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Política

La libertad de información no ampara la intoxicación ni la mentira

Sólo un puñado de periodistas se ha atrevido a poner el dedo en la llaga del verdadero papel y de los verdaderos dueños de los principales medios de comunicación en el régimen del 78

La libertad de información no ampara la intoxicación ni la mentira

“En el mundo sin alma que los medios de comunicación nos presentan como el único mundo posible, los pueblos han sido reemplazados por los mercados; los ciudadanos, por los consumidores; las naciones, por las empresas; las ciudades, por las aglomeraciones. Jamás la economía mundial ha sido menos democrática, ni el mundo tan escandalosamente injusto”, denunciaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano en ‘Le Monde diplomatique’ en 1996.

En su libro ‘Traficantes de información. La historia oculta de los grupos de comunicación españoles (2010)’, el periodista Pascual Serrano, fundador de ‘rebelion.org’, aborda la historia de los principales grupos de comunicación del Estado español y sobre todo de sus dueños, una historia de finanzas, manejos de Bolsa, fraudes fiscales, especulaciones urbanísticas, violaciones de las medidas contra la concentración del capital, atropellos laborales mientras altos directivos disfrutan de sueldos millonarios y contratos blindados, ejecutivos con sentencias judiciales que les implican con la mafia, fortunas nacidas a la sombra del nazismo, empresas que comercializan armas para dictaduras…, la historia de quienes se han apropiado de la libertad de información y de la información misma para convertirlas en mercancía para lograr dinero y poder. Y en ‘Periodismo canalla. Los medios contra la información’ (2012), aborda la responsabilidad de esos medios en que las generaciones más jóvenes apenas logren comprender nada de lo que realmente pasa en el mundo.

‘El periodista canalla’ (2013) es el título de uno de los libros del periodista Pepe Rei, ex jefe del Equipo de Investigación de ‘Egin’ y exdirector de ‘Ardi Beltza’ detenido en 1994, 1999 y 2001 y convertido, muy a su pesar, en protagonista de portadas de periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión con motivo de la auténtica cacería emprendida contra él por las principales autoridades políticas y los principales grupos de comunicación del Estado español ante el silencio general. En ‘Egin Investigación. Otra forma de periodismo’ (1998), Rei y su compañera Edurne San Martín abordan los diversos casos, relacionados con las ‘cloacas del Estado’, que ‘Egin’ y su Equipo de Investigación lograron sacar a la luz antes de que “el juez Garzón y los policías de Mayor Oreja” cerraran para siempre sus puertas. También en 1998, Rei publica ‘Colegas’, en el que aborda la conculcación diaria de las más elementales normas deontológicas de la veracidad y el contraste de las informaciones por parte de los principales grupos de comunicación instalados en Euskal Herria y alineados con las razones de Estado, así como quiénes son los verdaderos dueños de la información en España y cuáles son sus motivaciones últimas.

“El proceso de concentración de la propiedad de los medios de comunicación avanza de modo inexorable, y a gran velocidad. Por otra parte –o por la misma, en realidad–, el mundo de la prensa ha entrado ya de pleno en la vorágine globalizadora: la propiedad de los medios cambia de manos como si se trata de fábricas de productos lácteos, o de zapatos. Lo cual tiene en ocasiones efectos incluso cómicos: no deja de ser risible ver a los mismos presentadores de tal o cual cadena de televisión o de radio diciendo primero maravillas de estos o aquellos personajes, pasando a ponerlos furiosamente a caldo algo después y volviendo a cantar sus excelencias un poco más tarde, todo en función de los vaivenes político-empresariales sufridos por la empresa propietaria”, denunciaba el periodista Javier Ortiz en una conferencia escrita allá por el año 2000.

