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Perú: Entre la corrupción y la esperanza

El domingo 6 de junio, los peruanos elegirán al presidente (o presidenta) que asumirá funciones en el marco del Bicentenario de la República. Keiko Fujimori, del conservador partido Fuerza Popular y Pedro Castillo, del izquierdista Perú Libre, disputan la presidencia en unas elecciones signadas por la pandemia del COVID 19 y la polarización casi total de la población. Las encuestas hablan de un final de infarto, mientras las plazas y calles han dado apoteósicos recibimientos al candidato de la izquierda.

Los poderes de siempre, haciendo lo de siempre.

Keiko Fujimori, hija del dictador Alberto Fujimori, enfrenta su tercer intento por llegar a la presidencia. Durante la campaña, se ha manifestado a favor de un indulto a su padre, preso por corrupción y delitos de lesa humanidad. Defendiendo la nefasta gestión del patriarca, ha justificado el escándalo de las esterilizaciones forzadas de miles de mujeres andinas, las ha calificado de “programas de planificación familiar”. Además, la heredera de los Fujimori enfrenta una investigación por lavado de activos, el Fiscal pide para ella 30 años de prisión.

Los poderes fácticos, se han alineado rápidamente con Keiko. La gran prensa peruana, sobre todo limeña, ha cerrado filas en torno a la candidata y ha desatado una orquestada, aunque por momentos torpe, campaña publicitaria. Grandes artistas han salido a manifestar sus simpatías con la candidata. El Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa, ha pedido el voto por ella y gran parte de la selección fútbol ha hecho lo mismo. Mucho dinero ha tenido que costar estas adhesiones, que, dicho sea de paso, no han logrado que las encuestas la pongan en primer lugar, aunque ha mostrado una tendencia creciente en la intención del voto.

La gran empresa también se ha alineado con Keiko, no se esperaba otra cosa. El llamado a defender el modelo “que ha traído progreso” no se ha dejado esperar; es más, hay reportes de charlas en horario de trabajo, en las que expertos “enseñan” a los trabajadores, las bondades del modelo económico. Algunas empresas incluso hablan de un bono monetario si gana Keiko. Lo cierto es que tanta bondad y “persuasión”, es propio del fujimorismo desde los años noventa.

Comunismo o democracia.

El mensaje central de Fujimori ha sido comunismo o democracia, achacando a Pedro Castillo, el sambenito de comunista, encarnando ella ser la salvadora de la democracia. Este mensaje le ha funcionado a la candidata y ha polarizado a la población. Su contendor, Pedro Castillo, lidia con este casi insulto político de la derecha mundial. Si alguien busca el cambio, o por o menos lo propone es “terrorista” o “comunista”. Personas de los estratos más pobres han comprado rápidamente este falso debate. Castillo ha mantenido el tipo y desmentido por activa y pasiva, aún en medio del asesinato de dieciséis personas en zona de la selva, que la gran prensa atribuyó a Sendero Luminoso, grupo terrorista de los ochenta, prácticamente extinguido.

Pedro Castillo es un maestro rural y dirigente sindical. En 2017, encabezó una de las más emblemáticas huelgas del magisterio peruano. La gran prensa, y por supuesto Fujimori, lo vinculan con remantes de Sendero Luminoso y con el comunismo. Su postura es más de una izquierda tradicional, en la que, por ejemplo, el feminismo y la equidad de género no son prioritarios. Una de las características de Castillo es que es el único candidato en la historia de las elecciones, que no está vinculado a ningún grupo de poder. Castillo es producto de la sensación de hartazgo de gran parte de la población. La calle lo asume como igual, un maestro, campesino, quechua hablante; aunque el partido que lo cobija, Perú Libre, que no es el suyo, tenga una vertiente de izquierda dura y su líder, Vladimir Cerrón, haya sido condenado por corrupción.
Castillo ha captado el voto de quienes están hartos de marginación y olvido; es quien representa, en palabras de Galeano, a los nadies, a los olvidados, a los últimos de una sociedad que, en doscientos años de república, no ha sabido dar bienestar a los suyos. Castillo ganó la primera vuelta electoral en casi todo el Perú, logrando gran votación en las zonas más pobres. Lima, la gran Lima, sigue siendo bastión importante del fujimorismo.

