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El Megáfono

No volveré a ser joven

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.

Jaime Gil de Biedma. "No volveré a ser joven". Poemas póstumos

No, efectivamente, no volveremos a ser jóvenes. Tampoco los jóvenes de hoy, ni los de mañana, serán jóvenes eternamente. Tampoco es cierto que todos los jóvenes vengan a llevarse la vida por delante, como dice el poeta, unos versos antes de la cita que encabeza estas palabras. Algunos, quizás sí. La mayoría forman parte de una sociedad abúlica que ha visto cómo, derrota tras derrota, moría cualquier esperanza. Tal vez debiera inscribirse, a la entrada de los paritorios Lasciate ogni speranza, voi ch'entrate, para que los recién nacidos (y sus progenitores, por si lo han olvidado o aún no lo saben) asuman que a la vida hemos venido a perder. Y de qué manera. Aunque, bien pensado, tales palabras encajarían a la entrada de cualquier centro sanitario o educativo.

La pandemia ha venido a desmembrar certezas relativamente recientes y en las que la sociedad occidental lleva demasiado tiempo instalada. La vida se acorta, se acortaba, por un accidente, una enfermedad incurable, o una desgracia imprevisible. Alguien podía considerarse joven a los 65 años. Y sin embargo un virus nuevo ha puesto el mundo entero patas arriba. Somos, pues, los viejos seres humanos, frente a frente con la muerte, pese a toda la ciencia, pese a los prometedores avances en medicina que, como siempre, se estrellan contra los intereses de mercado y los egoísmos inter e intranacionales.
En cualquier trayecto vital se descubre a aquellos que viven su vida parasitando a los demás: empresas, personas que se benefician de otras, que viven de otras, que se aprovechan de otras y que además pretenden ser adalides de la moralidad y las virtudes más encomiables. No son sino enormes sanguijuelas que se enriquecen al ritmo que empobrecen al resto. Son necesariamente pocos, pero copan todas las cadenas, todas las radios, todos los periódicos y sus mantras son los más repetidos, incluso entre aquellos que los sufrimos. Su algarabía no conoce el silencio, sino el pleonasmo perpetuo. Así, se comprende mejor la intrahistoria unamuniana como elemento de narración histórica: nada dicen las cifras de contagiados, ingresados en planta y en UCI, fallecidos, trabajadores precarios o parados de los sufrimientos personales e individuales de cada uno de ellos. Nada dicen de sus esperanzas y sueños, de sus mezquindades y heroicidades las estadísticas. Hemos perdido, como sociedad, la capacidad para el asombro y hoy el acto surrealista por excelencia descrito por André Breton apenas ocuparía unos minutos en un telediario, unas breves palabras en algún periódico que conserve la sección de sucesos. Unos quinientos fallecidos diarios en una nación como la nuestra se han convertido en una cifra aceptable.

Así y todo, en la época del fact checking y las redes sociales, nos quieren amordazados y silenciados. Señalarles con el dedo equivale a coartar la libertad de prensa, aunque cuestionar esa libertad pueda ser legítimo, porque ya se sabe: he who pays the piper calls the tune. Pero esta obviedad mayúscula, con los medios de comunicación en franca decadencia, ya que dependen más de enormes inversiones a fondo perdido que de sus potenciales clientes, debe ser desatendida por mor de la inexistente independencia de la prensa, a la que no se le pueden suponer intereses espurios de ninguna clase. Y, a la vez, en su defensa de una pluralidad invisible, se realiza una homogeneización del pensamiento con ligeras, inadvertibles y sutiles diferencias. Pero la canción es la misma, aunque tenga arreglos diferentes.

Hacen falta, como siempre, jóvenes -y no tan jóvenes- dispuestos a llevarse (metafóricamente) la vida por delante, que comprendan que todo esto va en serio lo antes posible. Mientras los buenos gestores hacen negocio de nuestras miserias y su financiación y modo de obrar queda en entredicho en el escándalo más grande de un partido político en la historia de nuestro país, algunos medios de comunicación se empeñan en enfangar el borrador de la conocida como Ley Trans, en atacar personalmente -por lo civil y por lo criminal- a Irene Montero, esta semana, y a Pablo Iglesias, la pasada, a ambos, siempre. Ya no basta con pensar que los perros ladran y cabalgamos. Hay que rescatarse del secuestro amigdalar en el que se ha convertido este país de locos.

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