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Opinión

Las que no se nombran no existen

Las que no se nombran no existen

Acaban de ‘descubrir’ una mujer cazadora en las montañas de los Andes de América del Sur, publica a bombo y platillo ‘Science Advances’, lo que parece ser el descubrimiento más asombroso desde el gigantismo del falo de Rasputín. Hecho tan increíble y magnífico que ha hecho que estos concienzudos y empíricos científicos se cuestionen el verdadero papel que jugaban las mujeres, al margen del que ellos han construido durante siglos. Y no solo esto, sino que sus minuciosos y fatigosos estudios les han llevado a analizar multitud de huesos almacenados para el estudio de la prehistoria y han descubierto que en ocasiones el 50% de los cazadores encontrados en yacimientos eran mujeres. Y como giro argumental del relato construido ex profeso, el asombro hace de mí pasto del desmayo: ¡entre el 30 y el 50% de estas mujeres se dedicaban a la caza mayor!

Sí, queridas lectoras, los científicos no daban crédito, y tuvieron que desenterrar décadas de trabajo óseo, inhumado en catacumbas museísticas, a merced de musgos, hongos y polvos, para corroborar lo que sus estudios ponían ante sus narices tozudamente. Las mujeres no nacimos del lodo primigenio para ser recolectoras y cuidadoras en exclusividad.

La comunidad arqueológica, científica y folclórica explota y, cual hormiguero en llamas, empieza febrilmente a opinar acerca del hallazgo. ¿Cómo es posible que un acto tan eminentemente viril, el gran bastión de la masculinidad hegemónica, fuera realizado por mujeres? Los datos no cuadran, el relato implosiona de pura falacia, pero la realidad se impone. Sin duda debido a científicos educados fuera del sesgo de género, al contrario que sus antecesores, y evidentemente forzados por la aparición de mujeres en todos los estamentos de la cultura, la ciencia y la academia.

Artemisia de Caria, generala del rey Jerjes en la conquista de Grecia (480 a.C.). Boudica, reina en Britania, creó un ejército de 60.000 hombres y luchó contra los romanos. Fu Hao (1250 a.C.), comandante de ejército chino, fue de las más eminentes estrategas militares. Nakano Takeko, guerrera samurái. María Pita (1581), guerrera coruñesa, luchó contra los británicos y Felipe II le dio el título de Soldado Aventajado. Los dos hermanos Wright, inventores de la aviación, en realidad eran tres, el que borraron de la historia era Katharine Wright. Robert Capa, eminente fotógrafo, en realidad eran dos, Endre Friedmann y Gerda Taro hoy en día nadie sabe de quién es la autoría de cada fotografía, que murió atropellada por un tanque en El Escorial cubriendo la guerra en el bando republicano. Y desapareció. El inventor del Monopoly, Charles Darrow, en realidad era una mujer, Elisabeth Magie. Otto Hahn ganó un Premio Nobel de Química por descubrir la fisión nuclear, la descubridora fue la física Lise Meitner. Sojourner Truth, esclava negra, fue la primera persona negra que ganó un juicio a un hombre blanco. María Mallo, pintora. Liudmila Pavlichenko, francotiradora; muertes confirmadas en la II Guerra Mundial: 309, con un rifle de cerrojo, récord imbatido a día de hoy. La creadora del rock and roll fue una mujer, Roseta Tharpe. La jeringuilla fue inventada por Letitia Geer.

Tal vez estos ‘descubrimientos’ repentinos respondan al borrado automático al que hemos sido sometidas las mujeres a lo largo de la historia. Eliminadas a propósito de los hechos relevantes que marcaron la historia en sus diferentes periodos.

Así nos condenaron al olvido, al ostracismo, con la sucia intención de que futuras mujeres no tuvieran referentes femeninos en los que construirse. Cortando de raíz toda intención de acción, estudio, liderazgo o respuesta. Hay que mantener la maquinaria heteropatriarcal del sistema bien engranada y sin injerencias futuras. Qué mejor forma que eliminar referentes femeninos, para que las mujeres del futuro no tengan más objetivo que la pasividad, el adorno, la espera y el cuidado de las personas a su alrededor. Sin referentes que las inviten a la acción del pensamiento, del estudio, de la superación, de la lucha, del trabajo, de la desobediencia, de la política y la oratoria. Qué mejor forma que someter a la enemiga desde su nacimiento. Qué mejor forma que programar a las niñas desde su más tierna infancia para ser recolectoras y cuidadoras.

A lo largo de la historia, Anónimo y pseudónimo eran a menudo una mujer. ‘Frankenstein’ fue escrito por un Anónimo, más tarde por Percy Shelley y finalmente descubrimos con asombro y espanto que una de las obras magistrales del terror, que destripa terriblemente los peligros del ansia del hombre por trascender, de su avaricia y ego desmesurados por querer ser Dios, fue escrita por su mujer, Mary Shelley. Fue escrita por una mujer.

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