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No por ahora

Sucede que en juicios un perjudicado se torna investigado, o puede la legislación vigente servir como escudo que evita cualquier cambio. Se trata, en definitiva, de un "no por ahora"

No por ahora Kafka justicia
David Martínez.

Ricardo Piglia solía pensar a Kafka como precursor de Hitler: si el primero imaginó un mundo abominable en el que los individuos podían ser acusados, encarcelados y juzgados sin conocer el delito cometido, el segundo lo llevó a la realidad con extrema crudeza, por más que textos como Eichmann en Jerusalén de Hanna Arendt de algún modo banalicen el mal convirtiéndolo en inextricable burocracia de estado, en el que los caminos de la ley y la burocracia son inescrutables, al servicio del crimen cometido con eficiencia científica.

Estos son, tal vez, los pecados de una sociedad deshumanizada y deshumanizante, ahogada en sus convencionalidades de datos, cifras y elementos que pretenden ser objetivos pero que esconden una realidad brutal en las formas de su interpretación y narración, en las que el individuo se pierde de manera irremediable e irreversible.

Kafka tiene un pequeño relato titulado 'Ante la ley, precisamente en El proceso'. Cualquier interesado puede encontrarlo rápidamente. Merece la pena detenerse en él: un guardián evita que un campesino entre en la Ley, recordándole que hay otros guardianes como él que prohibirán su entrada si consigue traspasar esa primera puerta.

El campesino, pese a utilizar sobornos y esperar durante años, literalmente hasta su muerte, jamás consigue cruzar este primer obstáculo. La primera y la segunda respuesta del guardián consisten en un juego de pragmática que puede prolongarse hasta el infinito en la forma de un deíctico temporal, ya que cuando el campesino pregunta si se le permitirá entrar en la Ley, el guardián responde por dos veces "no por ahora", tal y como sucede en los carteles: "vuelvo en cinco minutos", ya que tanto para el lector de ese anuncio como para el campesino de Kafka, el mensaje se actualiza permanentemente: el "no por ahora" no tiene fin, como tampoco la cuenta atrás de los cinco minutos que se renueva con cada lectura del mismo.

A pesar de todo, ambas expresiones contienen en sí un desplazamiento de la esperanza hacia el futuro, aunque se trate de un futuro en constante movimiento. Así, la Ley permanece inalcanzable por ahora, y el campesino descubre, en el momento de su muerte, que la puerta en la que se halla solo le corresponde a él, lo que implica que cada individuo tiene una entrada con un guardián para acceder a la Ley y, aunque la puerta permanezca abierta, el acceso es imposible.

Del texto de Kafka se desprende de forma evidente que todos tenemos una relación individual con la ley, por más que esta tenga carácter social y regule, entre otras cosas, las relaciones entre individuos. De esta forma, y teorizando sobre un texto literario, es imposible concebir que la ley sea igual para todos o que la justicia sea justa.

Cabría fabular ahora sobre cuáles eran los motivos que llevaron al campesino ante la Ley y qué le obligaba a esperar de forma tan desesperante, paciente y tenaz, pero eso es lo de menos. Lo que importa es que muere sin alcanzar la Ley, sin llegar jamás a traspasar el umbral de esta, esperando inagotablemente que el presente transcurra.

Estableciendo una lectura analógica y anacrónica, tal situación es perfectamente asimilable a la realidad actual. Quizás esta sea la mayor virtud de los textos literarios: uno puede volver los ojos sobre las páginas de un libro y encontrar un destello que ilumine la oscuridad del momento presente y, aunque la ley parece estar ahí para todos, unos se nutren a través de ellas mientras otros mueren o se ven seriamente perjudicados esperando una justicia legal que no llega, que no les alcanza.

De este modo, algunas cuestiones como la inviolabilidad de algunas figuras públicas y sus negocios privados quedan más patentes, si cabe, y son inexcusables, aunque legalmente no tengan consecuencias.

De la misma manera, sucede que en juicios un perjudicado se torna investigado, o puede criminalizarse a una víctima, o puede la legislación vigente servir como escudo inexpugnable que evita o posterga cualquier cambio.

Se trata, en definitiva, de un "no por ahora" que lleva repitiéndose durante siglos a las mismas personas con rostros diferentes y que justifica y eterniza la represión y la desigualdad social.

La expresión ofrece, además, una promesa balsámica, ya que el "ahora" acontece y deja de tener vigencia y permite la esperanza de que, al acabar el momento presente, las cosas puedan ser de otro modo. Sin embargo, los vigilantes, los guardianes de la ley, volverán a pronunciar las terribles palabras: no por ahora.

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