: los exponentes de la escena underground han sacado partido de sus fechorías adolescentes y han creado, a modo de organización, incluso su propia productora musical (con tintes, atreviéndonos, activistas).

'La Vendición Records' se llama. Alegoría, quizá, a lo fructífero de su proyecto de superación de la marginalidad sin ayuda pública. Esta discográfica completamente independiente, no solo es un altavoz en el posicionamiento en contra de agresiones racistas, desahucios o privatizaciones, sino también promocionan a artistas urbanos en situaciones por las que han pasado sus creadores para que tengan una referencia en el ámbito de la cultura.

La gran mayoría de los exponentes del trap han tenido algún tipo de relación con 'La Vendición', y aquí se entiende la polémica. No toleran, en esta escena urbana, que otros artistas a través de sus industrias 'traicionen' la realidad social de la que proceden, criticando el ensalzamiento de valores que a ellos les ha condenado a la marginalidad. No comprenden, en definitiva, que se vendan al sistema que les ha sentenciado a una vida precaria.

La industria musical –o de reproducción ideológica, como queramos llamarla– no puede permitirse que los márgenes sociales queden evidenciados, que las precarias realidades urbanas dejen de ser una elección individual para ser una problemática de las esferas de poder –económicas y políticas, claro–.

No se puede poner solución a una necesaria estigmatización social, donde la lógica, al final, es la misma de siempre: los ricos –de la economía sumergida o cualquier otra– cada vez más ricos, a costa de los pobres, cada vez más pobres.

“La calle está mala, necesita medicación. Yo no le temía a nada pero ahora le temo a perderlo to'. Estoy cayendo pa'rriba, mami, dame la bendición”, nos canta Yung Beef al respecto.

¿Verdaderamente es un género tan criticable?

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