El Perú del Bicentenario.

Una de las señas de identidad del Perú de hoy, es la desigualdad social. La pandemia ha desnudado un modelo que se presentaba exitoso, pero a la mínima presión, ha colapsado. La alta tasa de mortalidad por COVID y la carencia de recursos para tratar a los enfermos, ha permitido, por ejemplo, que los centros médicos privados hayan hecho el negocio de sus vidas, a costa de las vidas de quienes no podían pagarse un tratamiento, o no podían comprarse el oxígeno necesario, que escaseaba en los hospitales públicos. Las millonarias ayudas públicas se han quedado en las grandes empresas y, como ha pasado en estos doscientos años, las poblaciones andinas amazónicas han sido las grandes olvidadas.

La institucionalidad democrática no se ha fortalecido y en noviembre del año pasado hemos tenido tres presidentes de la república, uno detrás de otro. La corrupción ha seguido campeando y el movimiento social ha sido eje importante para parar en seco los excesos del poder. A esto hay que añadir que los partidos políticos son muy débiles, por no decir inexistentes. Un ejemplo de ello es Pedro Castillo, que llegó a la candidatura a través de Perú Libre, un movimiento regional del centro del país. En poco menos de un mes, Perú Libre ha crecido y ha constituido comités en casi todo el Perú y buena parte del extranjero. No han faltado los “arribistas” u “oportunistas” que se han subido al coche, incluso personas que fustigaban a Castillo y demás candidatos o que coordinaban otros partidos, hoy le representan legalmente; esta forma de hacer política, es también una variante de la corrupción que atraviesa toda la vida del Perú. Esa pobre institucionalidad, es otra de las herencias de este bicentenario.

Los escenarios post electorales

Si gana Keiko Fujimori, el modelo económico tendrá un respiro. La gran empresa habrá derrotado a los olvidados y la cosa seguirá como si nada hubiera pasado. En el espacio político, el fujimorismo seguirá manejando el congreso que, a la vez, seguirá protegiendo a jueces, fiscales y a la misma Keiko, de investigaciones en curso. El movimiento social tendrá que sacudirse de la influencia electoral y plantear con más firmeza sus demandas. Las víctimas de las esterilizaciones forzadas tendrán que protestar con más fuerza; la informalidad laboral seguirá alimentando a la gran empresa y los trabajadores no verán cerca derechos y bienestar. Los familiares de los estudiantes desaparecidos durante el gobierno de Alberto Fujimori seguirán su peregrinar para encontrarlos y darles sepultura.

El triunfo de Keiko Fujimori supondrá una etapa de mayor beligerancia en las calles, la respuesta desde el Estado será represión e imposición de inversiones a toda costa, sobre todo las mineras y extractivas, las que la población no quiere que se den.

Un triunfo de Pedro Castillo va a significar que el Congreso, con gran peso del fujimorismo, obstaculice la labor del Ejecutivo. Incluso, no es descabellado pensar en un probable alejamiento de Castillo respecto a Perú Libre, lo que traería mayor orfandad al futuro presidente, pero una mayor independencia y la posible conformación de un partido propio. Por otro lado, los grupos de poder jugarán el rol de piedra en el camino. Una sensación de desaliento y desinversión será azuzada desde quienes manejan los hilos de la economía. Sin embargo, las medidas de recuperación de la soberanía, el apoyo al agro, la implantación programas sociales tan esperados desde la pandemia, la formación de un gabinete más social; serían golpes de efecto importantes para consolidar una base social necesaria para la sostenibilidad del gobierno.
Cualquiera de los escenarios será difícil para la población que ha creado riqueza y sólo ha encontrado desigualdad. Las puertas del bicentenario se abren para entrar en ella. A ver si entramos más mestizos, más nosotros, sin corrupción, más iguales y más libres.

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