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Opinión

Liberadas del feminismo

El 8M de 2018 las calles se llenaron de feminismo, de un feminismo popular que desbordó las paredes de los partidos, de las asociaciones, de la academia y de la teoría. Una explosión de libertad estalló en las calles aquel día y se ha seguido repetidiendo en cada convocatoria. El movimiento feminista se hizo hegemónico y se convirtió en el vector de transformación social más potente que existe. Gracias a las históricas feministas que durante muchos años picaron piedra en el desierto, pero gracias también a una nueva generación que ha militado con otro lenguaje, otros códigos y ha puesto en la agenda temas como las violencias machistas, los cuidados, el mundo del trabajo y la interseccionalidad.

La interseccionalidad significa que Ana Patricia Botín es mujer pero eso no la salva de ser una explotadora y de usar métodos patriarcales cuando desahucia a una mujer en exclusión social. El feminismo del 8M de 2018 subrayó también que el feminismo no es un lobby de unas cuantas ni una guerra entre sexos, sino una ideología integral útil también para hacer más felices a los hombres. El feminismo del 8M de 2018 vino a dar contra la línea de flotación del feminismo burgués de la universidad, los institutos de mujeres, las asociaciones creadas al albor del partido y del relato de los techos de cristal que se olvidan siempre de las mujeres que recogen los cristales a cuatro duros cuando una ejecutiva se sienta en el consejo de administración de una empresa del IBEX-35.

El 8M de 2018 salieron a la calle las kellys que sostienen el modelo turístico español a dos euros la habitación; las auxiliares de ayuda a domicilio de la ley de la dependencia, privatizadas, doloridas y empastilladas por una ley de la dependencia que nació con el apellido feminista cuando han sido las mujeres más pobres las que han cargado con esa tarea a 500 y 600 euros al mes; salieron también las mujeres migrantes que trabajan de empleadas domésticas sin derechos; las jornaleras, las cajeras de supermercado y tantas y tantas otras mujeres que nunca habían sido objeto del feminismo institucional.

El 8M de 2018 silenció a las liberadas del feminismo. A las que han vivido a costa de teorizar sobre el sexo de los ángeles sin pensar que la gran mayoría de mujeres no leen sus artículos elegantes en revistas de investigación de la alta cultura; a las que han hecho carrera en el partido gracias al feminismo pero que luego aprobaban reformas laborales y leyes que empobrecían, más que a nadie, a las mujeres; a las que cobraban honorarios de 1.000 euros por una conferencia y a las que las grandes editoriales les han publicado libros a medida para que escribieran de mujeres ricas.

El 8M de 2018 calló a las liberadas del feminismo igual que el 15M silenció a los liberados de la izquierda clásica. Ambos colectivos liberados se pudieron alegrar al ver que venía una generación de recambio, pudieron aconsejar a los jóvenes en lugar de convertirse en abuelos y abuelas gruñonas, pudieron felicitarse porque eran muchas más cabezas, manos y voces para defender la igualdad, pero no. Tanto al feminismo como a la izquierda clásicos  les entró una ataque de cuernos porque esos y esas jóvenes los habían desplazado del protagonismo y se habían quedado sin identidad. Ya no Los Izquierdistas ni Las Feministas. Ahora había más.

Las Lidias Falcón, Amelias Valcárcel, Cármenes Calvo, Ángeles Álvarez, Alicias Miyares y demás clase alta del feminismo burgués sintieron que eran desplazadas por otras feministas más jóvenes y que su pontificado había llegado al final. Ya no eran las únicas a las que llamaban a las conferencias, a los programas de televisión y en las librerías tenían que compartir estanterías con otras mujeres que hablaban de una causa que creyeron que les había caído en herencia.

El supuesto debate sobre el “sujeto del feminismo” y “el borrado de las mujeres”, que justifica para que a la ministra de Igualdad, Irene Montero, le dediquen epítetos tan misóginos como “vacua”, “niñata” o “superficial” –adjetivos que nunca se dicen a un ministro, por cierto- no es más que la excusa cursi y clasista para decir que las mujeres trans no son mujeres, que no tienen derecho a decidir libremente, sin tutelas psiquiátricas, médicas y políticas, quiénes son.

El problema no es la diferencia entre sexo y género, como apunta este nacionalismo vaginal de las liberadas del feminismo que quieren volver a situar a las mujeres en su papel de hembra reproductora e irracional para sueño mojado de la ultraderecha que les aplaude y comparte sus intervenciones, sino que no soportan que el movimiento feminista se haya autodeterminado de ellas, de las liberadas del feminismo.

 

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