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Opinión

La campaña más canalla

No debe volver a pasar. Nadie sale ganando con una campaña a cara de perro como la que acabamos de vivir/sufrir en la Comunidad de Madrid. No sale ganando ni la ciudadanía, ni la convivencia, ni tampoco los partidos, aunque alguno de ellos crea que sí. Desde que recuperamos la democracia en 1977, nunca vivimos una campaña tan canalla y tan encanallada.

¿Era necesaria tanta tensión, tanto insulto, tanta mentira, tanto bulo, tanta amenaza? ¿Han tenido algo que ver las limitaciones de la pandemia, no poder hacer mítines multitudinarios, sufrir restricciones en los horarios, en las efusiones, en las distancias… y hasta en los desahogos?

No parece, sobre todo si tenemos en cuenta que llevamos tres elecciones autonómicas durante la  pandemia y en ninguna de ellas subió tanto la temperatura. Ni en Euskadi, ni en Galicia, ni mucho menos en Catalunya llegaron las cosas a ponerse tan feas como estos días en Madrid. Ni siquiera cuando Rivera y Abascal iban a provocar a Alsasua o a Vic.

Excepto en Galicia, el PP fracasó estrepitosamente en las otras dos convocatorias electorales. Para Casado, Ayuso y compañía sería la ruina naufragar también en Madrid. Para evitarlo, lo primero era que Vox no les comiera más terreno. El problema es que han sido ellos mismos quienes han ido engordando la bestia ultra. Tanto han soplado desde Colón para acá que el globo les ha acabado explotando en la cara.

Ayuso parece encontrarse en su salsa compitiendo con los ultras, pero ni con todas sus exageraciones, dislates y astracanadas va a conseguir dos de sus propósitos fundamentales: que Vox no llegara al cinco por ciento, y no tener que depender de este partido para gobernar aunque consiga escaños.

Otro objetivo, por supuesto, era desarmar a la izquierda desacreditando sobre todo al candidato de Unidas Podemos. Esto último tampoco lo han conseguido, aunque lo han intentado por todos los medios, y nunca mejor dicho lo de medios, porque los periódicos se han entregado en cuerpo y alma a la causa Ayuso mintiendo como bellacos y redoblando los ataques a Iglesias como si no hubiera un mañana, igual que los radiopredicadores, igual que la nómina casi al completo de participantes en tertulias televisivas. Pocos le han hecho asquitos a la estrategia de Ayuso: bulos, mentiras, lugares comunes, insultos. Ha sido muy difícil, por no decir imposible, establecer en la mayoría de los casos dónde acababa la  propaganda electoral y dónde comenzaba la información sobre las elecciones: todo ha sido campaña electoral.

Si Ayuso recurría a técnicas trumpistas, los medios se apresuraban arrobados a emplearlas; si Ayuso insultaba, los tertulianos insultaban, si Ayuso hacía una gracieta, todos los palmeros y palmeras se hacían eco encantados… No les era preciso jalear las exageraciones de Abascal y su cohorte, con Monasterio al frente, porque les bastaba con airear el perfil frentista del planteamiento electoral de Ayuso.

Tanto se jugó con fuego que acabó rompiéndose la baraja. Cuando empezaron a aparecer balas en sobres todo saltó por los aires. Ni en campañas tan agresivas como las de Trump o Bolsonaro se rebasaron esos límites. Se intentó volver a la casilla de salida pero ya nada ha sido igual. Desde entonces un buen porcentaje de la ciudadanía estábamos deseando que esta pesadilla acabara cuanto antes, los días de campaña se hicieron mucho más largos y los sondeos, confusos y enrevesados, tampoco han contribuido a iluminar el panorama.

Si alguna conclusión se puede sacar de todo esto es que los resultados  del día 4 no están nada claros y que, hasta que no contemos el último voto, puede ocurrir cualquier cosa. Sin querer confundir los deseos con la realidad, hay algo que resulta ilustrativo: en la recta final de esta desastrosa campaña, buena cantidad de portavoces de la derecha y la ultraderecha han echado mano de otra de las técnicas de Trump: cuestionar el voto por correo. Eso significa que no están seguros de que los resultados les vayan a ser favorables. Si las izquierdas consiguen sumar, entonces la caverna en bloque, no lo duden, pondrá toda su artillería a cuestionar el resultado, a discutir la limpieza del proceso ¿Les suena?

Ocurra una cosa u otra, las lecciones que hemos de extraer de estas dos semanas que acabamos de vivir es que, a partir del día después, del mismo miércoles 5, las fuerzas democráticas al completo deberían ponerse a trabajar para que una campaña tan bochornosa como la vivida estos días en Madrid no vuelva a repetirse en ningún otro sitio nunca más.

Urge dignificar la política, urge aislar al fascismo, urge acabar con el mito de la dichosa equidistancia, porque jamás puede haber equidistancia entre quienes hacen política para proporcionar derechos a los más desfavorecidos y quienes la utilizan para quitárselos. No podemos consentir esos perversos paralelismos, tenemos que repetirlo miles de veces hasta que se les meta en la cabeza a quienes se empeñan en repetir como papagayos este espantoso argumentario fascista.

Para que el bulo, la mentira la provocación, los insultos y las amenazas salgan de nuestra política, el primer paso ha de ser dejar de otorgarle cancha a los postulados nazis. Esa ha de ser la prioridad. Tanto para la izquierda como para la derecha civilizada, que seguro la hay. En estos momentos no parece que Ayuso y quienes la jalean estén por la labor pero, pase lo que pase el martes 4 de mayo, ese tiene que ser el reto. Cordón sanitario. Debemos planteárnoslo seriamente si no queremos que el día menos pensado esto acabe yéndosenos de las manos.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Luis Felipe Sellera Ramos

    1 de mayo de 2021 20:08 at 20:08

    Sr Tortosa, tengo en gran estima su labor periodística en medio del lodazal intoxicador en que se ha convertido la supuesta información cocinada y suministrada por la mayoría de los media e imagino que el contenido de su artículo es retórico; es decir un artificio literario que suspira por lo que debería ser.
    Confundir el deseo con la realidad siempre conduce, en el menor de los casos, a la melancolía.
    Usted sabe bien que el Gran Poder hace tiempo que entró en colisión con la Democracia.
    Aceptemos que «capitalismo democrático» es un oximorón y,a partir de ahí, quizá podremos avanzar en el análisis de lo que nos pasa, sabiendo lo que nos pasa.

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