En su libro ‘El Director’ (2019), el periodista David Jiménez, ex director de ‘El Mundo’, aborda no sólo cómo late la Redacción de un periódico sino también cómo funciona el juego de favores entre la prensa y el poder político y económico, así como el precio que pagan quienes se niegan a participar en ese juego. “¿Volvería a dirigir un medio?”, le preguntaron a Jiménez en una entrevista tras la publicación de ‘El Director’. “No creo que nadie vaya a ofrecerme un puesto ahora. Alguien como yo, que, cuando lo han despedido, cuenta todas las corruptelas, intrigas e irregularidades que se ha encontrado, es un peligro público”, respondió.

Un papel crucial

Sólo un puñado de periodistas –entre ellos, Serrano, Rei, Ortiz o Jiménez– se ha atrevido en el Estado español a poner de una u otra forma el dedo en la llaga del verdadero papel de los principales medios de comunicación en el régimen del 78. Un papel crucial.

El secretario general de Podemos y vicepresidente de Derechos Sociales del Gobierno de coalición, Pablo Iglesias, ha denunciado estos días que las mismas ‘cloacas del Estado’ que intentaron evitar que Podemos llegara al Ejecutivo intentan ahora sacarlo de él y ha insistido en que la “dimensión fundamental” de esas ‘cloacas del Estado’ es “mediática”, pues a medios afines se recurría para difundir las noticias falsas –‘fake news’– dirigidas, en este caso, antes a evitar que Podemos llegara al Gobierno y ahora a sacarlo de él. Unos –los más afines entre los afines– se prestaban y se prestan a publicarlas y los otros se prestaban y se prestan a dar pábulo a esas publicaciones en nombre del derecho de información, es decir del derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión, reconocido y protegido por la Constitución vigente en el apartado dedicado a los derechos fundamentales y de las libertades públicas. Aunque tanto la Constitución como el Tribunal Constitucional –el intérprete supremo de la misma– han establecido que la libertad de información –que, por cierto, puede ser ejercida por cualquier persona, aunque habitualmente sea ejercida por profesionales de la información, que por ello cuentan con garantías específicas, como la cláusula de conciencia y el derecho al secreto profesional– exige la veracidad, es decir haber contrastado la información de forma adecuada a las características de la noticia y a los medios disponibles. Es decir que la libertad de información no ampara la intoxicación ni la mentira. Al menos oficialmente.

Cuando la defensa de libertad de información se confunde con la defensa de la supuesta libertad de una empresa para publicar o amparar la publicación de noticias falsas y difundirlas sin ninguna cortapisa, no sólo no se está defendiendo la libertad de información sino que además se la está atacando.

Tras la crisis de 2008, “los fondos de inversión y los bancos son los dueños de todo lo importante”, pues “tienen el poder de cambiar a los jefes de los consejos editoriales y a los miembros de la Dirección de los periódicos, que son apenas fichas de intereses inconfesables, piezas de intercambio político para un negocio que entregará un Gobierno, puestos de recompensa para leales o una mera táctica para mejorar las ventas sacrificando la verdad”, denuncia Juanma del Olmo en su libro ‘La política por otros medios’ (2018), en el que el secretario de Comunicación de Podemos aborda entre otras cosas cómo bancos y fondos de inversión son los principales propietarios de los grandes medios de comunicación en el Estado español. Bancos como Santander –vinculado tradicionalmente a PRISA, propietario de ‘El País’ y Cadena SER–, BBVA –vinculado tradicionalmente a Vocento, editor de ‘ABC’– o Sabadell –accionista de Atresmedia, propietario de Antena 3, laSexta y Onda Cero– y fondos de inversión como Amber –accionista mayoritario de PRISA–, BlackRock –accionista Mediaset, propietario de Cuatro y Telecinco– o Invesco –accionista de Atresmedia y de Mediaset–.

“¿Usted qué cree que prevalece cuando un medio tiene de dueño a la banca y tiene que criticar a la banca?”, le preguntó el expresidente de Ecuador, Rafael Correa, a la periodista Ana Pastor. No hay más preguntas, señoría.

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