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Opinión

Nada es verdad, todo está permitido: cuando amamos aquello a lo que se nos condena

Nada es verdad, todo está permitido: cuando amamos aquello a lo que se nos condena

Las masas tienen lo que desean. Por eso se aferran sin dudarlo a la ideología con las que se las esclaviza.
Th. W. Adorno

Era el cantautor Ismael Serrano el que daba la voz de alarma: «Oye, que es verdad eso de que no ver los realities de la tele no otorga superioridad moral. Pero, vamos, que verlos tampoco. Que esto de la resignificación y de la cultura popular se nos está yendo de las manos», en clara referencia al programa de Telecinco La Isla de las tentaciones, omnipresente.

Que este tipo de realities arrasen con la parrilla, se vean de forma masiva y se comenten en redes como si se fuera a acabar el mundo no es noticia, ha ocurrido siempre y tiene poco de novedoso. El punto de inflexión llega cuando parte de la izquierda se empeña en gritarle al mundo lo mucho que disfruta viendo y comentando los devenires y tribulaciones de una jauría de analfabetos emocionales de cuerpo normativo en un programa cuya mecánica y funcionamiento está basado en los celos, el machismo más rancio y el amor romántico más tóxico. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué reputados militantes de la izquierda o feministas de pedigrí fomentan programas que, a todas luces, pueden resultar nocivos para nuestros jóvenes y de alguna manera promueven o normalizan comportamientos que limitan con la posesión más nociva o incluso el maltrato? Por la mañana anunciamos el curso de nuevas masculinidades y por la noche gritamos Estefaniaaaaaa.

Por la mañana anunciamos el curso de nuevas masculinidades y por la noche gritamos Estefaniaaaaaa.

Pero sobre todo: ¿por qué hemos pasado de un elitismo abyecto que despreciaba cualquier tipo de manifestación popular o masiva, a un ansia por comunicar al mundo que nuestros gustos son comunes y propios de cualquier hijo de vecino? ¿Por qué esa necesidad de sentirse integrado en la mayoría? Bueno, en realidad es por la misma razón por la que artistas urbanos que provienen de una familia de clase media, ponen acento de barrio en las canciones o las entrevistas; por la misma razón que Gucci, una marca de lujo, vende riñoneras a 900 euros. El fenómeno es perverso, complicado y con muchas aristas, pero tiene mucho de impostado y de mucha búsqueda de legitimidad proletaria. Y mucho paternalismo.

En los últimos tiempos hemos asistido a un espectáculo que va del esperpento a lo abiertamente embarazoso: izquierdistas de renombre ávidos por legitimarse en ese significante vacío (sic) que podríamos llamar ‘pueblo’ o gente común. Un atronador, estridente y perpetuo «¡miradme todos, soy pueblo!», a todas horas y en todos los canales y dispositivos. ¿Y por qué soy pueblo? Es bien sencillo: porque escucho reguetón, adoro a Jorge Javier Vázquez y no me pierdo un capítulo de La isla de las tentaciones. El razonamiento, aunque endeble, paternalista y tramposo, parece funcionar más de lo que pudiéramos imaginar. Así y bajo esta óptica trucada, la pertenencia a una clase social u otra ya no depende tanto de la relación con la propiedad de los medios de producción sino de los gustos culturales. Se parte de una premisa errónea: pensar que la clase trabajadora es homogénea cuando en la actualidad y dadas las transformaciones que vienen produciéndose en el mundo del trabajo desde los años 70, no existe un colectivo más diverso, heterogéneo y variopinto que la clase destinada a asaltar los cielos.

El pistoletazo de salida se inicia con la publicación de Chavs, la demonización de la clase obrera, de Owen Jones. En muchas ocasiones se hizo una lectura errónea e interesada del libro. A saber: no criminalizar a la clase obrera pasa por fomentar y normalizar su embrutecimiento y su versión más nociva y estereotipada y por ello acuso de clasista a cualquiera que opine que Fast & Furious 9 es una mierda como un castillo. O a cualquiera que diga que Torrente de Santiago Segura es nauseabunda (como ocurrió cuando la Plataforma Filmin decidió subir toda la saga). Tienes que tener una casa con mucho jardín y una piscina muy grande para pensar que por pertenecer a la clase trabajadora tienen que gustarte este tipo de bazofias.

La ola siguió creciendo en la sección cultural de El Confidencial a través de las delirantes loas, crónicas y reportajes de Víctor Lenore a artistas como Camela o Maluma: una inagotable búsqueda de legitimidad proletaria, una redención que parece que nunca llega y una purga de pecados hipsters (la furia del converso en todo su esplendor) que nunca es suficiente. Y sí, Camela y sus manifestaciones contra el aborto encaja bien en ese perfil de reaccionario de izquierdas capillita.

