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Opinión

La trivialización de la amenaza del mal

                                        No hay nada más terrible, insultante y deprimente que la banalidad.
                                                                                                                                                           A. P. Chéjov

En España la amenaza de un golpe de Estado es una realidad constante. Es un modo de pretender el mantenimiento de una supremacía ideológica, en general, bajo la cobertura presuntamente ética de una organización religiosa, más la financiación de los centros económicos financieros. La violencia siempre acude a organizaciones que la ejercen. No es opinión, sólo es historia. Lo cierto es que la banalización domina nuestro entorno y hace que convivamos en el paisaje banal de la apariencia. De este modo, el mundo cultural, político, económico y social están sujetos a un mismo canon doloso que permite justificar cualquier cosa. El mal campa a sus anchas.

Si se define que “banalización” es la acción y efecto de banalizar, es decir, es el resultado de tratar algo de manera trivial. De aquí, la banalización de la violencia institucional disminuye la visibilidad de las situaciones de terror ejercido por el poder económico. Esto se intentó ejercer banalizando los efectos de las reformas laborales y la impunidad institucional de los corruptos, que se suma a la social, con la cierta exclusión económica, sanitaria y educativa de grandes sectores de la sociedad. Tal vez sean esos los veintiséis millones a los que deberían asesinarse, según aludieron los mandos retirados del ejército.

Entre la banalidad de la violencia y el terror hay una continuidad. Baste el ejemplo de la falta de valor para esclarecer lo acontecido desde el golpe de estado de 1936 en adelante. Más el terror del exterminio de las 200.000 víctimas, sirven para atestiguar los criterios genocidas expresadas estos días. Esta continuidad puede ser la amenaza de ruptura del Estado de Derecho en nuestro país.

Curiosamente la razón de existir de las fuerzas armadas es la defensa exterior. En ningún caso el convertirse en el ejecutor de su propio pueblo. Resulta una actitud cobarde que pone de manifiesto la debilidad argumental de los valores que dicen defender. Además de deteriorar el tejido moral de una sociedad, estos comportamientos son los que justifican la conducta cuestionable, cuando no delictiva, de las élites dirigentes. Sean estas económicas, aristocráticas, religiosas o políticas. La existencia de torturadores con privilegios intactos o redes paralelas de los cuerpos de seguridad no son circunstancias ajenas a esta cuestión.

En cualquier caso, minimizar la representatividad de los representantes que publican sus intenciones violentas, resulta tan peligroso como ignorar que en España no se ha hecho un esfuerzo cierto en purificar de violentos a sus cuerpos armados. Tanto cuando se utiliza como medio de justificar a los agresores. Cuanto justifica la respuesta desproporcionada de los agredidos.

Muchos medios de comunicación españoles justifican esas expresiones y las convierten así en rutinas de la violencia, sin que existan categorías intelectuales o políticas que permitan entenderla, y menos aún darle sentido. En esta tácita comprensión banalizadora de los violentos debemos incluir la gestión que ha hecho la responsable del Ministerio de Defensa, Margarita Robles.  En sus actuaciones, la banalidad puede haber intentado cumplir una función de entretenimiento saludable, para distraernos o relajarnos. No pensar en las amenazas. Ella es la misma que pone en cuestión la presencia de Unidas Podemos en el gobierno.

Ya Hannah Arendt lo expresó con claridad cuando enunció su brillante idea de la “banalización del mal”. Concepto en relación a las conductas de los jerarcas nazis para explicar la falta de reflexión, sobre las consecuencias de sus actos de quien comete crímenes al acatar órdenes. Circunstancias que, no lo liberaban de la culpa, sino que lo hacen motivo de otra forma de juicio.

En definitiva, la banalidad del mal, como sumisión total a la autoridad, ha sido y es utilizada para cometer delitos contra la humanidad. El poder se escuda en la barbarie, la banalización de la violencia y de las actitudes discriminatorias que justifiquen su intolerancia. Lo hace, a través de brigadas de defensores de la opacidad y la justificación de los delincuentes y criminales.

No lo permitas.

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2 Comentarios

2 Comments

  1. ESTRELL@

    7 de diciembre de 2020 09:02 at 09:02

    Gracias muy buen articulo.

    si esta buena madre nos ha dado a todos toda la tierra por morada, nos ha alojado, en cierto modo, en una misma casa, nos ha configurado a todos de la misma masa, a fin de que cada uno se pueda mirar y casi reconocer en el otro, si nos ha dado a todos en común este gran don de la voz y de la palabra para unirnos íntimamente y fraternizar más, y hacer, por la habitual y mutua declaración de nuestros pensamientos, una comunión de nuestras voluntades; si ha procurado por todos los medios el apretar y estrechar más fuertemente el nudo de nuestra alianza y sociedad; y si ha mostrado en todas las cosas que lo que más quería era unirnos y que todos fuéramos uno; no hay duda de que todos somos libres, porque todos somos compañeros, y no puede caber en la mente de nadie que la naturaleza haya colocado a algunos en la esclavitud, habiéndonos colocado a todos en comunidad.
    Queda, por consiguiente, por decir que la libertad es natural y, por la misma razón, a mi entender, que no hemos nacido tan sólo en posesión de nuestra libertad, sino también con el deseo de defenderla.
    Discurso de la servidumbre voluntaria o el contra uno. Étienne de La Boétie

    Causa primera de la servidumbre voluntaria es la costumbre.
    NO PERMITIR QUE NOS ARREBATEN NUESTRA LIBERTAD

  2. El Vizca

    8 de diciembre de 2020 15:02 at 15:02

    La banalización de mal es terrible, pero todavía es mas cruel si se une a lo que hace la clericalla con su influencia sobre la mayor parte de ciudadanas y ciudadanos, porque como dijo el Premio Nobel de Física Steven Weinberg en 1999: «Con o sin religión, la gente buena puede portarse bien, y la gente mala puede hacer mal; pero para que la gente buena haga el mal, se necesita la religión»

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