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Cultura

La maldita cultura (apuntes para una cena de gala)

Ricardo Romero (Nega)

Cuando el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes, parafraseó a Orson Welles asegurando que, «primero está la vida y después el cine», no sabía la que se le venía encima. A veces los genios se equivocan (me refiero a Welles, obviamente) y no está bien citarlos cuando meten la pata: es hacer leña del árbol caído. Y quedar como un estúpido.

Huelga recordar que, en demasiadas ocasiones, el genio de Wisconsin que aterrorizó a todo un país con una falsa invasión extraterrestre, veía frustrados su proyectos artísticos por no encontrar financiación para sus películas. Y conviene recordar también que, cada vez que un productor le daba con la puerta en las narices (demasiado arriesgada, poco comercial, no funcionará para el gran público, etc), no sólo el genio se quedaba sin trabajo; también los actores y actrices, guionistas, músicos, maquilladoras, carpinteros, sastres o electricistas. La cultura –en demasiadas ocasiones– , se nos muestra como un selecto grupo de privilegiados que tienen la suerte de dedicarse a aquello que aman (no como el resto de mortales que tienen trabajos que odian) y que se pasan la vida acudiendo a cócteles y presentaciones, posando para el photocall de turno con algún vestido caro o siendo agasajados constantemente. La imagen, distorsionada y alimentada durante décadas, escapa completamente a la realidad.

La cultura es un grano en el trasero para los gobiernos conservadores y una patata caliente para las instituciones progresistas. La cultura es un melón que no hay manera de abrir sin declarar una guerra y dejar un reguero de víctimas por el camino y la cultura ejerce en muchas ocasiones de excusa, de comodín y, la mayoría de las veces, de invitada de piedra. La cultura es muchas cosas, pero sobre todo es trabajo, el de músicos, artistas, actores o escritoras. Pero también el medio de subsistencia de técnicos de sonido, técnicos de iluminación, conductores y transportistas, ingenieros, electricistas, regidores, promotores, backliners, vigilantes jurado, camareras, libreras, editores, cámaras o agentes de zona. Un ejército invisible que casi nunca aparece en los créditos finales ni recibe los flashes pero que llena la nevera y paga las facturas con la dichosa cultura.

La cultura puede ser popular o populista, genuina o manufacturada, independiente o esclava del mercado y los gigantes de la industria. Pero en La Última Hora sabemos también que la cultura va más allá de las manifestaciones artísticas y que, por tanto, también es cultura la paella de los domingos, las verbenas populares, el carnaval o sencillamente las señoras que sacan sillas a la calle (cuando no había confinamiento) para reunirse a la fresca y son munición de primera contra el individualismo salvaje en un turbocapitalismo desbocado en el que nunca tenemos tiempo.

En La última Hora queremos apostar por una cultura horizontal, popular y accesible, pero sin olvidarnos tampoco de los movimientos vanguardistas o más propios del underground; la cultura nunca debe ser un club privado, tampoco un tesoro que deba guardarse en secreto para el goce estético de unos pocos privilegiados. Una cultura participativa, diversa y con distintas sensibilidades que vaya del mainstream a lo más extraño y perturbador; de Estopa a Freedonia, de John Ford a Haneke, de Bad Bunny a Tríbade. Una cultura que interpele, que rechiste, que moleste y que desafíe. Pero sobre todo necesitamos una cultura que no deje a nadie atrás, reciban los flashes o no, sean los que comen los canapés en la gala o sean los que los sirven sujetando la bandeja.

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