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Política

|Ocho años después| Francisco Fernández Buey sobre Simone Weil y Gramsci

Precisamente sobre ambos autores elaboró FFB para los estudiantes de sus clases de filosofía moral y política un escrito breve no fechado

Salvador López Arnal

En una conversación con Rosalía Romero, de la Asociación Andaluza de Filosofía, para Alfa de 23 de noviembre de 1999 (https://www.lainsignia.org/2004/febrero/cul_030.htm), Francisco Fernández Buey señalaba que ningún pensador o pensadora del siglo XX había ido tan lejos como Simone Weil “en la comprensión de lo que es la desdicha en la condición humana”. No era ajeno a la radicalidad de su enfoque el que se tratara de una mujer y de una mujer desdichada. Pero tampoco el hecho de que hubiera sido mujer explicaba sin más “el carácter, a la vez profundo y conmovedor, de sus consideraciones sobre la desdicha”.

Weil había sido una mujer excepcional, de una sensibilidad para captar las implicaciones de la vida desgraciada de los seres humanos que no tenía parangón en la filosofía occidental. No había duda de que esta sensibilidad tenía en ella una dimensión profundamente religiosa y mística. Lo admirable en su caso, enfatizaba FFB, era que la dimensión religiosa de su pensamiento había ido de la mano con la preocupación social y el interés por la ciencia, y que cuajara en una coherencia práctica que, remarcaba el entrevistado, nos dejaba prácticamente sin palabras para calificar su conducta.

Lo que él iba a hacer en una conferencia que iba a impartir al día siguiente (en Sevilla, en el curso "Pensadoras del siglo XX" celebrado en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo) era estudiar con detalle cómo y por qué vías pasó la filósofa francesa “del análisis de la opresión social y de la condición obrera en la fábrica (1934-1939) a la comprensión de la desdicha de los pobres del mundo como un estado de la condición humana”, un estado que tenía mucho que ver con el dolor y el sufrimiento pero que rebasaba estos sentimientos por su permanencia.

En su acercamiento radical de lo que era la desdicha, Weil había descubierto un hueco importante en la cultura laica, que apenas tenía pensamiento para esta temática. Ese descubrimiento la había llevado, a los 32 años, “a una crítica tan radical de la política y de los derechos en la modernidad que no hay ética de base laica que pueda sostenerse, en una plétora miserable como es nuestro mundo, sin medirse con ella”. La conclusión del autor de Poliética era que ese diálogo con el pensamiento religioso de Weil sobre la desdicha y la ética laica estaba aún por hacer y que era central en “la época del SIDA y de la ingeniería genética, del paria universal y del uniformismo cultural, del hambre generalizado y de la sociedad del despilfarro”. Era el diálogo que correspondía a la conformación de la conciencia moral del siglo XXI.

Más de veinte años después, en la que fuera probablemente su última entrevista, una conversación con su amigo Jaume Botey (1940-2018) editada por Iglesia viva, fechada el 27 de marzo de 2011, un año antes de su fallecimiento, FFB comentaba que para él Gramsci siempre había sido el marxista por antonomasia. “Empecé a leer cosas sueltas en el 63, y a partir de conocer a Manolo [Sacristán] de manera más sistemática”. Aunque siempre había considerado que Gramsci había hecho una lectura de Marx filológicamente no adecuada, “gracias a esta lectura filológicamente no adecuada, hizo avanzar el marxismo, p. ej., su noción de ideología es muy distinta de la de Marx”.

Por descontado, proseguía, que lo admirable de Gramsci era su biografía: que con sus características aguantara lo que aguantó y lo aguantara con aquel talante moral hasta el final de sus días y el sentido del humor que tuvo, ponía de manifiesto que fue alguien “fuera de lo normal”.

