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Opinión

Los primeros Presupuestos “en coalición”

Está costando mucho que nos acostumbremos a ser gobernados por un Ejecutivo de coalición. Casi diez meses ya, y seguimos como el primer día: quienes están contentos con que por fin pudiera conformarse un gobierno así desde que se restauró la democracia en España se asustan a las primeras de cambio por si dura poco, y quienes se mueren por acabar con él se frotan las manos cada vez que detectan discrepancias, desautorizaciones o malentendidos.

Pero vamos a ver, ¿no piensan distinto, no se presentaron con programas distintos, no representan dos sensibilidades diferentes, dos maneras distintas de entender la vida? Entonces ¿qué queremos, que Pedro y Pablo se estén morreando todo el día?

¿Que cuesta mucho llegar a acuerdos, que tensan la cuerda hasta el último minuto? ¿Y dónde está el problema? A un Gobierno de coalición lo define la discrepancia, pero también la voluntad de entenderse que se le supone a las partes que lo conforman. En el caso de los Presupuestos, era clave para Podemos que al final llegara la fumata bianca. Las cosas cruciales cuesta trabajo sacarlas adelante.  En otros países de Europa, donde conviven cuatro y hasta cinco sensibilidades políticas diferentes en un mismo ejecutivo, esto lo saben muy bien. Y nadie se rasga las vestiduras cuando un desencuentro se hace público o algo se atasca y la solución tarda en llegar más de lo deseable.

En los Presupuestos había dos asuntos que no eran menores: bajar el precio de los alquileres y conseguir que la burocracia no impida por más tiempo que un derecho social histórico como el Ingreso Mínimo Vital llegue de una vez a quienes lo están necesitando con urgencia.

Eso de que “las cosas de palacio van despacio” se tiene que acabar, y la presencia de Podemos en el Gobierno ha de ser garantía de que se va a pelear hasta conseguir acabar con viejas inercias. Y el PSOE es un partido heredero de demasiadas inercias. En sus filas hay algunos que tienen más interés en librarse de ellas que otros. Y por eso siguen torpedeando iniciativas, o renqueando a la hora de poner en práctica asuntos que nunca abordarían si no tuvieran a su lado el empuje del partido con el que cogobiernan.

A veces no se trata solo de renquear, sino que los intereses de uno y otro hacen que ese empuje vaya en direcciones diferentes. Tras las discusiones, cuando hay realmente voluntad de entenderse, los resultados al final son siempre mejores que si gobierna un partido en solitario y sabe que puede hacer de su capa un sayo cada vez que le venga en gana.

¿Acaso habrían salido adelante acuerdos como la prohibición de despedir por baja, o la subida del Salario Mínimo, que ya parece que lleva toda la vida en 950 euros, o las auditorías a empresas que explotan a sus trabajadores si los socialistas estuvieran gobernando en solitario?

¿Acaso una decisión como la regulación de los alquileres aparecería reflejada en los Presupuestos? ¿Cuánto tiempo llevamos hablando de evitar los abusos en las rentas, algo que ya se ha legislado en París, Viena o Berlín y que, para más inri, aparece en el artículo 47 de la Constitución?: “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación”.

Parece claro que llegar a acuerdos en un Gobierno de coalición es una buena manera de avanzar, y eso es algo a lo que en este país no estábamos acostumbrados. Como mucho, a ceder hasta conseguir votos en una investidura para luego, una vez en el poder, hacer lo que les daba la gana.

Tampoco es lo mismo una coalición en el Gobierno del Estado que en una autonomía o en un ayuntamiento, la trascendencia y la envergadura no tienen comparación. Por eso están de los nervios quienes celebrarían con cava que PSOE y Podemos dejaran de entenderse en el Gobierno y les costara trabajo colegiar decisiones, sobre todo quienes se oponen a subir los impuestos a los más ricos, aunque en asuntos de fiscalidad quede todavía mucha tela que cortar.

La gran reforma fiscal que necesita este país para situarse a la altura de los países europeos de nuestro entorno está aún pendiente, pero ya se ha dado el primer paso. ¿Insuficiente? Por supuesto, pero no tendríamos ni eso si no fuera porque existe un Gobierno de coalición cuyo funcionamiento parece que aún no acabamos de entender del todo.

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