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Opinión

Perdónalo, ciudadano Bergoglio

Abascal no reconoce a la máxima autoridad de la Iglesia Católica, a la representación de Dios en la tierra, al obispo de Roma, al jesuita que pontificaba en las villas miseria de Buenos Aires y que terminó siendo, contra todo pronóstico, elegido Vicario de Cristo.

Raul Solís-. Se hace raro que Santiago Abascal y Grande de España, criado entre el boato nacionalcatólico, que ni es católico ni nacional, y la palabrería hueca de la aristocracia haya sido capaz de negarle al “ciudadano Bergoglio” su jerarquía y lo haya degradado desde, nada más y nada menos, la sala de prensa del Congreso de los Diputados.

Por un momento pensé que se iba a arrancar por bulerías, se iba a poner flamenco, que para eso tiene culo estrecho y espalda ancha, e iba a reclamar la derogación del Concordato con la Santa Sede que nos cuesta a los españoles 11.000 millones de euros, aproximadamente, al año, lo que cuesta dos años de ingreso mínimo vital para un millón de familias sin nada.

Luego los empresarios de la fresa buscan gente para trabajar en Huelva y no encuentran gente. Claro, es mucho más fácil pasar el cepillo o vivir de los subsidios de papá Estado que doblar el lomo para recoger frutos rojos a 40 euros la jornada laboral, que nunca es de ocho horas. Abascal de trabajar sabe poco, no lo ha hecho nunca, por eso a la criatura ni se le ha ocurrido invitar a los obispos a apuntarse en la campaña de la fresa, sobre todo este año que escasea la mano de obra barata porque no pueden venir inmigrantes de Marruecos a quitarnos el trabajo a los españoles.

Abascal solo es católico si el apostolado lleva aparejado guerra santa, inquisición y persecución de brujas, rojos y maricones, que diría Jorge Javier Vázquez. Por eso al infantito criado en los chiringuitos de Esperanza Aguirre no le gusta el Papa Bergoglio y lo degrada jerárquicamente.

Nada sabe el líder de los parásitos españoles que el Vicario de Roma procede de Buenos Aires, que es jesuíta, orden religiosa misionera, fundada en el contexto del Concilio de Trento para evitar la huida de fieles de Roma a la Reforma de Lutero, y que, a base de tanto estudiar y leer para luchar contra los herejes, se convirtió en la compañía más heterodoxa y progresista de la Iglesia Católica. ¡Ay, los libros, qué peligrosos son, Abascal, que te vuelven progre!

El Papa Bergoglio no ha crecido como sacerdote visitando casonas de 200 metros en el barrio de Salamanca y tomando té con pastas con los descendientes de Isabel y Fernando, que toda la fortuna que tienen es gracias a la herencia de los papis y que no han trabajado en su puñetera vida, sino en suburbios dentro del Gran Buenos Aires donde la miseria muerde, ensordece y silencia cualquier ruido de frivolidad.

El ciudadano Bergoglio viene de barrios de chabolas donde viven cientos y cientos de personas, en un entorno de violencia y pobreza extremas, que se convierten en abortorios clandestinos donde mueren mujeres inocentes  mientras las ricas se van a Europa a abortar con un lindo pasaje de Aerolíneas Argentinas pagado por papá y mamá.

El ciudadano Bergoglio no se ha pasado su vida de escaño en escaño y de chiringuito en chiringuito, con salarios de 90.000 euros al año pagados por los madrileños, sino de un país con niveles de pobreza del 50%, con una diferencia abismal entre ricos y “negros de mierda”, así es como los potentados llaman a los pobres argentinos, y una élite económica que se niega a pagar impuestos por la producción de la soja para equilibrar las desigualdades de un país que el neoliberalismo ha puesto de rodillas en varias ocasiones.

Abascal no es cristiano ni católico, es un integrista, por eso no reconoce la figura del “ciudadano Bergoglio” como Papa, porque el pontífice defiende el ingreso mínimo vital que impulsa el Gobierno de España para que no haya nadie sin nada en lugar de perseguir maricones, feministas o trabajadores que luchan por sus derechos.

Abascal y su cohorte de diputados de apellidos largos no saben lo que es ir al colegio con los zapatos rotos, no poder seguir estudiando porque tus padres no te pueden mantener, trabajar por sueldos de miseria para, al menos, llevarles un plato de comida caliente a tus hijos al día o que te violen y tener que jugarte la vida en un abortorio clandestino porque no tienes plata para volar a Europa.

Los parásitos de la ultraderecha, hijos y nietos de quienes ya eran ricos con Franco y lo siguieron siendo después de la Transición, solo aceptan de la Iglesia Católica su doctrina moral, la que persigue la libertad sexual y considera pecado todo lo que no sea reproducción, pero ven como ajena la doctrina social que habla de un Dios misericordioso y piadoso que llama a que nos amemos los unos a los otros y la redistribución de la riqueza.

A Santiago Abascal le gustaría que la doctrina social de la Iglesia Católica fuera: “Acabad con los pobres, mátenlos de hambre, explótenlos y luego, si protestan, métanlos en la cárcel para que nosotros, los ricos, podamos vivir a salvo de esos negros de mierda que solo hacen gritar que tienen hambre”.

La aristocracia argentina, de donde procede Cayetana Álvarez de Toledo y con el mismo odio de clase que la ultraderecha española, todavía no le perdona a Evita Perón que en los años 40 creara la clase media y reivindicara la dignidad de los descamisados en medio de una oligarquía insaciable de explotar.

“Donde hay una necesidad, nace un derecho”, decía Evita María Duarte, popularmente conocida como Evita Perón, esposa de Juan Domingo Perón, presidente de Argentina, hija bastarda que sufrió en carne propia las miradas de odio y el desprecio de la oligarquía por ser pobre de solemnidad y atreverse a hacer política a favor de los pobres.

Evita Perón murió prematuramente, con poco más de 30 años, en 1952 y su cadáver llegó a ser robado de su tumba porque ni muerta le perdonaban que hubiera dado derechos y dignidad a los pobres y transformara su resentimiento de clase en un programa de políticas sociales y económicas a favor de las clases populares.

Los parásitos son capaces de cualquier cosa cuando los pobres tienen derechos y amenazan con dejar de arrodillarse delante de los poderosos a pedirles lo que les sobra. Abascal está tan lejos del cristianismo porque primero necesita acercarse no ya por una villa miseria de Buenos Aires, sino por cualquier barrio periférico de Sevilla, Madrid, Barcelona, Valencia, Málaga, Las Palmas, Tenerife o Granada y descubrir que miles de familias españolas, a las que les gustaría trabajar, no tienen ni lo mínimo para comer tres veces al día, comprar una bombona o acostar a sus hijos con un yogur de los baratos.

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