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Opinión

Menstruar o no menstruar, esa es la cuestión

Nos unen las opresiones del sistema y el enemigo común: el heteropatriarcado. Juntas somos poderosas, enfrentadas no somos nada

Voy a utilizar el término mujer, me reivindico como tal, junto a mi fiel compañera la “A” genérica y puñetera. Porque la mujer es el “sancta sanctorum” del feminismo, es el sujeto del feminismo. Es lo que nos une en la persecución y la desigualdad y lo que nos hace objetivo del sistema heteropatriarcal, ser mujer.

De igual manera, no voy a encajar en ese intento de sucia construcción social llamado "personas menstruantes", no soy tal cosa. Las mujeres no somos personas menstruantes, muchas no menstruamos, muchas no tenemos útero, algunas ni siquiera tenemos vagina y otras tantas tenemos la edad suficiente como para no menstruar o a nuestro cuerpo no le da la real gana de hacerlo. Hacía tiempo que no veía este nivel de misoginia para describir a una mujer, curiosamente muy parecido al término "gestantes" que se utiliza alrededor de los vientres de alquiler. Definición retorcida y cosificante que intenta destruir la esencia e identidad de la mujer. No, ni soy ni seré nunca una "persona menstruante" con mi sistema reproductivo y hormonal como único distingo. Soy una mujer.

Me resulta especialmente doloroso que estos ataques vengan por parte de ciertas personas del colectivo trans. Un colectivo que ha sufrido la persecución, la criminalización y la desigualdad, igual que el colectivo feminista. Y no, no voy a sacar la calculadora y voy a ponerme a cuantificar el dolor y el sufrimiento de cada colectivo en una delirante competición sobre quién ha cobrado más por parte del sistema. Me resultan dolorosos términos, insultos tales como TERF (Trans-Exclusionary Radical Feminist) o transfobia, utilizados como único argumento para atacar el movimiento feminista. Me resultan dolorosos los linchamientos agresivos a mujeres feministas que no han hecho otra cosa que reivindicar su identidad de mujer. Es curioso que se utilicen el insulto y el linchamiento público para destruir la identidad base del ideario feminista, para imponer una identidad concreta y diferente. Demencial.

Veo una extraña similitud en estos ataques tan viscerales y orquestados que ha sufrido el colectivo feminista a lo largo de estos últimos años, con otros tantos que calaron en las bases feministas. Prostitución, vientres de alquiler, mujeres racializadas y ahora transfobia. Todos estos debates, enriquecedores y propios de la evolución de la sociedad y del propio ideario feminista, en un momento concreto se vuelven contra nosotras y se convierten en una serpiente de dos cabezas, ambas totalmente irreconciliables. Dinamitando y boicoteando, radicalizando posturas y excluyendo, hablamos de un "mujer contra mujer" en el más negativo sentido de la frase. Una bronca de barra de bar en espacio público, que tuvo su clímax en sonoras y vergonzosas peleas a torta limpia ahora hace unos meses, donde la sororidad brilló por su ausencia. Vergüenza.

Estos ataques, queridas, son caballos de Troya perfectamente planificados para fraccionar y desactivar, si nuestra estupidez lo permite, el movimiento feminista.

Todo lo que se aparta del ideal judeocristiano, del sistema heteropatriarcal y del concepto irreal de hombre y mujer, todo lo que se aparta de las relaciones interpersonales sexuales o emocionales establecidas por ellos, está radicalmente en contra del ideario feminista. Por definición. Lo heteronormativo está radicalmente en contra del ideario feminista. Por lo tanto, todas las realidades tienen que ser bienvenidas en el movimiento feminista. Todas las mujeres tienen que ser bienvenidas en el movimiento feminista. Ninguna mujer sobra en la lucha feminista, con pene o sin él, con útero o sin él, con diferentes identidades sexuales, racializadas o no, radicales o moderadas.

No nos unen las diferencias físicas, queridas. Nos unen las opresiones del sistema y el enemigo común: el heteropatriarcado. Juntas somos poderosas, enfrentadas no somos nada.

¿Estamos idiotas, o qué?

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