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Opinión

Menem: Otras notas para su biografía

Alguien anota con ironía: “Menem murió el día de los enamorados; él, que entregó al pueblo argentino a una relación íntima sin consentimiento en lo que llamó relaciones carnales’”. No es este último acto el que me lleva a hacer asociaciones. La privatización de Entel se la confió a María Julia Alsogaray, cultora del antiperonismo y del “libre juego del mercado” como Álvaro, su padre; la “paternidad del modelo” -o sea, la segunda imposición del neoliberalismo- la compartió con Cavallo, el que durante la dictadura estatizó la deuda externa privada; el indulto a los genocidas condenados lo puso en funcionamiento a horas del Día de los Inocentes. La demolición de la soberanía política, la independencia económica y la justicia social –el ABC del peronismo–, la perpetró ostentando una larga pertenencia al peronismo, en cuyo nombre llegó al gobierno... La lista es interminable; cientos de compañeras y compañeros militantes y dignos trabajadores de prensa la están difundiendo para que a Menem no lo cubra la impunidad de la memoria, ya que cuenta con la del Poder Judicial. La muerte podrá “devenir abstracto” un proceso penal, pero no borra las biografías ni las afinca en dos o tres fechas a gusto del quien hace la necrológica.

En esta construcción colectiva del historial de Carlos Menem, vuelvo a una de sus aberrantes decisiones políticas: los indultos. Antes de que las noticias falsas se llamaran fakenews, aquel 7 de octubre de 1989 el Presidente les anunció a los periodistas presentes en Aeroparque que a fin de mes iba resolver sobre posibles indultos a los militares acusados por crímenes cometidos durante la dictadura. Apenas dos horas más tarde, cuando aterrizó en La Rioja dijo que ya los había firmado. Los decretos están fechados el 6 de octubre. En diciembre de 1990 lanzó la segunda tanda. Así coronó el camino de impunidad para los genocidas abierto por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida del gobierno de Alfonsín.

Anoto ahora varias dimensiones de los decretos del 89 (algunas extensivas a los de 1990):

-Los destinatarios del indulto (extinción de la pena) estaban procesados, no condenados; entonces,
¿qué pena extinguía la decisión presidencial, si aún no había condena? Inconstitucional desde su origen, entonces. Poco que ver con el respeto al sistema democrático este acto de Menem, pese a que los supremos cortesanos de entonces lo validaron como constitucional.

-Cuatro decretos abarcan dos bloques de destinatarios absolutamente contrapuestos:

El primero lo integran genocidas de la dictadura (1002); integrantes de la junta de Comandantes durante la guerra de Malvinas (1004), y militares que habían participado en las rebeliones contra el  gobierno de Alfonsín (Semana Santa de 1987, Monte Caseros y Villa Martelli en 1988, decreto1005). En síntesis: genocidas que ni siquiera habían podido zafar del juicio por las leyes alfonsinistas; jefes militares que echaron mano de la justa reivindicación histórica por la soberanía sobre las Islas Malvinas para perpetuarse en el poder y son responsables de la muerte y las mutilaciones sufridas por miles de jóvenes; militares que se rebelaron contra un gobierno constitucional para obtener impunidad.

El segundo –decreto 1003–, incluía a militantes de organizaciones populares que enfrentaron a la dictadura; y no por descuido sumó a cuatro represores uruguayos que actuaron a ambos lados del Río de la Plata. Este decreto tiene un plus, un diferencial para condenar a su máximo responsable político, Menem. Y es que para ese octubre de 1989 los militantes populares Ana Dora Wiesen, Graciela Alberti, Santiago Murphy, Jesús María Luján, Ricardo Soria, Norberto Gómez, Alicia Portomeñe, María Alicia Morcillo, Hermann Von Schmeling, Guillermo Khun, Gustavo Grigera, María Antonia Berger –entre otros– estaban desaparecidos y asesinados por la dictadura. En 1985 los ex comandantes habían sido condenados por algunos de esos hechos.

Ni desprolijidad ni error de quienes confeccionaron las listas de militantes “indultables”. Otro punto para entender los objetivos de la política de impunidad. Se trataba de darle un rango más institucional aun a la teoría de los dos demonios, en refuerzo de los decretos 157 y 158 de diciembre de 1983 con los que Alfonsín ordenó perseguir penalmente en primer término a integrantes de las organizaciones revolucionarias, y recién después (el orden no es inocente) a los miembros de las tres primeras Juntas dictatoriales. La insistencia por “juicio y castigo” sostenida por los organismos de derechos humanos y las organizaciones populares hizo que creciera la lista de genocidas imputados –pese a las leyes de impunidad–; la contrapartida estatal para “equilibrar la balanza” apostó a la multiplicación de causas penales que se fueron abriendo contra militantes “de los 70”. Que hubiera “demonios” en los dos platillos.

Así se llegó a esta decisión de un presidente que, entre otras cosas, había sido encarcelado por aquellos a los que ahora indultaba alegando que había que “pacificar” y “reconciliar” a la sociedad. Genocidas y sus socios civiles –empresarios, jueces, dueños de medios de comunicación, jerarcas eclesiásticos y sindicales traidores– recibían el mensaje: “tranquilos señores, los crímenes contra el pueblo se protegen con el paraguas de la impunidad”. Más aun: reiterar la equivalencia entre quienes secuestraron, torturaron, asesinaron, desaparecieron y se apropiaron de niños, y aquellos que fueron el blanco de secuestros, torturas, desapariciones y despojo de sus hijos.

A los militantes populares que vivimos la afrenta del indulto Menem quiso usarnos como moneda de cambio para beneficiar a los genocidas y reescribir a favor de ellos la historia. Por eso, además de mezclarnos con genocidas uruguayos, en la lista de militantes indultados hay sobrevivientes compañeras y compañeros desaparecidos y asesinados. “Una forma de hacer indultable, por lo tanto incriminable previamente, a una generación ... que desde tantas identidades políticas, luchadores por la liberación nacional y social, fue perseguida, torturada, asesinada, desaparecida, exiliada, por los aciertos que tuvo en su búsqueda, no por sus errores”, escribí en aquel octubre de 1989 en Página/12 bajo el título “Quiero decir que hay otra historia”. Y así está siendo: miles, millones, la vamos haciendo colectivamente, con memorias, con verdad, con justicia, con militancia y solidaridades incluso en las situaciones más difíciles, como hoy, cuando el neoliberalismo es tan letal para los pueblos como el coronavirus.

(En aquel octubre del 89 volví a “sentir la satisfacción de un acto de libertad”. Eso fue firmar mi rechazo al indulto por razones éticas, políticas y jurídicas ante los jueces y la Corte Suprema que me mantenían procesada. Me valió un nuevo exilio. Pero me di el gusto de decirle no a quien durante su gobierno llevó adelante infinidad de políticas que sumaron más sufrimiento y dolor a nuestro pueblo).

Graciela Daleo
Militante peronista indultada por Menem. Sobreviviente del CCD ESMA

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1 Comentario

1 Comentario

  1. ENRIQUE BORCEL CAPLAN

    19 de febrero de 2021 12:27 at 12:27

    Brillante descripción del menemismo, suerte que hemos sobrevivido. Para testimoniar no solo del menemismo, sino de la dictadura genocida. Un fuerte abrazo.

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