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Opinión

La pandemia, el miedo y el asco

Esta semana, Oscar Iglesias, conocido empresario del ocio nocturno en la capital del Turia, anunciaba el cierre definitivo de la emblemática sala La3, icono de la noche valenciana. Debo confesar que me alegró, que me produjo cierto hormigueo en la tripa verlo en la tele en una especie de manifestación sujetando un cartelito. Todavía nos debe 300 euros de un festival absolutamente demencial que organizó hace muchísimos años. Uno de tantos pufos que ha ido acumulando a lo largo de los lustros como empresario emblema de la noche valenciana: facturas sin pagar, precariedad, sueldos de miseria. Un imperio del ocio a base de vista gorda, cubatas a precio de sangre de unicornio y seguratas de extrema derecha incapaces de calcular el precio de tres entradas sin cagarse encima.

Huelga decir que no todos los empresarios de la noche y la hostelería son así, pero todo el mundo sabe que la restauración no es precisamente el paraíso de los derechos laborales. Sin ir más lejos, el que firma estas líneas trabajó de camarero siendo chaval cerca de tres años, pese a ello tan sólo 6 meses me cotizaron en el noble arte de servir mesas y tirar cañas. En cualquier caso, es un hecho que la segunda ola en España (y en Europa) está devastando al sector servicios, especialmente a la hostelería y sobre todo al llamado ocio nocturno. La situación social es una bomba de relojería, los impagos y desahucios se suceden y la lista de negocios que bajan la persiana definitivamente es, a todas luces, incalculable.

A su vez, la pandemia está dejando estampas impagable. E inauditas. Como ver a empresarios de la hostelería transformados en aguerridos manifestantes. O a neoliberales de libro dueños de grandes festivales –de los que se sirven copas a 4 euros la hora y se duerme en tienda de campaña–, convertidos en marxistas de primer orden que exigen la intervención estatal del sector. Y los flujos con toneladas de información se suceden. Y aquel amigo que hace tiempo que no ves se ha convertido en un devorador de todo tipo de conspiraciones y magufadas y llena su Facebook de publicaciones contra «Pedro el sepulturero» y «el Dr Simón Mengele». Y sabes, en lo más profundo de tu ser, que ya nunca volverá a ser tu amigo.

Y pese a todo, a Ferreras y a Ana Pastor, la pareja más mainstream del periodismo español, ponen el grito en el cielo ante una posible regulación de todo tipo de bulos y noticias fake. El primero claro, quiere seguir llevando a su amigo Eduardo Inda, icono del periodismo de cloacas en nuestra país; Ana Pastor por su parte  sencillamente pelea por lo suyo y no quiere competencia por parte del Estado en su Fact Cheking de cada día, aunque en ocasiones le salga raruno, como cuando la periodista de TVE María Escario le dio un zasca monumental cuando presumía de ser, vía Emilio Doménech, la única televisión en directo con la noticia de Biden. A mí la verdad, lo que me gustaría es ver a Doménech comentando unos disturbios en España. O un caso de puerta giratoria en el PSOE.

Luego está el miedo. El miedo a la enfermedad, a ser uno de esos que, pese a ser joven, se muere. O queda con secuelas terribles e irreversibles como la pérdida del habla o dolor muscular crónico. El miedo a que lo pillen tus padres, población de riesgo. O un familiar. O un amigo. El miedo al miedo. A La incertidumbre perpetua. Una incertidumbre que va calando día tras día, semana tras semana. Y llevamos casi nueve meses. El miedo a que hayamos normalizado que 400 muertos diarios es algo asumible porque la mayoría son viejos. El miedo a pensar si ese gilipollas en el súper tosió demasiado cerca cuando no guardaba la distancia. El miedo a no recodar si te lavaste las manos tras usar el pomo del portal de la calle cuando te acabas de rascar la nariz. El miedo a que toda esta película barata de ciencia ficción te deje secuelas de tipo psicológico porque el desgaste emocional que llevamos acumulado es brutal y se prolonga ya demasiado en el tiempo. Estamos cansados, agotados y en ocasiones como es lógico, bajamos la guardia. Estamos reventados, literalmente.

El miedo a que no vuelva la vieja normalidad y el miedo a que vuelva. El miedo de estar vivo y el miedo, claro, a no estarlo. El miedo a no ser capaces de vislumbrar, en toda su dimensión y totalidad, lo que ha supuesto el Covid. ¿Recordáis lo de los ancianos encerrados en residencias aporreando las puertas entre gritos desesperados? ¿Podremos algún día, como sociedad, perdonarnos algo así? Claro, siempre lo hacemos, pero también creo que hasta que no pasen unos años no seremos capaces de digerir en su totalidad –desde el número de muertos a ciudadanos que se mueren en oncología porque el hospital está saturado–, lo que realmente ha sucedido y nuestra responsabilidad.

Y mientras todo esto sucede, en China se celebran festivales de música electrónica con miles de jóvenes sin mascarilla y sin distancia social en Wuhan, epicentro de la pandemia. Llevan meses sin un solo contagio y esas imágenes de «vida normal» nos resultan ajenas, extrañas, como de otro tiempo muy lejano. Imágenes que nos deberían volver más humildes y menos eurocéntricos. Pero a Iñaki López, presentador de La Sexta Noche, le parece muy gracioso y no duda en desplegar su racismo, su xenofobia y su anticomunismo visceral contra el gigante asiático vía «la vacuna de tres sabores». Y el día que sabemos que el satélite español ‘Ingenio’ (hoy un poco menos español que ayer) se ha perdido en el cielo a los 8 minutos de su despegue, los chistes xenófobos de Iñaki López producen más asco que ayer. Pero sin duda menos que mañana.

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