La ola parece haber alcanzado su clímax con ¡Me cago en Godard!, del bueno de Pedro Vallín, un alegato en favor de Hollywood y el liberalismo norteamericano y contra el cine de autor europeo y lo que él considera el «marxismo cultural» (cuando las masas iracundas lo ajusticien en la Plaza La Chinoise, confesará por qué utilizó un término propio de los incels y la alt right). Leyendo algunos pasajes del libro, pudiera parecer que vivimos bajo la tiranía de la versión original subtitulada y el cine polaco de autor pero no sé, la última vez que estuve en un cine y hasta donde yo sé, los blocksbusters más comerciales monopolizaban todas y cada una de las microsalas de proyección. Sin olvidar los sendos linchamientos que tanto Martin Scorsese como Alan Moore han recibido por atreverse a cuestionar el cine de superhérores (que viene a ser como suicidarse en vivo y en directo). A ver si va a ser que el cine de autor es minoritario, como siempre.

Pese a tratarse de tres fenómenos editoriales absolutamente dispares entre sí y de corrientes políticas enfrentadas, cada uno y a su manera, explican estas llamadas constantes al goce de lo masivo, a recocijarse en lo mediocre y el petardeo (cuanto más mejor), al gusto por sentirse parte de un todo que en realidad es mucho más heterogéneo de lo que a algunos les gustaría. Alguien en alguna parte entendió (y muchos le siguieron) que un producto cultural si es masivo es porque es bueno, confundiendo lo popular con lo masivo sin tener en cuenta el contexto histórico, los procesos económicos, la posición (de clase, raza o género) desde dónde se lanza o ejecuta ese producto y, en definitiva, todas esas cosas que nos gusta tener en cuenta a los «marxistas culturales» (sic). Tenemos que entender de una maldita vez que la cultura popular es una cena de sobaquillo, unas señoras con sus sillas a la fresca en la calle o un concierto o una obra de teatro en un CSO de barrio. Y no, La Isla de las tentaciones no es cultura popular por muy masivo que sea: se trata de un producto manufacturado por una multinacional en el que los hijos más embrutecidos de la clase trabajadora (ya es casualidad que nunca sean hijos de catedráticos) sirven de entretenimiento al resto de televidentes, carnaza que sirve para hacer escarnio y mofa. En realidad la jugada es maestra y para quitarse el sombrero; muestran la versión más estereotipada y embrutecida de nuestra clase y nosotras se lo agradecemos disparando la audiencia y, vía los anunciantes, llenándoles los bolsillos.

¿Por qué hay gente que piensa que escuchando determinados géneros musicales, un tipo de realitie concreto o visionando películas de superhéroes subiremos puntos en el carnet de proletario? Porque se parte de un prejuicio y una premisa falsa: pensar que la gente de abajo está abocada a consumir productos de una calidad cuestionable. La lectura y praxis política que de ello se deriva es, además de ineficiente, terrorífica.

Política y disfraces

Cuando se piensa que determinado grupo social responde de forma unilateral a una serie de gustos y estereotipos, se acaba pensando por él, decidiendo por él. Así, en la versión rancia y conservadora tenemos a Lenore o Esteban Hernández creyendo que defendiendo a la familia, controlando la inmigración y venerando a la Iglesia Católica, venceremos. Es decir, si la derecha gobierna en medio mundo apoyando esta serie de cuestiones, es bien sencillo: si las apoyamos nosotros, también conseguiremos gobernar. Y quizá tengan razón, pero ya no seríamos nosotros, seríamos otra cosa. Y por mucho que la derecha arrase en medio mundo no voy a apoyar a la familia tradicional cuando ahora hay otro tipo de familias (monoparentales, del mismo sexo, etc) que lo tienen mucho más difícil. Tampoco voy a apoyar a una institución que ya no sabe dónde meter los casos de pedofilia por mucho que en la Semana Santa sevillana no quepa un alfiler. Ni desde luego pienso abrazar un discurso xenófobo contra los menores no acompañados porque en la redacción de El Confidencial, unos señores alopécicos piensen, desde sus tribunas con olor a cerrado y Brumel, que la clase obrera vota a Vox y asume su discurso racista.

