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Opinión

La traición encubierta

“Los que dejan al rey errar a sabiendas, merecen pena como traidores.” Alfonso X el Sabio

Las páginas de las instrucciones de las causas judiciales han llenado las portadas de los medios de comunicación en España y el mundo, dejando al descubierto las miserias de representantes institucionales de las más altas instancias del Estado. Personas que ocupan u ocuparon sus cargos jurando o prometiendo la norma de las normas: la Constitución. De esas evidencias se derivaron inexplicables lealtades en procura del ocultamiento de comportamientos anómalos. Actitudes poco comprensibles en términos democráticos. Por tanto, invito a quienes lean estas reflexiones, a definir la calificación de los incumplimientos de tales promesas constitucionales.

Por traición se entiende a la falta que comete una persona que no cumple su palabra o que no guarda la fidelidad debida. Son los casos de delitos cometidos contra un deber público, como la patria para los ciudadanos o la disciplina para los militares. Este término se refiere al acto o conducta de deslealtad o falta de compromiso que existe entre dos o más involucrados. Originario del latín traditio, significan acciones que conllevan quebrantar la confianza. De este modo, las traiciones se generan en diferentes espacios o situaciones de la vida diaria, bien sea laboral, familiar, de amistad e incluso en las actividades políticas, sociales y económicas. Las personas que llevan a cabo una traición, generalmente defraudan y lastiman moral, económica e incluso socialmente, a las personas o colectivos afectados, rompiendo los lazos de confianza y lealtad.

Lamentablemente en España la traición forma parte de su historia. Siempre han existido los que traicionaron a otros e, incluso, traicionaron a sus conciudadanos, corporaciones o empresas. Lo hicieron a través de diversos actos con consecuencias lesivas para esas personas u organizaciones. De aquí, que la institución judicial es la que tiene la misión constitucional de proteger a los ciudadanos, siempre vulnerables ante el abuso del poder. Si no lo hace se convierte en vulgar cómplice.

Son tantos los episodios en los que se ha quebrantado la confianza del conjunto. De hecho, si se es especialmente pulcro, ingresar en puertas giratorias es un acto de deslealtad que hace posible los abusos tarifarios. Los rescates. Las privatizaciones. El saqueo. Mencionar a todas esas personas excedería el espacio disponible.

Los ocultamientos históricos son tan numerosos que, siendo derivados de los cuestionables comportamientos de los responsables institucionales, ya está resultando insostenible mantener en la opacidad el resultado de esos abusos de poder. Así, según sea la justicia aplicada a las personas que incurran en estos delitos y la penalidad aplicable, a veces no solo se la considera como una simple traición, sino como un acto de alta traición. De aquí, que su condena o pena deba ser necesariamente más contundente. Pero, en este país, la justicia sólo se aplica a los robagallinas, al decir de algún magistrado.

En cambio, se opta por el encubrimiento. No llegan a entender que esa opción los convierte en cómplices. Se traiciona a España. Ella contiene a todas las personas del país. Porque ninguna persona puede atribuirse el “ser España”. Porque ese sería el nudo gordiano de la corrupción sistémica.

Se puede escapar de una justicia de régimen. En cambio, no se puede escapar de la Historia. Tarde o temprano te alcanza.

Piénsalo cuando votes.

 

 

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Agustín Montes C.

    17 de enero de 2021 18:55 at 18:55

    Es lo que tiene el hecho de que en este país venciera el fascismo, país donde la «democracia» no es más que una impostura elitista en la que aún se apoltrona el vencedor.

    Chapó, Alberto.

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