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Palestina, el espejo de la necropolítica del deseo occidental

En las últimas horas, en los días que nos preceden, asistimos a incontables ejemplos de la violencia ejercida impunemente por el estado sionista de Israel al cuasi desarmado pueblo palestino. Videos y videos de perfidia circulan y transitan insistentemente por las redes sociales. En ellos, sistemáticamente el ejército israelí vulnera los derechos humanos ante la mirada astigmática del ojo vago y acomodado de la comunidad internacional. Un acto de negación o de escotomacismo que nos devuelve el reflejo de una sociedad enferma de falta de empatía, en donde el paradigma en auge es la psicopatía.

Ante estas imágenes la sociedad se debate por dos posturas antagónicas. Una apuesta inmunizada ante el sufrimiento del otro que lleva a ocupar las terrazas y tomar cervezas a la madrileña tras la nueva libertad recupera, o una creciente angustia e impotencia al ser atravesados por un malestar corpóreo. Es la evidencia de la consciencia ante la falta de inhibición de un acto fallido. Asistimos impávidos al fin de la democracia y de la carta de los derechos humanos como herramientas de intermediación en los conflictos internacionales. Es el síntoma más evidente y material adonde nos ha llevado un constructo de deseo de consumo basado en la necropolítica occidental. Esta forma de praxis política acarrea un colapso civilizatorio sin precedentes en la historia de la humanidad.

¡Urge decir basta! Urge despertar del letargo del consumo y la deuda eterna. Urge abandonar definitivamente el hueco creado por nuestros ortos en los sillones de nuestras casas y el vacío huero de nuestras almas. Urge una condena internacional definitiva y rotunda ante la violencia de Estado. Urge una nueva cruzada de los niños y de los pobres. Una cruzada de subalternos que no quiera recuperar Jerusalén con violencia, sino una cruzada fraternal para devolver Palestina a la senda del amor y de la vida. Una praxis leviniana definitiva que nos impida poner excusas ante la barbarie. Riadas de brigadas internacionales de la empatía que subtituyan el dolor del otro palestino por el cuerpo hermano. Sin quejas ni atajos para escabullirse del deber subalterno lego.

Si el pueblo no salva al pueblo en esta ocasión, quién lo hará. No podemos confiar en las élites internacionales cosmopolitas para esta acción humanitaria. Existen dos aspectos diferenciales que separan la lucha antifascista del siglo XX y la época actual. En primer lugar, no podemos contar con la nación de los soviets para que ponga el cuerpo de nuevo. Con todos sus defectos, supuso un freno indudable a los monstruos surgidos del capitalismo. Y en segundo lugar, en la república de Weimar el totalitarismo suponía el antídoto para las aspiraciones emancipatorias de las clases populares, pero el plan A era volver a la sociedad de consumo de masas una vez superada la fiebre fantasmática transformadora que recorrió Europa. Ante la palmaria escasez de recursos materiales que pondrá fin, más pronto que tarde, a la globalización y a la sociedad de mercado las élites internacionales han apostado al negro e impar. Negro, porque la necropolítica del FMI conlleva la asunción de pasar por encima de todos los obstáculos que supongan la merma de los privilegios del uno del uno por ciento. Aunque esta vía entrañe el final de la democracia representativa y cueste millones de miles de vidas que ya no pueden consumir. Y asimismo impar, ante la elucidación de la imposibilidad de una globalización neoliberal, cada casta superior tendrá que reglamentar, ordenar y domesticar los cuerpos de sus subalternos como mejor pueda de forma nacional y sin injerencia por parte de las instituciones internacionales de resolución de conflictos con las que se ha dotado la política contemporánea.

Como comunidad se nos presenta la encrucijada de optar por una ética leviniana en donde la empatía por el otro sea la apuesta en valor de la nueva globalización subalterna, o por el contrario, la mirada fría del psicópata que calcula plusvalor e insumos ante el dolor ajeno. No nos tapemos los ojos con la palabra libertad. Ésta no existe sin justicia, democracia e igualdad. Es la oportunidad adyacente a la historia con la que los amigos de Empedocles, en la novela titulada Nuestros inesperados hermanos del escritor franco-libanés Amin Maalouf, interpelan a la humanidad. O apostamos por ser el peso de la historia y fracasamos definitivamente como especie, o maduramos definitivamente abandonando la adolescencia del deseo occidental que tiene como destino la extinción.

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