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Política

La tropa de Trump

Alt-right, ‘confederados’ próximos al Ku Klux Klan, neonazis y fascistas de todo pelaje, protagonistas del grotesco intento de golpe de Estado de este miércoles en el Capitolio

La tropa de Trump
Imágenes del asalto de este miércoles al Capitolio, sede del Congreso de Estados Unidos

El Índice Global de Terrorismo 2020, presentado a finales del pasado mes de noviembre, define la ultraderecha como la ideología política centrada en uno o varios de los elementos “nacionalismo exacerbado –que suele ser racial o de alguna forma exclusivista–, fascismo, racismo, antisemitismo, antiinmigración, chovinismo, nativismo y xenofobia” y recuerda que los grupos de ultraderecha “han sido históricamente anticomunistas”. La tropa de Donald Trump que este miércoles asaltó violentamente el Capitolio –sede del Congreso de Estados Unidos– con la intención de dar un golpe de Estado que revirtiera el resultado de las elecciones presidenciales del pasado mes de noviembre –en las que el candidato del Partido Republicano fue derrotado por el del Partido Demócrata, Joe Biden– los reúne todos. A pesar de su facha –en el sentido de traza, figura o aspecto–, sus miembros no son espontáneos que un buen día aparecieron por allí, sino miembros de grupos ultraderechistas financiados por capital estadounidense y fomentados por el trumpismo.

El tipo tatuado que asaltó el Capitolio sin camiseta y con un gorro de piel con cuernos, Jake Angeli, es uno de los rostros más conocidos del movimiento trumpista QAnon, vinculado a las teorías de la conspiración, y últimamente se ha dejado ver en el recuento de votos del condado de Maricopa –en el Estado de Arizona– o en el acto que Rudolph Giuliani, del Partido Republicano, protagonizó contra el recuento oficial. Otros optaron por atuendos más clásicamente ultraderechistas o directamente nazis –se dejaron ver camisetas con el lema “6MWE”, es decir “six million (jews) wasn’t enough”, es decir “seis millones (de judíos) no fueron suficientes”, en alusión al Holocausto– y banderas de los Estados Confederados, los que –en la Guerra Civil que enfrentó a estos Estados del Sur con los del Norte desde 1861 hasta 1865– esgrimieron su derecho a mantener la esclavitud. Un escalofrío recorrería la columna de unos cuantos estadounidenses, incluso del Partido Republicano –del que el propio Abraham Lincoln formaba parte–, cuando vieron ondear banderas confederadas por los pasillos y salones del Capitolio yanqui.

Trump justificó este miércoles el asalto al Capitolio por parte de sus seguidores y lo hizo, como de costumbre, a través de la red social Twitter. Pero esta vez fue demasiado lejos, e inmediatamente sufrió el rechazo expreso de prácticamente todo el establishment estadounidense –incluidos referentes nada progresistas de su propio partido–, y hasta Twitter –red social pero también multinacional estadounidense con sede en San Francisco y medio de comunicación de cabecera de Trump–, probablemente impelida por ese mismo establishment con pinta de haber dicho basta y de haber descolgado algún que otro teléfono, ha decidido cortarle el grifo, como después han hecho también Facebook e Instagram. Un intento de golpe de Estado, y más televisado, es una cosa muy seria. Consciente de que se ha quedado sin ningún apoyo en las alturas y del esperpento de este miércoles en los pasillos y salones del Capitolio, Trump por fin ha asumido que debe irse y se ha comprometido a hacerlo de forma “ordenada”.

Amplios ecosistemas

Trump se va, pero la alt-right –derecha alternativa– de la “incorrección política”, los ‘confederados’ próximos al Ku Klux Klan, los neonazis y fascistas de todo pelaje –unos con pinta de recién salidos de una película de serie B, otros no tanto– se quedan. Y es que el Índice Global de Terrorismo 2020 también alerta sobre la probabilidad de que el terrorismo de ultraderecha en Occidente “aumente en los próximos años” y asegura que abordar este fenómeno sólo en términos de ‘organizaciones terroristas’ constituye “un marco demasiado estrecho”, pues las tendencias reflejadas por el propio índice, “confirmadas por la movilización extremista durante el COVID-19”, muestran “la necesidad de comprender las manifestaciones y los principios organizativos” del fenómeno, que “cambian rápidamente”. Así, insta a tener en cuenta no sólo las ‘organizaciones terroristas’ formales, sino también “los ecosistemas más amplios, las formaciones ideológicas y las subculturas ‘online’ de las que emanan cada vez más estas amenazas”.

Aunque el espectáculo resultó grotesco, el intento de golpe de Estado de este miércoles en el Capitolio –televisado en directo– no es ninguna broma y causó desazón en los propios Estados Unidos –los comunicados de republicanos como George W. Bush sobre los hechos o la decisión de Twitter, Facebook e Instagram sobre las cuentas de Trump no son casuales– y en todo el mundo. Sin ir más lejos, la República Bolivariana de Venezuela también expresó su preocupación por los acontecimientos y su aspiración a “que el pueblo estadounidense pueda abrirse un nuevo camino hacia la estabilidad y la justicia social”. Justicia social para la que –en Estados Unidos, en Venezuela y en cualquier otro país del mundo– la ultraderecha siempre ha constituido un freno.

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