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Opinión

La estafa de la Transición

Tratarán de convencernos, una vez más, de que esto se arregla dándole al balón una patada hacia delante y volviendo a construir un panegírico sobre Felipe VI

El tránsito de la dictadura franquista hacia la democracia se hizo bajo un relato almibarado en el que Juan Carlos I venía a ser el sapo de la dictadura que la izquierda se tenía que tragar a cambio de tener un sistema de derechos y libertades, más o menos, equiparable a Europa. Jordi Pujol fue el pacto del franquismo con la burguesía catalana, que en el trueque ejercería de sostén del bipartidismo, formado por una derecha postfranquista y la izquierda que vendió su alma al diablo, a cambio de renunciar a la transformación de las estructuras desiguales del país para tener como único objetivo la acumulación de poder.

En aquel teatro llamado Transición, Felipe González representó perfectamente al hijo de la señora de la limpieza que se conformaba con ser invitado a la mesa del señorito que explotaba a su madre, a cambio de que éste le pagara la carrera sólo a él y lo utilizara como imagen propagandística de lo bueno que era el señorito con los hijos de las criadas.

Ningún partido como el PSOE ha tenido en España tanto poder, alcanzando 202 escaños de un Congreso de 350, la casi totalidad de los senadores, presidentes autonómicos y alcaldías de las grandes ciudades españolas. Felipe González hizo una alianza con los dueños de España, representados en las empresas del IBEX-35 que participaron en la construcción del Ave a la Meca, que nos ha servido para saber que Juan Carlos I no es el padre ejemplar que nos dijeron que teníamos.

La Gürtel y la Púnica fueron la demostración de que las empresas del IBEX-35, herederas directas del poder económico proveniente de la dictadura, se habían servido de la corrupción para lograr contratación de obras y contratos públicos con las administraciones. La crisis de 2008 y la respuesta posterior del 15M sirvieron para que Felipe González se posicionara con los poderes que lo auparon al poder y para quienes gobernó durante los 14 años que estuvo en Moncloa. El 15M y Podemos no hubieran nacido si el PSOE hubiese representado el rol político que se esperaba de la socialdemocracia, el de una madre o padre protector que cuida a sus hijos en un momento de crisis.

La caída del pujolismo, que vino a ser la Familia Real de Cataluña, significa también la putrefacción del relato de responsabilidad con España construido alrededor de la burguesía catalana. De los mantras fundacionales de la Transición, sólo se salva el PNV, un partido con el brío y la robustez intelectual y moral de los jesuitas, formadores ideológicos de este partido centenario.

Los autos del fiscal suizo Ives Bertonet sobre Juan Carlos I son más peligrosos por la imagen deslegitimadora de la Monarquía, como institución democrática, campechana, cercana y útil al pueblo, que justificaba los sapos que se tuvo que tragar la izquierda, que por la gravedad penal de los hechos delictivos. Para que Juan Carlos I haya podido acarrear maletas llenas de dinero, desde tiranías árabes hasta España y durante los años más duros de la crisis de 2008, el monarca se tuvo que creer realmente que era impune. Y se lo llegó a creer porque hubo quienes se lo hicieron creer.

Se lo llegó a creer porque hubo un partido, el PSOE, que decía que el juancarlismo era su forma de ser republicano, por un poder económico proveniente del franquismo que se hizo más rico cuando el Estado se empezó a vender al mejor postor y por un sistema de medios de comunicación que publicaba auténticos panegíricos sobre la Casa Real, condenando al ostracismo a todo ciudadano o periodista que se atreviera a criticar o denunciar a la Casa Real. Igual es preciso recordar aquel escándalo de Botswana, donde descubrimos que el monarca se dedicaba en su tiempo libre a matar elefantes y que tenía una relación extramatrimonial, a pesar de que por la televisión nos hicieron creer que la Monarquía era de misa y comunión diaria y que la reina Sofía nunca hablaba porque tenía demasiado acento griego.

Felipe González, en uno de sus papeles más grotescos, ha salido a defender al rey Juan Carlos I y a abogar por su presunción de inocencia, a la vez que sostiene que no se puede juzgar al monarca porque es constitucionalmente inviolable. Es decir, no se le puede juzgar en España pero tampoco podemos sospechar de él y hacerle un juicio mediático por los escandalosos casos de corrupción. Mientras todo ello ocurre, la familia Pujol tendrá que acudir unida a sentarse en el banquillo de los acusados, como le pasaría a la Familia Real española si no tuviésemos una Constitución que no permite juzgar a la primera institución del Estado. Así sea una institución cleptómana que llegó a tener una máquina de contar dinero en el Palacio de Zarzuela y que compartió abogado con Pujol. Supuestamente cleptómana, perdón.

Tratarán de convencernos, una vez más, de que esto se arregla dándole al balón una patada hacia delante y volviendo a construir un panegírico sobre Felipe VI, que era beneficiario de las cuentas de su padre en Suiza, donde guardaba los 100 millones de euros recibidos por Arabia Saudí para salvar la Monarquía, que es el pegamento con la dictadura franquista. El problema es que los hijos que se sienten estafados por sus padres son muy difíciles de convencer de que el padre puede cambiar. Sin legitimidad de origen ni social, la única forma que tiene la Casa Real de legitimarse es aceptando un referéndum. El PSOE mediante, por ser el partido que mejor representa los intereses del Régimen del 78 y el que podría romper el nudo gordiano de la democracia española con la dictadura.

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