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Política

No disparen al periodista

Dignificaría mucho más la profesión el surgimiento de un movimiento antiperiodístico, que como hizo la antipsiquiatría en su campo, sirviese para cuestionar el rol de los periodistas en el sistema, que ese cierre de filas acrítico que en última instancia sólo revela los intereses políticos y económicos que hay detrás de eso que llaman "libertad de expresión"

“Uno de los grandes filtradores dentro del hampa policial era el comisario José Manuel Villarejo. Había sido una de las principales fuentes de El Mundo y facilitador de la mayor parte de nuestras exclusivas. [...] Una vez, mi periodista de investigación más rigurosa, vino a verme indignada porque desde la policía política del ministro Fernández se estaba ofreciendo a los medios un informe policial fabricado a la carta sobre la supuesta financiación de Podemos en el extranjero. «¿Pero existe ese informe?», preguntó la periodista. «Existirá», le dijeron.”

Este fragmento de El Director, el libro en el que David Jiménez relata su experiencia al frente del diario El Mundo, desmonta, desde la autoridad que da haber formado parte del establishment mediático, el comentario con el que Vicente Vallés infravaloraba hace unos días el papel de las cloacas del Estado. El que fuera director de uno de los periódicos más leídos de nuestro país lo deja claro: los poderes fácticos conspiraron y buscaron la complicidad de los medios de comunicación para acabar con Podemos.

La polémica se desató después de que el portavoz del grupo parlamentario de Unidas Podemos, Pablo Echenique, ironizara, con más o menos acierto, sobre la falta de rigurosidad del presentador de los informativos de Antena 3. ¿Puede un representante político cuestionar la profesionalidad de un periodista? Más allá de las críticas al lugar desde el que se enuncia una realidad indudable – la existencia de las cloacas del Estado y de una guerra sucia contra Podemos – , que además está siendo juzgada en los tribunales, el incidente revela una serie de cuestiones más de fondo de la labor periodística:

En primer lugar, desvela hasta qué punto se ha normalizado la mentira en algunos medios de comunicación y cómo un periodista puede ignorar o tergiversar hechos sin ninguna contrapartida. Periodistas que se presentan como "guardianes de la verdad", en realidad son sólo guardianes de los intereses del dueño de la imprenta.

Como señala Pablo Elorduy, periodista de El Salto, para LUH, "Vallés es empleado de Atresmedia, el principal grupo audiovisual en cuanto a influencia política. Al relativizar o negar la existencia de las 'cloacas', Vallés defiende el statu quo del sistema de medios de comunicación que hay en España: las filtraciones y la organización de dossieres para derribar objetivos políticos están asociadas a la historia de esos grupos de comunicación. Por el contrario, la persecución de la verdad sobre a qué obedecen esas filtraciones o esa estrategia de intoxicación mediática apenas tiene eco e interesa en los medios. Es un juego trucado, en el que determinadas cabeceras o medios no se ven obligados nunca a responder por la publicación de noticias falsas."

Aunque una de las bases de la democracia es el derecho ciudadano a una información veraz y de calidad, Hibai Arbide, periodista de Muzungu, parafrasea a Eskorbuto para definir los intereses que priman en algunos formatos informativos: "La mentira es la que manda, la que causa sensación". "Es exactamente así. La actualidad es una mercancía; un espectáculo", añade.

En segundo lugar, la polémica pone sobre la mesa una cuestión fundamental: la propiedad de los medios de comunicación. Tal y como publicaba recientemente LUH, cuatro consejos de administración controlan el 80% de las audiencias de radio y televisión en España. Esto no sólo convierte la información en un negocio muy alejado de lo que debería ser un servicio público, sino que tiene como resultado que no se informe sobre lo que es importante para el pueblo, sino para los poderes fácticos.

En este sentido, Hibai Arbide, cuyo trabajo consiste en poner el foco en las historias invisibilizadas en los grandes medios y que por ello no ha seguido la polémica con mucha atención, considera que la primacía de la rentabilidad económica hace que "pocas veces se apueste por temas o formatos fuera de lo que se considera mainstream". "Los propietarios de los medios imponen su agenda política. A menudo, intereses comerciales y agenda política están unidas, pero no siempre. A veces toman decisiones que no necesariamente reportan beneficios económicos", añade. Es por eso que la mayor defensa del periodismo pasa necesariamente por denunciar el secuestro de los medios de comunicación por parte del poder financiero.

El periodista Rubén Sánchez (FACUA), consultado por LUH, apunta también como "detrás de los grandes medios de comunicación hay una intencionalidad política condicionada por la ideología que puedan tener sus principales accionistas, su consejo de administración, su director o sus editores". El problema, tal y como señala el portavoz de la asociación de consumidores, es "la falta de transparencia en la línea editorial de los medios", que no sólo esconden su filiación ideológica, sino que muchas veces apuestan por introducir voces discordantes para dar una apariencia de pluralidad que no es tal.

En tercer lugar, el cierre de filas del gremio en torno a Vallés obedece más a un corporativismo ciego que a una solidaridad real entre trabajadores de la información. ¿Por qué sino dejaron de lado a compañeros atacados y desprestigiados por la extrema derecha? "Cuando se ataca a un periodista alineado con la derecha profunda y con los intereses de las grandes empresas la reacción es mucho mayor que cuando se ataca a un medio pequeño, independiente o de izquierdas. En Ctxt hemos recibido vetos de Vox y nuestros reporteros han sido atacados por esa formación, ¿dónde estaban todas esas voces que salen hoy a defender a Vallés?", señala la periodista Nuria Alabao para LUH. Por su parte, Elorduy recuerda como "Martxelo Otamendi no recibió apenas apoyos de la así llamada profesión cuando la Audiencia Nacional ordenó el cierre de Egunkaria", sin embargo, "siete años después fue absuelto".

Contaba Oscar Wilde como, en un viaje que le llevó de las bibliotecas de Oxford al salvaje Oeste norteamericano, le sorprendió la existencia de carteles en las tabernas que rezaban: "Se ruega al público que no disparen al pianista, lo hace lo mejor que puede". El escritor irlandés señaló, no sin falta de ironía, que había tenido que viajar miles de millas para encontrarse con "el único sistema racional de crítica de arte" posible. En la actualidad, no disparar al periodista, se ha convertido en la máxima que rige y determina toda discusión sobre el oficio de informar. Pero, asumiendo que la raíz del problema está en la concentración de la propiedad de los medios de comunicación, ¿cuál es la responsabilidad del profesional de la información? ¿Es legítimo denunciar malas praxis por parte de individuos aún sabiendo los límites y las presiones a las que están sometidos?

Dignificaría mucho más la profesión el surgimiento de un movimiento antiperiodístico, que como hizo la antipsiquiatría en su campo, sirviese para cuestionar el rol de los periodistas en el sistema, que ese cierre de filas acrítico que en última instancia sólo revela los intereses políticos y económicos que hay detrás de eso que llaman "libertad de expresión". Como indica Nuria Alabao, "una cosa es defender la libertad de expresión, que eso deberíamos hacerlo siempre y para todos, y la otra defender a malos profesionales o periodistas que cotidianamente están agitando con el único objetivo de desestabilizar al gobierno".

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