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Opinión

Los muertos, contra los votos

Este pasado jueves se cumplieron  20 años del asesinato de Ernest Lluch. Dos disparos de un comando etarra acabaron con su vida en el garaje de su casa en Barcelona. Un diputado de EH Bildu ha recordado a Lluch como un hombre de paz. Sus palabras son una continuación celebrable del minuto de silencio por las víctimas de ETA que observó esa formación política hace un año en el Congreso de los Diputados.

Este país siempre estará necesitado de gente de paz como Lluch pues muchas han sido sus guerras, la violencia generada y sufrida,  y muchos están siendo los denuestos, falacias y crispaciones que se están dando en el tablado de la escena parlamentaria, tantas veces deprimente y hasta repelente por el bajísimo y torticero nivel dialéctico de no pocas de sus señorías.

Que se cumpla el aniversario del asesinato de Lluch en el momento en que la derecha extremada y la extrema derecha hacen política utilizando como herramienta fundamental de su discurso el pasado de barbarie de la organización terrorista, forzada a extinguirse por un Gobierno del Partido Socialista, debería hacer recapacitar a quienes pretenden desgastar al Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos a toda costa. Pero no creo que reparen en que apelar a ese pasado de muerte o culpabilizar al Gobierno de las muertes de la pandemia es, además de ignominioso, una prueba fehaciente de su paupérrimo discurso.

No tenemos noticia de que los partidos de la oposición conservadora, en el Reino Unido, Alemania o Italia -víctimas los tres países de la violencia terrorista en un pasado más o menos distante-, hayan hecho suyos a los muertos o a los familiares de las víctimas del terrorismo con objeto de atacar al Gobierno de la nación. Al menos, jamás he escuchado que a Garry Adams y a los integrantes del Sinn Fein -como leí recientemente- se les llamara terroristas en la sede parlamentaria, una vez desaparecido el IRA, cuyo balance de víctimas durante su actividad armada fue casi cuatro veces superior al de ETA.

Se entiende, por condenable que sea, una estrategia política tan sucia, airada y gerracivilista en esa extrema derecha rediviva que purgamos, pues forma parte de su gestación e historia, pero resulta deplorable, despreciable y bochornosa en la derecha, sobre todo cuando esa instrumentación no es nueva y cuenta  como precedente con aquella mefítica conspiranoia que siguió a la masacre terrorista del 11-M, de la que nunca se disculpó su cabecilla, y ocupó buena parte de la primera legislatura bajo la presidencia de Zapatero

Tanto entonces como ahora, la derecha española está dando continuadas pruebas de su mal perder democrático, algo sumamente grave y lesivo para el ejercicio de la voz y el voto si se repara en las consecuencias que esa misma y cerril actitud tuvo hace algo más de ocho décadas, de las que la tierra que habitamos sigue teniendo memoria enterrada. Entre ella, la de los abogados de la calle de Atocha, uno de cuyos asesinos acaba de recobrar la libertad la víspera del 20 de noviembre, con diez años menos de los que debía cumplir de condena.

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