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Opinión

Mataderos, carne y lucha de clases

«Un día, había un cerdo vivo en una jaula. No había hecho nada malo, ni siquiera se movía. Sencillamente, estaba vivo. Cogí un trozo de tubería de un metro, y, literalmente, lo maté a golpes. No pudo quedar un centímetro de hueso sólido en el cráneo. Empecé a golpearle y fue como si no pudiera parar. Y cuando al fin me detuve, tras haberme deshecho de toda esa energía y frustración, sólo podía pensar en qué demonios había hecho». Otro trabajador nos cuenta que:

«Lo peor, mucho peor que el peligro físico, es el peaje emocional. Si trabajas en la zona de sacrificio durante un tiempo, desarrollas una actitud que te permite matar sin sentir nada al respecto. Miras a los ojos de un cerdo que está caminando ahí abajo, en la zona de desangre y piensas: ¡Dios mío, ese animal no es nada feo! Y tienes ganas de acariciarlo. A veces, los cerdos se me acercan y me golpean con el morro, como los cachorros. Y dos minutos después tengo que matarlos. Tengo que golpearlos con un garrote hasta que mueren. No puedo sentir nada por ellos».*

Pero además del peaje emocional, el peligro físico y la siniestralidad laboral es una realidad dolorosa y permanente en los mataderos, de hecho está considerado el trabajo industrial más peligroso de EE.UU (por encima de la minería o la siderometalurgia). Tras sus altos y protegidos muros, un matadero no es más es un entramado enorme de cuchillas, trituradoras, sierras y prensas donde la clase obrera más precaria y desesperada, se deja (además de un incalculable daño emocional y psicológico) un montón de dedos, brazos y piernas. Y en demasiadas ocasiones la misma vida. Luego está lo que respiran y el contacto con sustancias tóxicas mientras limpian, empaquetan o envuelven: amoníaco, dióxido de carbono, policloruro de vinilo, etc, que a corto plazo producen irritaciones y a largo lesiones severas en las vías respiratorias.

El trabajador del matadero es machacado en tres direcciones o sentidos: por un lado está el desgaste emocional que supone pasarse 8 horas diarias matando seres vivos, mamíferos que quieren vivir y lloran cuando son separados de sus crías. Por otro lado está el riesgo laboral puramente físico en un entorno lleno de sierras, cuchillas y cintas transportadoras. En última instancia está lo que respiran y la infinidad de productos tóxicos con los que tiene contacto. Cabría pensar que un trabajo con tantos riesgos y desgaste estará bien remunerado pero qué va, ocurre todo lo contrario. Los sueldos en los mataderos son absolutamente ridículos, se trata de la clase obrera más empobrecida, lo más bajo de lo bajo, el último eslabón de la gran industria, un agujero negro en el que los derechos laborales brillan por su ausencia y los abusos de toda índole son moneda de cambio. Tanto es así que, en 2005 y por primera vez en la historia, Human Rights Watch (poco sospechosos de bolcheviques y veganos) emitió un informe en el que se denunciaba a un único sector industrial de EE.UU, la industria cárnica, por sus condiciones laborales tan terribles y abusivas, es decir, el trabajo en los mataderos es un trabajo que viola los Derechos Humanos en sí mismo.

Y llegaron a la conclusión porque muchos de estos trabajadores sufren secuelas psicológicas permanentes y desarrollan patologías como el alcoholismo, la drogadicción, depresión, ansiedad… en un número exponencialmente superior a cualquier otro campo laboral. Así, otro trabajador nos recuerda que: «la mayoría de aturdidores (los que matan a golpes) han sido arrestados por agresión. Muchos tienen problemas con el alcohol. Tienen que beber, no tienen otra manera de afrontar el tener que matar a animales vivos durante todo el día. Beben y se drogan para olvidar. Algunos acaban maltratando a sus parejas porque son incapaces de gestionar esas emociones. Salen del trabajo y se van directos al bar, para olvidar. En cuanto se pasa la borrachera, las emociones siguen ahí».

Foto extraídas del documental "Tras los muros" de Aitor Gamendia.

Cabría pensar que una clase obrera tan machacada y precarizada, contaría con el apoyo de sindicatos, colectivos sociales y en general con el apoyo y la cobertura de toda la izquierda transformadora de la misma forma que ocurre con otros colectivos vulnerables o especialmente machacados. Pero no ocurre, los trabajadores de los mataderos sencillamente no existen ni tienen sitio en la agenda laboral y progresista, en muchas ocasiones se trata de migrantes que ni siquiera hablan el idioma. La tasa de temporalidad es inusualmente alta (nadie dura mucho matando seres vivos 8 horas al día), lo que dificulta la sindicación. ¿Dónde están los comunistas, siempre dispuestos a denunciar paupérrimas condiciones laborales y brindar su apoyo y solidaridad a los colectivos laborales más castigados? En el mejor de los casos guardan silencio como todo el mundo, la mayoría de las veces están subiendo fotos de una barbacoa en la cuenta de Twitter de algún vegano.

Los trabajadores de los mataderos no existen porque denunciar sus condiciones laborales y económicas nos coloca frente al espejo. Y no nos gusta lo que vemos en él. A nadie le gusta sentirse cómplice de la barbarie, por eso tiramos de chascarrillo; si estuvieras en una isla desierta qué, tus ancestros de Altamira comían carne, mira qué barbacoa, el posmo, mis padres son hermanos. Y desde luego, preferimos pensar que la carne llega troceada y empaquetada por arte de magia a las estanterías de nuestro supermercado, obviando un proceso criminal que machaca a miles de trabajadores, asesina a millones de seres vivos y esquilma los recursos del planeta en pleno Apocalipsis climático, especialmente el agua.

