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Análisis

Normalidad democrática

Ni siquiera el relato oficial de la “pacífica y modélica” Transición del franquismo al régimen del 78 ha podido soslayar que el segundo es heredero directo del primero.

Normalidad democrática
El entonces jefe del Estado, Francisco Franco, y Felipe de Borbón, actual jefe del Estado, se saludan en los años setenta del pasado siglo XX

En el régimen del 78 nunca ha habido una normalidad democrática digna de tal nombre, lo que ha habido son etapas de mayor o menor calma institucional, y esa ha sido precisamente una de las peculiaridades del régimen: el inmovilismo institucional donde no había –y sigue sin haber– normalidad democrática.

El régimen del 78 arrastra desde su origen unos déficits democráticos que la izquierda española con representación parlamentaria no siempre ha denunciado –al menos a nivel institucional–, dejando muchas veces solas a la izquierda española extraparlamentaria y sobre todo a las izquierdas soberanistas de diversos territorios del Estado. Con excepciones puntuales –básicamente, una: la de Julio Anguita–, la denuncia de la ausencia de normalidad democrática en el régimen del 78 ha sido, durante buena parte de este, cosa del independentismo y de la izquierda española extraparlamentaria.

Aun así, ni siquiera el relato oficial –divulgado durante décadas por tierra, mar y aire– de la “pacífica y modélica” Transición del franquismo al régimen del 78 ha podido soslayar que la Transición es una reforma del franquismo –pactada y realizada “de la ley a la ley a través de la ley”, siguiendo los designios del expresidente del Gobierno y de las Cortes franquistas Torcuato Fernández-Miranda– y que el régimen del 78 es heredero directo del régimen impuesto tras primero el golpe de Estado franquista de 1936 contra el Gobierno legítimo del Frente Popular y contra la propia II República y después la Guerra Civil, ganada por los franquistas con la ayuda de los nazis de Hitler y de los fascistas de Mussolini. El régimen del 78 no es el franquismo pero sí es su heredero directo, en el sentido de que en 1978 no se produjo una ruptura con el franquismo sino una reforma del franquismo que permitió sobrevivir a muchos de sus poderes e incluso a muchos de sus protagonistas.

Una lista inabarcable

¿Es normalidad democrática que en España la Jefatura del Estado no sea reflejo ni directo ni indirecto del voto popular y que la ocupe un rey cuya dinastía fue restaurada por Franco y cuya corona es hereditaria en sus sucesores?

¿Es normalidad democrática que en España muchas víctimas mortales del franquismo ocho décadas después de sus asesinato sigan enterradas en fosas comunes diseminadas por las cunetas?

¿Es normalidad democrática que a los autores de los crímenes de lesa humanidad del franquismo ni se les juzgue en los tribunales de España –alegando la vigencia de la Ley de Amnistía de 1977– ni se les extradite cuando son reclamados por los tribunales de otros Estados en virtud del principio de justicia universal, por el que los tribunales de España sí han juzgado a criminales de lesa humanidad de otros Estados?

¿Es normalidad democrática que las derechas españolas no sólo no hayan establecido un ‘cordón sanitario’ para aislar a la ultraderecha –que ha llegado a reivindicar expresamente y en sede parlamentaria los gobiernos del franquismo–, sino que estén gobernando comunidades autónomas y ayuntamientos con su apoyo?

¿Son normalidad democrática las irregularidades publicadas e investigadas sobre el anterior jefe del Estado, Juan Carlos I –que recibió de Franco y traspasó a su hijo Felipe VI la Jefatura del Estado tras reinar cuatro décadas–, o que el propio Juan Carlos I resida desde el pasado mes de agosto en Emiratos Árabes Unidos sin haber dado ningún tipo de explicación?

¿Es normalidad democrática que Felipe González y José María Aznar –que gobernaron 12 años el primero y otros ocho el segundo, es decir casi la mitad de lo que va de régimen del 78– sigan dando lecciones de democracia en España y fuera de España, a pesar de sus respectivos historiales políticos en España y fuera de España?

¿Es normalidad democrática que en España representantes políticos e institucionales elegidos democráticamente estén en la cárcel o en el exilio por haber intentado celebrar en Catalunya una consulta popular como la que Reino Unido permitió celebrar en 2014 en Escocia?

Se podría seguir –pues el ánimo no es exhaustivo y la lista es inabarcable–, pero basten dos ejemplos más de este mismo martes:

¿Es normalidad democrática que el rapero Pablo Hasél haya sido detenido y trasladado a prisión para cumplir una condena de cárcel por un delito de expresión, a pesar de que numerosos juristas –catedráticos de Derecho Penal incluidos– y organizaciones de Derechos Humanos han advertido de que los votos particulares de sus dos sentencias condenatorias anticipan una probable condena a España por parte del Tribunal de Estrasburgo?

¿Es normalidad democrática que al magistrado José Luis Concepción, presidente del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León, le pregunten en un programa de televisión si “le parece adecuado que un vicepresidente de un gobierno ponga en solfa la democracia de un país” y responda que “la democracia de un país se pone en solfa desde el momento en que el Partido Comunista está en el Gobierno”?

Al hilo: ¿es normalidad democrática que en España el Consejo General del Poder Judicial lleve más de dos años en interinidad porque un partido en serios aprietos judiciales se niega a dar cumplimiento al mandato constitucional renovando el órgano de gobierno del poder judicial?

El emperador va desnudo

Las palabras del líder de Unidas Podemos y vicepresidente de Derechos Sociales del Gobierno de coalición, Pablo Iglesias, sobre que “en España no hay una situación de plena normalidad democrática” –pronunciadas en una entrevista publicada el pasado 8 de febrero en el diario ‘Ara’– han levantado una polvareda política y mediática en los sectores más rancios del régimen del 78.

Iglesias siempre ha sostenido que en España no hay una situación de plena normalidad democrática, pero al acceder al Congreso empezó a sostenerlo también desde el Congreso y al acceder al Gobierno ha empezado a sostenerlo también desde el Gobierno. Si lo que antes, muchas veces, se decía sólo desde fuera del Congreso –y por supuesto sólo desde fuera del Gobierno– ahora se dice también desde dentro del propio Ejecutivo –y ahí es donde parece ser que duele– es entre otras cosas porque se han recibido los votos necesarios, y con ellos el respaldo popular, para hacerlo. Y también porque, como ha manifestado este martes en sus redes sociales el propio vicepresidente, el Gobierno, como el Estado, además de Administración también es un terreno de “confrontación de intereses” y de “tensión ideológica” y eso es normal en términos democráticos, lo que no es normal es que, como en el cuento de Hans Christian Andersen ‘El traje nuevo del emperador’, algunos sigan empeñados en seguir negando lo que es cada vez más obvio.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Carlos Primero de los Míos

    16 de febrero de 2021 22:51 at 22:51

    Pues menos mal que tenemos a Unidas Podemos luchando por eliminar tantas carencias democráticas, porque sinó el país de los españuelos continuaría siendo un vertedero donde la vida cotidiana sería insufrible e invivible para la mayor parte de la gente.

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