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Política

La ministra que molesta por hablar con acento andaluz de barrio

A diferencia de otros políticos andaluces, habla como los andaluces de barrio, como los andaluces pobres

El día que Pedro Sánchez nombró ministra a María Jesús Montero (Sevilla, 1966) costaba encontrar a alguien que hablara mal de la mujer con más acento que ha pisado el Consejo de Ministros. Hablaban bien de ella la derecha, la gente de su propio partido, la izquierda andaluza y hasta los periodistas críticos con el PSOE andaluz.

Susanistas y pedristas, entonces enfrentados en las guerras púnicas del socialismo español, coincidían en la capacidad de trabajo, rigor y compromiso de la doctora Montero, médica de profesión, procedente del entorno de las Juventudes Comunistas y del movimiento de cristianos de base, aquellas parroquias de curas rojos que llenaron los barrios y pueblos andaluces de la doctrina social de la Iglesia Católica salida del Concilio Vaticano II, convocado por el Papa Juan XXIII, cuando la democracia española nacía allá por finales de los 70 y principios de los 80 y parecía que la justicia social podía ser ley en la tierra.

Montero, “lista como ella sola”, fue capaz de aplaudir a Susana Díaz en los mítines de su campaña a las primarias sin parecer nunca que era susanista y ser ministra de Pedro Sánchez pareciendo que era pedrista de toda la vida. Al contrario que Susana Díaz, niña probeta del PSOE andaluz, criada en las sedes y guerras palaciegas por el control interno del partido, la ministra de Hacienda procede de las luchas vecinales y estudiantiles por los derechos sociales, civiles y democráticos que hubo que conquistar durante la Transición, con encierros, manifestaciones y huelgas.

Hija de maestros de escuela, María Jesús Montero es una mujer de barrio, de Triana, que estudiaba Medicina a la edad en la que Susana Díaz ya urdía su primera batalla campal por el control de las Juventudes Socialistas. Pocos saben que la ministra Montero fue delegada de curso y miembro del histórico Consejo de Alumnos de la Universidad de Sevilla que, a mediados de los 80, consiguió el estatuto universitario más progresista de España y democratizó a la muy franquista universidad hispalense con encierros y protestas que hicieron templar a las autoridades políticas sevillanas.

“María Jesús era muy inteligente, guerrillera, enérgica y de fuertes convicciones”, dice Luis Pizarro, exportavoz de Izquierda Unida en el Ayuntamiento de Sevilla y el gran líder mediático de aquella experiencia democratizadora de la que salió una cantera de políticos y líderes sociales andaluces. Entre ellos, Pilar González Modino, la que fuera portavoz del Partido Andalucista en el Parlamento andaluz, ahora senadora por designación autonómica y líder de la formación Primavera Andaluza, y Antonio Maíllo, excoordinador de IU Andalucía.

Médica sin bata

Al terminar la carrera, Montero se fue a Barcelona a estudiar un master en gestión sanitaria. A la gestión sanitaria, siempre en el sistema público andaluz, es a lo que se dedicó hasta que en 2002 fue llamada por el entonces consejero de Sanidad de la Junta de Andalucía, Francisco Vallejo, para proponerle que fuera viceconsejera del departamento en calidad de independiente.

Considerada dura en las negociaciones pero cálida en los afectos, en 2004, cuando atábamos los perros con longanizas, pasó a ser consejera de Sanidad de la Junta. Montero ha tenido que lidiar con las protestas sanitarias masivas que se produjeron en provincias como Granada en 2016, lo que le obligó a retirar el decreto de fusión hospitalaria que sacó a la calle a más de 60.000 granadinos y convirtió en un líder de masas al médico Jesús Candel, más conocido como ‘Spiriman’.

María Jesús Montero, a diferencia de otros políticos andaluces, no es que hable andaluz, habla como los andaluces de barrio, como los andaluces pobres. No ha hecho sesiones de coaching para modular su acento, como hizo Susana Díaz antes de ser designada presidenta de la Junta de Andalucía por José Antonio Griñán, ni fuerza las jotas y las eses intermedias como históricamente han hecho otros ministros andaluces o quienes han querido triunfar más arriba de Despeñaperros en profesiones de proyección pública.

Andaluces con acento de Burgos

El mismo expresidente del Gobierno de España, Felipe González, natural del popular barrio sevillano de Bellavista, más humilde todavía que Triana, habla y hablaba como si se hubiese criado en Los Remedios, el barrio de las clases altas sevillanas que hablan andaluz con acento de Burgos. O la exministra de Empleo Fátima Báñez, onubense, que habla como los ‘andaluces finos’, sinónimo de ricos.

No es difícil ver a María Jesús Montero por Sevilla, montada en su bicicleta, intentando llegar a su casa de la Alameda de Hércules, aunque sus amigos dicen que, desde que es ministra, “anda como las locas” y apenas tiene tiempo para nada. Convertida en la gran interlocutora de la parte del Gobierno del PSOE con los ministros de Unidas Podemos, tras apartar Pedro Sánchez a Carmen Calvo de ese cometido. Conoce, usa y entiende el lenguaje que hablan los de Pablo Iglesias, lo que es una garantía para la supervivencia del acuerdo entre ambas formaciones políticas que sostienen el Gobierno de España.

Políticamente es capaz de vender con arte hasta la rebaja de impuestos a los ricos, la eliminación del impuesto de sucesiones y tres presupuestos andaluces, tras acordarlo con Ciudadanos, lo que le costó 600 millones de euros a las arcas públicas andaluzas en recortes de servicios públicos. Y todo con su acento andaluz de barrio, el que aprendió en Triana cuando era un barrio popular, el arrabal de la capital hispalense, y la gentrificación no había expulsado todavía a los obreros, gitanos y curas rojos que sacaban la bandera andaluza a los balcones para pedir pan, techo, trabajo y Estatuto de Autonomía para hablar en andaluz sin miedo.

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