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Economía

Palos de ciego, economistas de élite y Covid-19

La regulación y las políticas son las principales armas para frenar los peores excesos de una economía de libre mercado

Parece que cada crisis que pasa se cae un nuevo mito de la ortodoxia económica, aquella que predica la eficiencia de los mercados y las distorsiones que supone la intervención del Estado para la economía. Hace casi una década el papel de las instituciones monetarias y su intervención en el mercado secundario fue decisivo para conseguir que la eurozona no estallara por la crisis de la deuda. Hoy en día muy pocos empresarios responderían de forma negativa a la pregunta de si es necesario que las instituciones públicas actúen para sostener el crecimiento.

Sorprendentemente en España ya existen voces que avisan de la necesidad de volver al cumplimiento de las reglas fiscales europeas lo más rápido posible. La forma de hacerlo generalmente es muy poco sutil, donde un lobby de economistas se dedica a la publicación de documentos políticos que bajo una apariencia técnica transmiten unos mensajes cargados de ideología con un marco conceptual cuya meta es lograr la consolidación fiscal por la vía de superávits y de los recortes públicos. Unas políticas que ya han demostrado fallar durante la anterior crisis. El caso de Italia es paradigmático para ilustrar las consecuencias de estas medidas, ya que desde 2011 ha registrado superávits primarios. Por aquellos entonces su deuda sobre el PIB era del 104%, justo antes de la crisis del COVID19 era del 134%. Italia representa mejor que nadie que la austeridad expansiva es un mito de consecuencias muy negativas en lo económico, en lo social y en lo político.

Tras el último periodo de turbulencias se han normalizado medidas extraordinarias como la compra masiva de activos o un lustro con tipos negativos en el Euribor. Los tipos de interés de la deuda de los bonos de los países periféricos han experimentado un gran descenso y han sido sostenibles precisamente por la intervención de las instituciones públicas en el mercado. El servicio de la deuda, expresado en el pago de intereses sobre PIB, se ha reducido con fuerza desde la actuación del BCE, lo que ha hecho posible su sostenibilidad. En el caso de España, los bonos a 10 años y a un 1 año se sitúan en torno al 0,5% y el 0% en la actualidad. Mientras que el rating de la deuda a largo plazo ha pasado de estar en 2012 un escalón por encima del grado especulativo con perspectiva negativa, a situarse hasta 4 niveles por encima.

Economistas como Minsky muestran que el equilibrio al que aspiran los guardianes de la ortodoxia es una situación excepcional de la economía entre todas las posibles. La regulación y las políticas son las principales armas para frenar los peores excesos de una economía de libre mercado que, por norma general, no es capaz de lograr la estabilidad de precios, el pleno empleo, ni mucho menos reducir la desigualdad y fomentar la justicia social. Las malas decisiones de la ortodoxa cúpula del BCE fueron una las principales amenazas para la eurozona durante la anterior crisis. Hoy los que se oponen a la mutualización y exigen condicionalidad y una vuelta rápida a las reglas fiscales juegan el mismo papel hace 10 años interpretó Trichet.

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