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Opinión

NARCOGAL

Las cartas boca arriba

Impedir la investigación de los GAL bloquea al mismo tiempo las averiguaciones sobre el terrorismo de Estado del gobierno de Felipe González, las indagaciones en torno al origen de la mafia policial y el conocimiento de las complicidades de los escuadrones de la muerte con el narcotráfico.

En el origen de todas estas redes criminales, los mercenarios convencieron a los narcos de que, por su absoluta impunidad en la guerra sucia contra ETA, eran sus mejores colaboradores para la circulación de la droga.

Policías sin escrúpulos, protegidos por el chantaje de ser los que más sabían sobre los secretos de Estado, armaron la complicidad de los GAL con los narcos que engendró a la policía clandestina de Villarejo.

Todo lo anterior son las conclusiones de Oriol Malló en El libro negro del BBVA. Asegura que la mafia policial es “el resultado de la impunidad concedida en las operaciones contra ETA desde mediados de los setenta, acentuada en la década posterior por la combinación de los fondos reservados, los mercenarios y la guerra sucia de los GAL”. Y añade que “la información privilegiada convirtió al clan policial mafioso en socios del poder a salvo de cualquier investigación”.

“Los comisarios sin freno -continúa Malló- añadieron a los encargos clandestinos del Estado la venta de sus servicios especiales a los que podían pagarlos”. En realidad, las cloacas de la mafia de Villarejo, con la imprescindible colaboración de periodistas tan ejemplares como Inda, “privatizaron los mecanismos de espionaje y chantaje que durante mucho tiempo permanecieron bajo el control directo del Ministerio del Interior y de la Presidencia del Gobierno”.

A lo denunciado por Malló hay que añadir lo que parece un intercambio de favores entre los GAL y el Cártel de Cali. La supuesta colaboración criminal en los sobornos que impidieron la extradición a Estados Unidos de los capos capturados en Madrid habría tenido como recompensa la acogida en Colombia al pistolero de los GAL que asesinó a Santiago Brouard.

No hay investigación porque los que pueden bloquearla temen sus resultados.

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