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Opinión

La vieja escuela cinematográfica

Elena Anaya machismo cine
Por Manuel Onetti.

Hace unos días, la actriz Elena Anaya, que forma parte del reparto de la última película de Woody Allen (Rifkin's Festival), relataba en el programa Late Motiv del presentador Andreu Buenafuente las constantes humillaciones verbales que sufrió durante el rodaje del film por parte del director neoyorkino desde una especie de síndrome de Estocolmo actoral en el que en vez de reproches por su conducta solo quedaba agradecimiento por hacerla mejor profesional “un excelente director, un maestro, un mito del cine y un genio”.

Esto que para algunos fue una sorpresa, desgraciadamente es algo que está totalmente integrado en todos los estamentos de la industria cinematográfica, derivado de esa concepción clásica del artista como genio maldito. Pero no olviden que por muy artista que un director sea, no es más que otro peón de una industria capitalista y que debe un respeto a los demás trabajadores de dicha industria (así como posee unos derechos y obligaciones), ya pertenezcan al equipo artístico o técnico. Esta concepción del arte en el cine como actividad industrial se viene manifestando, desde la imposición de la industria cinematográfica franquista, a través de la llamada Vieja Escuela. La vieja escuela se define por un principio categórico: TODO POR LA PELÍCULA. Esto significa que la película es el fin último, y cualquier acción dentro de la legalidad o no queda supeditada a esta. Así, de este modo, les relataré algunas de las costumbres de la vieja escuela cinematográfica española.

En los rodajes de cine, al igual que en el ejército o las cocinas de estrellas Michelín, el lenguaje establecido es el Sí Señor. Con estas dos simples palabras se establece toda una jerarquía para el correcto funcionamiento del rodaje, por lo que ante cualquier orden, petición, sugerencia, etc., la forma correcta y modélica de contestar es Sí señor (indiferentemente del género del superior), e inmediatamente después salir corriendo a cumplir la acción, que en algunos casos en los que los superiores no consideren que su subordinado la esté realizando con la celeridad pertinente complementarán con el también recurrente “vuela, vuela”, insuflándole la energía necesaria para cumplirla por encima de cualquier espacio y tiempo. Normalmente, este sistema está lo suficientemente integrado que suele funcionar a la perfección -a pesar del extenuante ritmo-, pero cuando las exigencias mismas del rodaje se ven superadas por las condiciones de este, ya sean la falta de personal o de presupuesto, así como unas condiciones climáticas adversas, por ejemplo, hay algunos directores que megáfono en mano alientan a sus tropas técnicas al grito de “¡cabrones, me estáis hundiendo, vamos, vamos!”, entre algunas soflamas motivacionales de cuestionable gusto.

Una de las características principales de la vieja escuela es la de nunca quejarse por el horario. Recuerden: TODO POR LA PELÍCULA. El convenio colectivo de la Industria de Producción Audiovisual, cuya última revisión es del 2011, establece la semana laboral en cine hasta en 52 horas semanales, si bien la jornada real son 11 horas diarias de lunes a viernes más 8 horas el sábado. Hagan ustedes las cuentas. Todo ello de rodaje efectivo, sin tener en cuenta que equipos como el de producción, dirección, o maquillaje y peluquería normalmente son citados y comienzan su jornada laboral como mínimo una hora antes de la citación oficial del rodaje, sin que por ello se conviertan en horas extras, que sumadas a los traslados de ida y vuelta, en algunos casos fuera de la provincia de la producción (que legalmente obligarían a la producción a facilitar un alojamiento), se convierten en jornadas de 15-16 horas de jornada laboral. Y a pesar de ello, la vieja escuela no pierde sus modales cuando por ejemplo, después de las interminables jornadas es necesario hacer horas extras de rodaje por motivos de infraestructuras o fechas de actores, por citar algunos casos, en los que sería muy complicado volver a una localización para rodar, así, la primera hora extra, es concedida por decoro por parte del equipo técnico al que ni se le llega a preguntar desde la producción, y cuando a partir de la segunda hora extra la producción reúne al equipo para comunicarle la necesidad de otra hora extra más, la coyuntura del asunto no permite un no por respuesta, pudiendo llegar a hacerse tres o cuatro horas más de las previstas.

Como vemos, el tiempo, es uno de los asuntos más importantes en un rodaje, aunque no es el tiempo en sí el problema, sino el dinero, la cuestión material de una industria que necesita muchos recursos para producir sus productos (cada vez más obligados a parecerse a los hollywoodienses). Este problema se ve agudizado por ejemplo cuando una película está protagonizada o intervienen en ella menores de edad. Por motivos de extensión comprenderán que no pueda aquí reproducir las leyes al respecto y sus diversas peculiaridades, pero en general, se prohíbe el trabajo nocturno para menores y su jornada laboral no superará las cinco horas, dependiendo de la franja de edad del menor que cuanto menor es, menos horas puede trabajar. Los rodajes con participación infantil se ven limitados por estas leyes que intentan proteger de la explotación laboral a los menores (no entraré en la responsabilidad moral de los padres de niños artistas) por lo que la vieja escuela, pone sus dotes artísticas en favor de la película llegando a camuflar los verdaderos horarios de estos. Así, en una orden de rodaje oficial, en el lugar que debería aparecer el nombre del actor menor de edad, con su hora de citación, secuencias a rodar y fin de jornada previsto, no aparecería más que un símbolo, digamos una @, para que en caso de que a las autoridades pertinentes les diera por interesarse por ese niño no quedara reflejado en ningún documento el plan de trabajo que ha llevado a cabo: largas jornadas de trabajo, algunas de ellas nocturnas, en pleno invierno, sin ropa en algunos casos, otras veces incluso, enfermos y en contra de su voluntad.

