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Opinión

¡Pídelo con educación!

Amelia Valcárcel ya le puso nombre, ‘La ley del Agrado’. Y dijo, cito textualmente, “toda mujer es educada en la ley del agrado, aunque no sea consciente de ello”. Todas las mujeres que estéis leyendo esto sabéis a lo que me refiero. A esa desazón, esa vergüenza que se genera en la boca del estómago cuando no eres lo que un hombre quiere que seas. Cuando dices lo que tu interlocutor no quiere oír. Cuando opinas y discutes. Cuando quieres que se te tenga en cuenta. Cuando tienes comportamientos tradicionalmente masculinos como la vehemencia o la agresividad, incluso la violencia. Porque sí, hemos sido educadas para, incluso en la discrepancia ideológica o al exigir nuestros derechos, ser educadas y comedidas.

 Y esta es la barrera que estamos rompiendo cuando públicamente tenemos discrepancias dentro del movimiento feminista o con activos de fuera del movimiento feminista. Cuando, hartas, nos cagamos en todo y ponemos barreras, límites, que siempre se conciben como agresivos en una mujer, como cuando contestamos con un insulto a un insulto. Observo un curioso comportamiento de la sociedad, tomando distancia de los problemas de los que adolece el feminismo actual. Primero con un “no entiendo esta polémica” para pasar a debatir únicamente sobre insultos, agresiones, exabruptos que se lanzan unas mujeres a otras en el fragor del debate. Porque, eh, las demás luchas sociales/políticas se pelean desde la paz, el amor y el respeto. Desde el bar hasta el Congreso, pasando por el campo de fútbol. Todo educación y buenas formas.

 No hay cuestionamiento ideológico, no hay información sobre el tema en cuestión, solo ruido. Ese es el debate sobre la controversia feminista, el ruido. Les molesta la agresividad femenina, les hiere en su subconsciente, casi sin ser conscientes de que ese rechazo ante una mujer vehemente está programado.

Este juicio a nuestras “formas” no es casual. Atiende a la no significación de la mujer. No podemos mostrar enfado porque generamos rechazo. No podemos articular una defensa agresiva porque generamos rechazo. Incluso en nuestros debates internos. Como un padre que riñe a su hija cuando exige algo que considera suyo: ¡pídelo con educación! El paternalismo del hombre, la sumisión de la mujer. Discute, exige, sin ofender demasiado, con una sonrisa; que tu cara no refleje el asco que sientes ante ese hombre, ante esa sociedad, ante ese jefe, ante esos ataques al movimiento feminista.

Los hombres, cuando generan disputas, generan en muchos casos conflicto violento, que no tiene por qué ser físico. Eso está normalizado, incluso es sano. La competitividad, el conflicto, se fomentan. Los hombres cuando dirimen sus diferencias ideológicas pueden llegar incluso a generar guerras. Belicosos y violentos. Está bien. Hay que defender lo tuyo, tus derechos. Qué curioso que cuando una mujer alza la voz, queda anulada la fuerza de su argumento.

Recordad, las mujeres tenemos que debatir bajito, sin insultos, con una sonrisa en la cara, pidiendo la vez para hablar. Debatamos la ley trans, la prostitución, los vientres de alquiler, el aborto… sentadas ante una taza de té, sonrientes y con las piernas bien cruzadas.

¿Imagináis un piquete laboral feminista, un corte de carretera fuego mediante organizado por mujeres que protestan por tantas cosas, una hostia en la boca de un agresor machista, imagináis un “por qué no te callas” de una mujer a un hombre en un debate público, imagináis una mujer que exige sus derechos negados a voz en grito, a una que se niega a explicar la opresión de la que es víctima y opta por la defensa violenta? Qué épico es ver a un hombre luchar por sus derechos, morir por ellos en una iglesia con un tiro de la policía en la cabeza, sentado en una carretera recibiendo porrazos, apagándose de hambre en una celda inglesa por unos mínimos derechos identitarios, gritando de dolor y denunciando después torturas ante un juez que va a ignorarlo, robando a las aguas del Mediterráneo almas pobres mientras grita a Europa ¡malditos seáis!, en una zona minera clamando “si no nos dejáis soñar, no os vamos a dejar dormir”.

Qué feo es todo esto en una mujer, ¿verdad, hipócritas?

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