Todavía entonces, en 2011, señalaba el autor de Marx (sin ismos), en el curso de filosofía que impartía en la Facultad de Humanidades de la Pompeu Fabra daba como tema una comparación entre la vida y obra del revolucionario sardo y Simone Weil, “porque de todos los personajes del siglo XX que he leído con pasión, son los que más me han impresionado, aunque por otra parte son muy distintos” [el énfasis es mío]. Probablemente, conjeturaba, si les hubiéramos puesto frente a frente en una habitación, “habrían saltado chispas y no hubieran podido ni hablar”. Sin embargo, era su tesis, lo que ambos pensaron, lo que hicieron, lo que escribieron, aun procediendo de tradiciones distintas y pensando con su propia cabeza, tenía muchos puntos de contacto.

Precisamente sobre ambos autores elaboró FFB para los estudiantes de sus clases de filosofía moral y política un escrito breve no fechado. Lo resumo:

Está por hacer, comenta en él, un estudio comparativo de los escritos ético-políticos de Gramsci y de Weil en los años treinta, en los años de entreguerras. Sería muy interesante hacerlo, apuntaba, podría ser tema para tesina o tesis. Para introducir la obra de Weil, sin dejar del todo a Gramsci, avanzaba algo sobre esta comparación.

La gran crisis bolsística y monetaria iniciada en EE.UU en 1929, había tenido una enorme repercusión en Europa. El fascismo mussoliniano se había consolidado en Italia a comienzos de los años treinta y Hitler acababa de subir al poder en Alemania. Eran años en los que el desempleo y la conflictividad social estaban en primer plano en toda Europa. Eran los años de la II República en España (el profesor “Buey” recomendaba en este punto a sus alumnos la película La lengua de las mariposas).

Mientras en Italia, Gramsci, ya muy enfermo, estaba escribiendo en 1934-1935 sus cuadernos en el aislamiento de la cárcel, Weil había tomado una decisión muy drástica en su vida: había dejado su puesto de profesora de filosofía en un instituto de enseñanza secundaria y había decidido solicitar trabajo en una fábrica, “primero en una empresa eléctrica, la fábrica Alsthom de París, y después en la fábrica de automóviles Renault de Boulogne-Billancourt”.

Gramsci y Weil habían tenido, pues, algunas experiencias parecidas. Ambos eran universitarios y ambos habían conocido de cerca la experiencia de la gran fábrica: Gramsci, 18 años mayor que la autora de Reflexiones sobre las causas de la libertad y la opresión, había tenido esa experiencia al acabar la primera guerra mundial, en la Fiat de Turín, entre 1919 y 1921. Weil, catorce años después, en la Renault de París. En los años que iban de 1921 a 1935 se estaba produciendo una reconversión industrial importantísima, y sobre todo, añadía el coautor (junto a Jorge Riechmann) de Redes que dan libertad, se estaba produciendo un cambio sustancial en la organización técnica del trabajo de fábrica.

Eran los orígenes del taylorismo y del fordismo que habían nacido en los EE.UU. (FFB recomendaba ahora a sus alumnos Tiempos modernos) y se estaban difundiendo por toda Europa (Metrópolis era aquí la película recomendada), Gramsci y Weil habían reflexionado casi simultáneamente, en 1934-1935, sobre lo que este cambio significaba, sobre lo que estaba representando la mal llamada “organización científica” del trabajo, la mecanización de las funciones y los inicios de la automatización en el trabajo de fábrica. Gramsci lo había hecho en las notas de los Cuadernos de la cárcel dedicadas específicamente el tema “taylorismo, americanismo y fordismo”. Weil en un ensayo que lleva por título La condición obrera. También, añadía FFB, en algunos pasos de sus Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social. Gramsci y Weil, siendo como eran los dos personas de letras, personas con formación humanista principalmente, se habían formado en tradiciones que (en general y sin olvidar graves desvaríos) tenían un gran respeto por la ciencia y por sus aplicaciones prácticas, tecnológicas: Gramsci en la tradición marxista, que había vinculado la emancipación de los hombres al progreso técnico y científico; Weil en constante contacto con su hermano matemático (André Weil), dialogando con él sobre cuestiones científicas, había hecho la tesis en 1931 sobre un tema relacionado con la ciencia cartesiana: “Ciencia y percepción en Descartes”. Pero en cualquier caso, “ambos se han dado cuenta de la peligrosidad del cientificismo y del espíritu tecnocrático: Gramsci ha denunciado, en los Cuadernos, lo que llama “la superstición científica”, la infatuación de la ciencia de la época, que conlleva “ilusiones tan ridículas y concepciones tan infantiles que hasta la superstición religiosa acaba ennoblecida””. Weil había denunciado la tecnocratización y la idea de progreso técnico como una nueva forma de alienación y de empobrecimiento intelectual de los seres humanos.

