fbpx
Síguenos en

Búsqueda

LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS

Inicio de sesión ¡Bienvenido/a de vuelta!

¿No tienes cuenta en LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS? hazte socio/a ahora

Opinión

La culpa es de la posmodernidad

Por eso son tan ineficaces e insuficientes las proclamas de la izquierda liberal, porque solo atacan la forma, no el fondo

En nuestros días es común que sintamos cierta sensación de desamparo y soledad; el malestar en la cultura es más que evidente y nuestros sistemas de bienestar llevan años desintegrándose. Justo cuando más necesitamos al Estado, descubrimos que es poco más que un cascarón vacío. Navegamos, a la deriva, sin esperanza ni posibilidad de cambio, nos hemos convertido en islas en medio del océano y nos resignamos a sufrir solos, a vivir nuestra propia experiencia de la impotencia que recorre Occidente.

Nos dijeron que solos seríamos únicos y sólo somos más débiles. Nos dijeron que el camino de la autorrealización era el de la felicidad, pero, ¿quién puede sentir cuando el mundo no le deja ser? Vivimos en un caos creciente alimentado por una derecha que ha iniciado su proceso fascista y una izquierda hegemónica que se conforma con la pura gestión de lo existente.

Frederic Jameson, en su laureado ensayo, La lógica cultural del capitalismo tardío, publicado en 1991, señala cómo:

“se nos ha dicho a menudo que ahora habitamos lo sincrónico en vez de lo diacrónico. Y creo que se puede argumentar, al menos empíricamente, que nuestra vida diaria, nuestra experiencia síquica, nuestros lenguajes culturales, están hoy por hoy dominados por categorías de espacio y no por categorías de tiempo, como lo estuvieran en el período precedente de auge del modernismo.”

Antes, la temporalidad otorgaba un estado de profundidad; esa moderna dominación del tiempo ha sido desplazada por una posmoderna dominación del espacio. Por eso los gustos, las modas y las élites de hoy nos parecen superfluas, el sistema funciona para que sea así; se pierde profundidad temporal, pero se gana en profundidad espacial. Basta ver cómo la industria turística, por un lado, y los medios audiovisuales por otro nos permiten estar conectados con diversas partes del mundo y culturas al mismo tiempo. Es por eso que la hegemonía cultural imperante es víctima de su propio éxito, como su falta de profundidad y lo superfluo de su discurso.

La posmodernidad nos presenta una serie de paradojas; en el esfuerzo por comprenderlas reside una de sus mejores cualidades porque nos señala cómo la realidad desborda los cánones preestablecidos. En este sentido, los planteamientos de distintas teorías como la interseccional, la poscolonial, la deconstructivista, la queer, la postestructuralista, hacen fructífero el debate acerca de los nuevos retos de las identidades —nacional, de género, étnica, racial— y, aunque aciertan en su planteamiento, no así en sus soluciones, que son nefastas por erráticas y contradictorias. Estas teorías son certeras al sugerir nuevas y mejores preguntas, pero son un despropósito en sus soluciones porque no transforman nada.

Muchos de los detractores de la posmodernidad solo critican sus formas sin entender su fondo. Por mucho que combatamos las manifestaciones del sistema, si no lo combatimos desde sus raíces no escaparemos de la rueda del hámster en la que se ha convertido. Por eso son tan ineficaces e insuficientes las proclamas de la izquierda liberal, porque sólo atacan la forma, no el fondo ni la raíz del problema.

Slavoj Zizek en Viviendo en el final de los tiempos nos habla sobre la importancia de retomar el concepto de universalidad, donde señala que occidente en sí no es universal porque sus derechos humanos sean válidos para todas las culturas, sino que son universales porque los individuos se identifican a sí mismo como “universales”. El esloveno señala la problemática de las leyes particulares para etnias o religiones, ya que no todos los ciudadanos se consideran a sí mismos como miembros de una comunidad concreta, es aquí donde incide en la importancia de la categoría universal, conjuntamente con la de sociedad, donde los individuos tan solo se encuentren sometidos a las leyes del Estado.

La posmodernidad ha analizado la textura de la realidad tan de cerca y tan profundamente que se ha olvidado de ella; peor aún, se han negado a aceptar que tras la caída de los regímenes del siglo XX y sus verdades —mentiras bien contadas— ya no hay que armar las piezas del puzle y darle otra forma, sino que todos debemos quedarnos solos, abatidos y separados, ya que están tan defraudados que no pueden permitirse anímicamente volver a ser traicionados por el quiebre de sus valores y del mundo. Pero esta triste historia, es tan antigua como el mundo, y tan solo a través de nuestra voluntad por ser mejores y realizar un mundo más habitable y justo podemos escapar de este sentimiento de pérdida y desazón. La máxima materialista es la siguiente: si construimos un mundo de mentira, viviremos en uno de mentira, donde la realidad virtual supla a la realidad “real”, donde las relaciones líquidas desplacen a las significativas y sólidas y donde todos seamos islas en medio del mar; por otro lado, podemos tomar conciencia de nuestra radical contingencia y comprender que si no construimos el mundo que nosotros queremos, nadie más lo hará por nosotros. Un mundo habitable, honesto y democrático, solo depende de nosotros.

Decía Frantz Fanon:

“No hay que intentar fijar al hombre, pues su destino es estar suelto. La densidad de la Historia no determina ninguno de mis actos. Soy mi propio fundamento. Al superar los datos históricos, instrumentales, introduzco el ciclo de mi libertad. La desgracia del hombre de color es el haber sido esclavizado. La desgracia y la inhumanidad del blanco son el haber matado al hombre en algún lugar. Es, todavía hoy, organizar racionalmente esta deshumanización. Pero yo, hombre de color, en la medida en la que me es posible existir absolutamente, no tengo derecho a refugiarme en un mundo de reparaciones retroactivas.

Yo, hombre de color, sólo quiero una cosa: Que nunca el instrumento domine al hombre. Que cese para siempre el sometimiento del hombre por el hombre. Es decir, de mí por otro. Que se me permita descubrir y querer al hombre, allí donde se encuentre. El negro no es. No más que el blanco.”[1]

[1] FANON, Frantz (2009) Piel negra, máscaras blancas, España: Akal, p.190

Comparte esta noticia

QUEREMOS SER UN DIARIO DIGITAL SIN INGRESOS POR PUBLICIDAD.

Las noticias que lees cada día en los medios no son gratis, alguien las paga.

En LA ÚLTIMA HORA! queremos ser independientes, solo queremos depender de ti.

HAZTE SOCIO AHORA

Click para comentar

Queremos garantizar que los debates y comentarios que se generen en nuestras noticias sean de la calidad que cada una de vosotras y vosotros merece. Por ello, tan solo nuestras socias y socios tienen la posibilidad de interactuar de esta forma, ÚNETE AQUÍ y colabora con la información que no rinde tributo a intereses privados ni poderes económicos.

Si tan solo quieres leer los comentarios,
PUEDES REGISTRARTE COMO USUARIO/A

QUEREMOS SER UN DIARIO DIGITAL SIN INGRESOS POR PUBLICIDAD.

Las noticias que lees cada día en los medios no son gratis, alguien las paga.

En LA ÚLTIMA HORA! queremos ser independientes, solo queremos depender de ti.

HAZTE SOCIO AHORA