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Cultura

Las vidas gitanas importan: nuestros George Floyd

Para barrer la calle hay que barrer la casa primero: España tiene su propio George Floyd, se llamaba Manuel Fernández Jiménez

Noelia Cortés | Entre tanto remolino de publicaciones en negro, que pretenden solidarizarse un par de minutos con el movimiento antirracista de Estados Unidos, cabe una pregunta pequeña y afilada: ¿España es consciente de lo que ha hecho con los gitanos?

Uno de los sucesos más medievales de la historia reciente de este país es el conocido como pogromo antigitano de Martos (Jaén), en 1986. Un gitano agredió a otro lugareño y el pueblo decidió que todos los gitanos debían pagar por ello: se reunieron dos millares de marteños pidiendo que expulsasen a toda la población gitana, y varios centenares procedieron a quemar sus viviendas en la barriada paupérrima de Cerro Bajo. Como suena: a mitad de los 80’s, recién terminada la Movida madrileña y tras 11 años de democracia, a todos los gitanos de un pueblo español les quemaron las casas sus propios vecinos, provocando que huyeran hacia el campo con sus niños a cuestas.

Actualmente, la Real Academia Española sigue dando para ‘gitano’ la acepción de trapacero’, que a su vez define: “que con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto”. Todos hemos escuchado aquello de “perdonadme, no me ha dado tiempo a ducharme y vengo hecha una gitana” o aquello otro de “eso es como comparar a Dios con un gitano”. Todavía los medios informativos califican a las familias gitanas como clanes y a sus conflictos como reyertas.

¿Cuántas muestras de racismo antigitano hay bordadas en la historia española desde el incendio de Martos hasta hoy? Si nos remontamos al acontecimiento más feroz debemos citar la Gran Redada de 1749, mediante la cual apresaron a 7.000 gitanos en una sola noche por orden de la Casa Real. Había que disparar a quienes intentasen fugarse, y se conoce que al cabo de un mes les continuaban deteniendo para llevar a cabo su plan de exterminio y esclavismo.

La monarquía hispánica ha firmado, según investigaciones, más de 200 órdenes y leyes antigitanas. Suena a agua de otros siglos, sí. Sin embargo, a la par de aquel incendio del 86 (y casi diez años después de la canción ‘Pueblo Gitano’ de Los Chorbos), los padres y profesores de Vicálvaro inundaban las televisiones pidiendo que no escolarizasen a niños gitanos en los colegios de sus hijos/alumnos, y Atarfe era noticia porque cobraba a los gitanos el doble de pesetas que a los payos por entrar a la piscina. ¿Ha cambiado algo, o el racismo evoluciona y se manifiesta a través de nuevos senderos, acomodándose al contexto histórico?

Esta lección de historia y tradición conviene tenerla en cuenta a la hora de juzgar el racismo que existe en Estados Unidos, porque así entenderemos que para barrer la calle hay que barrer la casa primero: España tiene su propio George Floyd, se llamaba Manuel Fernández Jiménez y era gitano.

A este preso por delitos comunes ya le habían acostumbrado a las palizas en Albocàsser (Castellón). Si los presos importan poco, los presos gitanos y/o pobres importan menos. En octubre de 2017, realizan una áspera llamada a la familia para comunicar que Manuel ha fallecido de muerte súbita a los 28 años.

Manuel llega a la funeraria sin certificado de defunción y sin informe de autopsia. Al principio no permiten que la familia vea el cuerpo, sólo la cara. Más tarde comprueban que tiene todo tipo de marcas: de inyecciones de adrenalina en el pecho, de esposas en las muñecas y en los tobillos, de pistola táser en la mandíbula inferior, cardenales, mordiscos, dedos y uñas rotos, marcas en el cuello… La Policía Nacional se niega a ir a verlo con sus ojos, por lo que la familia decide tomar fotografías para conseguir una segunda autopsia pese a no tener siquiera una primera. El juez rechaza esta segunda autopsia y da por buena la causa de muerte súbita.

Manuel murió torturado bajo custodia policial, en tu país, hace tres años. Tras haber manifestado ese mismo mes a su familia que recibía palizas, pero que no quería denunciarlas por miedo a que fuesen peores. ¿Dónde estaba la protesta española? ¿Por qué no se salió a las calles, como está ocurriendo ahora en protesta por el racismo de otro continente, si en aquel momento no había pandemia que lo impidiese? ¿Por qué no se compartían por todas partes las pautas a seguir para ayudar con la causa?

La triste respuesta está en que España tiene institucionalmente abandonados sus guetos gitanos (ej: Las 3000 Viviendas). En que las mujeres gitanas todavía representan el 25% del total de las mujeres presas en España y, en que cuando esta misma cuarentena mataron de un disparo en la cabeza a un gitano que robaba unas habas con su hijo pequeño, los comentarios patrióticos lo celebraban.

Desde el tuitero anónimo aleatorio hasta Ana Rosa en su programa sentenciaban a Eleazar, que sólo era un gitano robando un cubo de habas para comer. Del otro lado, la majestad del señorito payo dueño de la finca, que tuvo la valentía de matarle.

Si el apoyo a la lucha de la población negra estadounidense es sincera, ¿ha abierto EEUU la veda para que las vidas gitanas importen aquí cuando las fuerzas de seguridad del Estado maten a otro Manuel o un racista cualquiera mate a otro Eleazar? ¿Hará falta llegar tan lejos para que los gitanos existamos en paz?

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