Y preferimos hacer como que no existen los desiertos alimenticios; áreas urbanas, generalmente en los barrios más desfavorecidos de EE.UU (podrás identificarlos por el color de piel de sus habitantes), en donde los residentes tienen un acceso restringido a productos frescos y saludables, especialmente frutas y verduras. Barrios pobres en donde predominan mayoritariamente las tiendas que venden productos procesados cargados de grasas y azúcar (además de los McDonalds, KFC y otras cadenas de comida basura). Tanto es así que una ONG de justicia alimentaria organizó una acción en distintos institutos y colegios  en estas áreas que se limitaba, sencillamente, a enseñar productos frescos a los niños de estos barrios y zonas: no eran capaces de reconocerlos. Un calabacín, una berenjena, un pepino.. Nunca lo habían visto, no sabían de qué se trataba y miraban el producto como si fuera una especia alienígena de otro planeta. ¿No clama al cielo y es dramático que haya barrios obreros en donde los niños jamás han visto fruta y verdura fresca?

Foto extraídas del documental "Tras los muros" de Aitor Gamendia.

Pero a la izquierda transformadora parece importarle poco que existan barrios obreros donde los niños no han visto un calabacín en su vida; anda preocupada porque a los hijos de la clase obrera no les falte leche. «Toda la vida la izquierda pidiendo leche para los hijos de la clase obrera» bramaba un usuario en Twitter. Como suena. En 2020. Leche para los niños. Si es en polvo mejor, que suena más proletario.

Alguien que se diga de izquierdas no puede obviar cómo las corporaciones cárnicas –multinacionales depredadoras que devastan el entorno y a comunidades enteras– están destrozando a sus trabajadores, destrozando el planeta y poniéndonos en riesgo con las sucesivas pandemias (gripe aviar, vacas locas, peste porcina, Covid19…) Un conglomerado empresarial que, en nuestras narices, a mano armada y a plena la luz del día, nos está robando el planeta entero y condenando a muerte: ningún militante de izquierdas puede defender esa barbarie, obviarla o ridiculizar a quien pretende colocarla en la agenda.

Es una guerra de clases, es la expresión más desgarradora de la lucha de clases ahora mismo: unos pocos privilegiados arrastrándonos al desastre (ecológico, climático, social, sanitario…) a la gran mayoría. Un desastre que, en demasiadas ocasiones, cuenta con la vergonzosa complicidad de muchos izquierdistas que defienden ese modelo de consumo y por tanto a esa industria criminal. Izquierdistas trasnochados que todavía piensan que el consumo desaforado de carne es un privilegio de clase propio de la gente acomodada. Sucede justo al contrario: la carne de baja calidad y los alimentos procesados con carne se han convertido en el día a día de la clase trabajadora mientras que la burguesía depredadora acapara para sí los productos frescos y saludables. Y por eso mismo la esperanza de vida en Pedralbes es casi 10 años superior a Nou Barris, por no hablar del número de enfermedades cardiovasculares o diabetes. Pero se pide leche para los hijos de la clase obrera, es decir, grasa (el calcio se encuentra en infinidad de legumbres y hortalizas verdes).

Yo no quiero esas migajas de ese pasado de mierda, quiero verdura fresca, legumbres y fruta para los hijos de la clase obrera, no puta leche materna de una especie que ni siquiera es la nuestra. Me niego en rotundo a que los ricos sigan acaparando una alimentación sana y equilibrada mientras los hijos de la clase trabajadora engordan como vacas a base de productos procesados y ultracongelados. Me indigna que los supermercados ‘bio’ y los productos ecofriendly’ o ‘veggie’ sean un privilegio para cuatro pijos de Malasaña. Y porque soy comunista, quiero que todo lo bueno (lo saludable en este caso) sea extensible a todos y no el privilegio de una minoría. El problema es que alguno todavía piensa que es más saludable para un niño un vaso de leche y un bocata de lomo con queso que una pieza de fruta y unas lentejas con verduras. En lugar de indignarte tanto la historia de la vaca Emily, debería indignarte más la tasa de obesidad infantil en los barrios obreros y las familias trabajadoras. Pero algo tan fundamental como la alimentación debe ser otra ‘lucha parcial’ que desvía a la clase obrera de sus sagrados objetivos (como el antirracismo, los derechos de la comunidad LGTB, el ecologismo o cualquier cosa postmoderna que remita a diversidad y no a un señor con mono azul fumando Ducados).

Pero en realidad es todo mucho más sencillo: cuando Pascual Serrano está pidiendo leche para los niños de la clase obrera, en realidad está reivindicando su derecho a comerse un chuletón con los amigotes en el asador. No quiere saber de las condiciones materiales y laborales de la clase obrera en esos agujeros negros que son los mataderos. No quiere saber de dónde viene ese pedazo de carne. No quiere saber del cambio climático. No quiere saber de las luchas de comunidades que están siendo literalmente exterminadas y expulsadas de sus territorios. No quiere saberse cómplice. En definitiva, no quiere mirarse en el espejo. No quiere asumir que cualquier proyecto transformador y emancipador para las clases populares en un planeta limitado en recursos, pasa por reducir un demencial consumo de carne que, a todas luces y desde cualquier perspectiva anticapitalista, no es sostenible. Ni materialmente posible. Ni ético.

Honor y gloria a la vaca Emily.

*Las declaraciones de los trabajadores están extraídas de POR QUÉ AMAMOS A LOS PERROS, NOS COMEMOS A LOS CERDOS Y NOS VESTI MOS CON LAS VACAS: UNA INTRODUCCION AL CARNISMO, de Melanie Joy.

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