Luego está la versión progresista del mismo problema: el errejonismo representa a la perfección ese «si somos como ellos, venceremos». Es una versión más sofisticada y menos rancia pero la solución es la misma: ponerse un disfraz. Nos encanta OT, como a vosotros (el pueblo): votadnos. OT es LGTBfiendly, como nosotros: votadnos. Que nos votéis, hostia. Clara Serra lo explica de manera cristalina en su muy interesante libro Leonas y Zorras: es lícito usar las armas y estrategias del enemigo, el poder está ahí, tómalo. Y aparca la moral. Y por ello tenemos que disputar toda una serie de significantes «vacíos» como la bandera, la patria y Los Javis y Almodóvar. Pero ocurre que ni la bandera ni Almodóvar están vacíos. Ni la gente es tan idiota, por eso suele preferir el original a la copia.

No obstante, volvamos a la pregunta del principio: ¿por qué hemos pasado de un elitismo abyecto que despreciaba cualquier tipo de manifestación popular o masiva, a un ansia por comunicar al mundo que nuestros gustos son comunes y propios de cualquier hijo de vecino? Por lo de siempre: por la derrota histórica que sufrimos a manos del neoliberalismo y la caída del socialismo realmente existente y todo lo que implicó: la ausencia de una alternativa, de un futuro posible. Cuando se está tan abajo y no existe el más mínimo viso de victoria se tiende por un lado, a buscar soluciones desesperadas, sea ponerse disfraces que nos quedan ridículos o sea asumir los presupuestos del enemigo. Por otro lado, tendemos a agarrarnos a cualquier clavo ardiendo y a pasarnos de frenada: si durante años la izquierda pecó de elitista y de presumir de unos gustos culturales elevados (era lo que nos diferenciaba de la derecha cerril) y abrazaba todo tipo de vanguardias artísticas y excentricidades, ahora tendemos a adoptar un antiintelectualismo propio de las JONS y a despreciar todo aquello que sea especialmente complejo o tenga más de una lectura: cuán dura y severa tiene que haber sido la derrota para pasar de Guy Debord y la sociedad del espectáculo a encumbrar La Isla de las tentaciones. Yo lo que creo es que y si se me permite la equidistancia, entre el situacionismo francés (en muchas ocasiones inútil e incomprensible) y el petardeo más mediocre y embrutecedor, existe una escala de grises maravillosa.

Las migajas

La derrota es tan severa que, en última instancia, tendemos a normalizar y romantizar aquello que, por desgracia y por culpa de un sistema injusto, es propio de nuestra clase. Así, romantizamos Benidorm porque es el lugar en el que los nuestros pueden permitirse unas vacaciones. Y que los Cayetanos se mofen de Benidorm y sea un hábito o costumbre propia de nuestra clase no es motivo para engañarnos a nosotros mismos y romantizarlo. Mucho menos para pedir que sea Patrimonio de la Humanidad. Benidorm es una aberración urbanística fruto de más de 50 años de pelotazos a manos de la derecha, una agresión medioambiental y, quizá lo más sangrante, una colonia británica que depende únicamente del turismo de masas, lo que produce que sea una de las ciudades más pobres de España. Cuando los ricos se mofan de Benidorm no se ríen de nuestro mal gusto, se ríen de nuestra pobreza. Algo parecido ocurre con la ortografía.

Apareció un artículo en La Marea diciendo que bueno, tener faltas de ortografía no es tan malo, es algo propio de los pobres y no hay que criticarlo: «Un respeto a las faltas de ortografía», clamaba el texto. La derecha siempre se encargó de alejar los libros y la cultura de las clases más bajas, consciente de que la formación abría la puerta de la emancipación. De ahí que surgieron todos esos ateneos republicanos o libertarios en donde se formaba a los obreros, esas universidades obreras – como la de París– en la que se explicaba el mundo a los más desfavorecidos que lo hacen funcionar. Un esfuerzo titánico por avanzar, por pensar un futuro posible, por dotarse de las herramientas intelectuales necesarias para no ser un esclavo. Hoy parece que abrazamos con jolgorio y memes esa esclavitud. Y por ese miedo al conocimiento que anidaba en la derecha, esos centros de estudio fueron perseguidos y represaliados salvajemente: ve a la taberna no a la universidad obrera, era el mensaje. Hoy defendemos la taberna, sea en forma de realitie o sea pidiendo respeto para las faltas de ortografía (seguro que en este texto hay más de una pero no es motivo de respeto, de verdad). O romantizando Zara y los centros comerciales «porque es lo más parecido a la belleza que tenemos cerca». Claro, busquemos cobijo y redención en nuestro propio lodo lleno de estiércol y orines: romanticemos Benidorm, las faltas de ortografía y los centros comerciales. Nada más condescendiente que defender aquello a lo que se nos condena. O en otras palabras: asumamos la derrota y barnicemos con purpurina todo ese montón de migajas y sobras que nos tienen reservado. Y si a alguno de los nuestros se le ocurre decir o denunciar que estamos comiendo mierda, lo señalamos con el dedo y lo acusamos de superioridad moral.