Pero la afición de la vieja escuela cinematográfica por modificar documentos viene de largo. Conocidas son las ocasiones en las que algún productor ha acabado comprando todas las entradas de una sala de cine para llegar al mínimo de espectadores requeridos para cobrar una subvención. Otra de sus especialidades es crear órdenes de rodaje incluso cuando no existe tal rodaje. Por ejemplo, para cobrar cierta subvención autonómica, una comunidad como la Valenciana requeriría a una producción un mínimo de días de rodaje en su territorio, pero por la organización del plan de trabajo a la producción no le viene nada bien trasladar desde Madrid (donde se llevan a cabo la mayoría de los rodajes de la industria española) hasta Valencia a todo su equipo con los gastos que esto supone, así que la solución de la producción no sería otra que crear órdenes de rodaje ficticias para esos días, mientras que la película terminó días antes su rodaje en Madrid.

La cuestión territorial y las subvenciones es unos de los campos donde la vieja escuela se maneja con soltura. La mayoría de los rodajes que no se realizan en Madrid se llevan a cabo en otras comunidades autónomas gracias a las subvenciones de estas, que a cambio exigen un mínimo de equipo humano local, para fagocitar la industria autóctona. Esto es un inconveniente para una industria cinematográfica que se compone de equipos específicos que suelen trabajar una y otra vez juntos. Pero la vieja escuela tiene la solución. Si la producción solo se hace cargo de llevar a los jefes de equipos hacia la comunidad del rodaje, con el aumento de gastos que eso conlleva en traslados, alojamientos y dietas, a sus auxiliares les aconseja empadronarse en la comunidad de destino para así poder ejercer de trabajadores locales, y en último caso si no fuera posible, al final trabajarían igual, pero ahorrándose las dietas y el alojamiento, ejerciendo de local a la fuerza.

Si han llegado hasta aquí, podrán haber observado que en esta jerarquía cinematográfica la vieja escuela atufa a clasismo, y no quería dejar atrás a los últimos de esta gran pirámide que no son otros que los figurantes, aquellas personas que componen sutilmente de realidad una imagen. Los sueldos que estos profesionales –no reconocidos como tal- en demasiadas ocasiones venían recibiendo por sus largas jornadas de trabajo a veces no superaban los 35€ diarios, y para colmo eran tratados con la indiferencia de la producción que no los consideraba compañeros sino una especie de agregados, molestos e inferiores, a los que normalmente no se les proporcionaba vestuarios o camerinos donde cambiarse o dejar sus ropa y objetos personales, y les suministraba como único alimento un bocadillo y una lata de refresco mientras a los demás técnicos se les otorgaba un servicio de catering establecido en un convenio que dejaba atrás a los figurantes, y que estos mismos tuvieron que luchar hasta conseguir uno propio en 2017.

Como ven, la vieja escuela ha desarrollado una gran capacidad de recursos ante cualquier adversidad –capaz de realizar listas de trabajadores que asistirán o no a una huelga general sin pudor alguno- , pero a lo que se ha mantenido cerrada (y algunos casos en los que se ha abierto, ha sido adquiriendo roles patriarcales, desgraciadamente) es a la paridad entre los técnicos de cine.

Hoy en día, aún, los hombres ocupan la mayoría de los cargos de responsabilidad, relegando -como es tradición- a las mujeres a los equipos feminizados como el de maquillaje y peluquería o vestuario, tal y como señalaba el informa CIMA en 2017 sobre la representación de la mujer en la industria cinematográfica española, derivados del machismo congénito que se vive en una industria en la que la falsa imagen de actividad progresista –proyectada por los medios de comunicación de la derecha española con el fin de señalar a algunos profesionales que han aprovechado su visibilidad para apoyar ciertas causas o posicionarse en contra de, como ocurrió al incluirnos en la guerra de Irak el innombrable presidente del gobierno del momento- nos ha hecho pensar que esta industria estaría libre de tales pecados, difíciles de callar en cualquier otra actividad industrial, en el que casos como el de Elena Anaya que mencionábamos al principio de este relato, cuentan con mucho más apoyo entre compañeros y una estructura sindical establecida que posee las herramientas necesarias para denunciar este tipo de actuaciones con la contundencia que lo merecen, más allá de los focos y las alfombras rojas, donde sus trabajadores cuenten con los mismos derechos que los de otras industrias que no están bajo la mirada del arte, pero no por ello innecesarias en una sociedad moderna que sea capaz de dejar atrás la vieja escuela de la explotación laboral y el fraude.

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