Ambos, Gramsci y Weil, tenían entonces, en 1934-1935, un altísimo concepto de la ética. Eran altruistas, idealistas en lo moral. Aunque no se sienten a gusto con la formulación del imperativo categórico kantiano actúan como si ese fuera su ideal: hacer un “nosotros” del propio “yo”. Se atienen a un altísimo concepto de la ética en sus vidas: “en ambos casos se trata, en cierto modo, de una ética del sacrificio”. Gramsci, en la cárcel y a pesar de la enfermedad, del aislamiento y de la soledad, “se niega reiteradamente a firmar una petición de gracia al régimen mussoliniano con el argumento de que no quiere disfrutar de una situación privilegiada en comparación con otros trabajadores encarcelados por el fascismo por los mismos motivos que él”; no quiere convertirse en “un pingo almidonado”. Weil quiere vivir como viven entonces los trabajadores/as de fábrica, compartir sus vivencias y sus sufrimientos. Rechaza todo tipo de privilegios, quiere ser uno, una de ellas.

Para ambos la ética de la convicción, en el sentido weberiano, era esencial y para ambos el hacer era la mejor forma de decir. Ambos, proseguía FFB, tenían como centro principal de interés la condición obrera. No sólo por interés intelectual o sociológico (por conocer y analizar) “sino con la idea de que este conocimiento es básico para que la clase obrera pueda emanciparse”. Gramsci pensaba en el proletariado industrial y en el campesinado pobre; Weil en estos años también. Pero cada vez más “en los desgraciados, desdichados, humillados y ofendidos en general”. Ninguno de los dos había pensado que la clase obrera estaba destinada a ir al Paraíso (recordemos la película de Elio Petri) por su procedencia o por su lugar en el mundo. Los dos habían dado muchísima importancia a la subjetividad, a la voluntad de los sujetos. Uno era, en muchos aspectos, voluntarista; Weil era, en muchos aspectos, personalista.

Ni Gramsci ni Weil habían sido políticos “profesionales” en el restringido sentido weberiano. No les satisfacía la política al uso y se sentían vinculados, más bien, a formas alternativas de hacer política en opinión de FFB. Ambos criticaron la concepción de la política como mentira necesaria. Ambos piensan que decir la verdad es revolucionario también en política. Ambos estaban viviendo además, en esos años, “la tragedia personal que representa el complementar convicción ética y responsabilidad sociopolítica”.

Tampoco el autor de Marx a contracorriente fue nunca un político profesional. Tampoco le satisfizo nunca la política al uso. También él se sintió vinculado (desde siempre) a formas alternativas de hacer política. También el autor de Poliética criticó la concepción de la política como mentira necesaria y defendió que decir la verdad era revolucionario (https://kmarx.wordpress.com/2018/09/03/una-reflexion-sobre-el-dicho-gramsciano-decir-la-verdad-es-revolucionario/). Y también, punto esencial, entendió la política socialista como un apuesta por los desfavorecidos de la Tierra, por los desdichados, por las clases trabajadoras más vulnerables.

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