El síndrome de Estocolmo

El libro País nómada de Jessica Bruder (Capitán swing) es espeluznante. La autora se adentra en el fenómeno de los temporeros estadounidenses que van recorriendo el país en busca de trabajo. Ahogados por las deudas o una pensión mínima que no da para pagar el alquiler de un piso, deciden salir a la carretera en sus ‘casas’ rodantes: vehículos recreativos, remolques y furgonetas en donde viven (no pienses en una autocaravana de lujo sino más bien en un zulo). En realidad no son mendigos o gente que vive en la calle derrotada por el alcohol o las drogas, es gente que trabaja (algunos tienen hasta dos trabajos), que tiene correo electrónico, redes sociales, familiares... No se trata de marginados, es solo que el alquiler subió mucho más que sus sueldos o pensiones de jubilación: son workampers (siempre tenemos un palabro raro para suavizar la miseria). Hay un pasaje especialmente llamativo: uno de estos temporeros cuenta cuando, desahuciado y ahogado por las deudas, tiene que pasar la primera noche en su furgoneta, se pasa la noche llorando. Pero poco a poco y con el paso de los días y a base de ingenio y mucha maña, la va tuneando y haciendo cada vez más habitable: instala una cocina, una cama, otra batería para poder tener corriente y una nevera, etc. Lo que da de sí una furgoneta destartalada madre mía. Luego descubre que como no es el único sino que existen miles de estadounidenses que tienen que vivir en casas de cuatro ruedas por culpa de unos sueldos de miseria, crea una página web y un foro en el que anuncian las mejores rutas, los mejores campamentos para establecerse (hay fragmentos que recuerdan Las uvas de la ira de Steinbeck), las gasolineras con ducha o los centros comerciales que no cierran su parking por las noches. Numeroso usuarios comparten ideas, trucos y experiencias en una comunidad que, por desgracia y a nadie parece importarle, suma cada día más miembros y se normaliza. Y conforme el libro avanza empiezan los sudores fríos.

Al final vivir en una casa con ruedas sin ducha ni agua corriente es un canto a la libertad.

Conforme el libro avanza se pone encima de la mesa (del remolque, claro) que ser desahuciado o renunciar a vivir en un piso de alquiler quizá no es pobreza extrema sino un «estilo de vida alternativo». Así el individualismo y la libertad individual yankie se abren paso en un libro que, pese a que su intención es denunciar, no evita que muchos pasajes rocen lo indignante. No por la autora sino por los personajes que aparecen. Al final vivir en una casa con ruedas sin ducha ni agua corriente es un canto a la libertad, un estilo de vida alternativo y libre de ataduras. Y ya no eres un desahuciado sino un outsider, un rebelde que antepuso su libertad individual a una vida convencional. Al final no se trata de subvertir la situación, al final se trata de poner al mal tiempo, buena cara. De contentarnos y de normalizar e incluso romantizar (alguno se cree Peter Fonda en Easy Rider) aquello a lo que se nos condena. Yo no quiero ser creativo, ni alternativo. Yo quiero una puta casa.

Bajo la dictadura de la inmediatez y el pensamiento débil no existe la alienación. ¿Podemos hablar de alienación cuando se es consciente de ella y se abraza gustoso en un infinito síndrome de Estocolmo? Marx nos dijo que la conciencia de clase no brota en las cabezas como la hierba en el jardín, había que inculcarla desde un afuera. De ahí Lenin desarrolla la idea del partido de vanguardia, el partido de revolucionarios profesionales que, desde ese afuera consciente y no alienado, siembran la semilla revolucionaria. Hoy esta idea, la que consiguió la primera revolución proletaria prolongada en el tiempo sobre la faz de la tierra, suena absolutamente delirante. Y suena descabellada porque en plena hegemonía del relativismo y el exceso de información, es imposible dilucidar un afuera consciente y un interior alienado, es imposible distinguir la libertad de las carencias, es imposible separar lo auténtico del simulacro y es imposible distinguir la obra independiente de la fabricada en serie. No hay verdadero. No hay falso. No hay absolutamente nada. Y cuando nada es verdad, todo está permitido: Kurt Cobain y Burroughs nos acojan en su regazo y nos digan que todo va a salir bien porque, como decía Ismael Serrano al principio del artículo, se nos está yendo de las manos.

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