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Cultura

Rock urbano: una crónica sentimental

Lo que verdaderamente resulta sorprendente es que en esta nueva búsqueda de la esencia de lo popular, periodistas de reconocido prestigio hayan obviado este fenómeno y que cuando alguna vez sale la palabra "rock" de su pluma es para hacer una crítica interesada sobre el rock radical vasco

Rock urbano escena historia
Aldo Borges.

Mayo de 2019 en Aluche. Dos amigos treintañeros, alcohol y Reincidentes de fondo. A mitad de concierto suenan las primeras notas de '¡Ay Dolores!', llega el estribillo y uno se emociona pensando en las miles de voces que, junto a Fernando, vamos a corear ese himno que uno cree imperdurable. Puño en alto, levanto la mirada y me veo prácticamente solo. Todavía no había llegado esta maldita expresión, pero en mi cabeza estaba resonando el ahora tan manido “OK, boomer”. Señoras y señores, damos comienzo a un viaje nostálgico a través de lo mejor de nuestro rock patrio.

Los orígenes

Como diría un ilustre carabanchelero, empecemos por el principio de los tiempos o, por lo menos, empecemos a poner las cosas en su sitio. ¿A qué nos referimos cuándo hablamos de rock urbano? Sin ánimo de hacer un tratado, hablamos del rock urbano como un género musical que tiene su origen durante el post franquismo en la periferia de las grandes ciudades de nuestro país.

Aunque es difícil generalizar, seguro que podemos estar de acuerdo en hablar de Leño no tanto como padres del género pero sí como sus mejores embajadores. Si bien la trayectoria del cuarteto fue corta, su líder, Rosendo Mercado, nos ha seguido regalando hasta no hace mucho algunas de las canciones que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva.

Y de Carabanchel damos el salto a la Txantrea, donde unos incombustibles Barricada desataban su ‘pasión por el ruido’ a la vez que en Ourense los hermanos Domínguez comenzaban a maullar sus primeras canciones en “Esta vida me va a matar”.

Nos encontramos a principios de los ochenta y ya se estaba cocinando una hornada de nuevos grupos que acabarían consolidando una escena en la que, además de los artistas nombrados, convivían el rock&roll de Platero y Tú, el punk de Reincidentes o el rock transgresivo de Extremoduro. Una pléyade de bandas que desfilaban cada año por el escenario ‘Matarile’ de nuestro Woodstock particular, el festival de Arte-Nativo ‘Viña Rock’ que ya lleva 24 ediciones a sus espaldas. En palabras de Rosendo, “nos han salido los dientes en el Viña y se nos van a caer en el Viña”.

Sin embargo, más que de un género musical, sería más correcto hablar del rock urbano como una escena, sobre todo a partir de la entrada del nuevo milenio, cuando desde Berriozar los Marea lanzan ‘Besos de Perro’, álbum básico para una generación que se encontraba en pañales cuando Extremoduro despuntaba con el ‘Agila’.

Tres corrientes en la escena

Así, y sin el rigor que merecería este artículo, la opinión subjetiva de este autor es que en el seno de la misma podemos identificar tres corrientes. La primera sería la encarnada por grupos como Porretas, que desde un rock ‘Made in Hortaleza’ que bebía del punk y de un primigenio rock urbano, coreaban himnos como ‘El Baile de los Sordos’, ‘Marihuana’ o ‘La del Fútbol’. Antes de que empezáramos a hablar de ‘barrionalismo’, Robe, Pajarillo Bode y Luis ya nos lo habían estaban metiendo por las orejas desde principios de los noventa.

Por otro lado, tenemos grupos como Reincidentes o Boikot, que si de etiquetas se trata, podríamos incluirlos en géneros como el punk o el ska. Bandas que nos acercaron al internacionalismo y que fueron las culpables de que muchas y muchos jóvenes engrosáramos las filas de la izquierda alternativa. No es casualidad que un joven militante del Partido Comunista que es hoy Vicepresidente del Gobierno propusiera cambiar la Joven Guardia por un himno como ‘Aprendiendo a luchar’. ¡Menuda herejía!

Por último, podemos hablar de un rock con pretensiones más poéticas, donde podemos ubicar a grupos como Extremoduro o sus discípulos Marea, que quizás son a día de hoy las grandes estrellas de esta escena. Bandas que acabaron dando paso a rockautores como Poncho-K o Albertucho, dos dignos epígonos de un género que lamentablemente se encuentra en franca decadencia.

Por supuesto, las fronteras trazadas en esta taxonomía no dejan de ser difusas, y sería injusto afirmar que bandas como Porretas únicamente hacían loas a sustancias adictivas y a una vida de desenfreno, o que grupos como Reincidentes o Boikot no eran más que un panfleto andante. Quizá podríamos hablar de Barricada como una de las bandas que acabaría sintetizando lo mejor de cada una de estas corrientes. En primer lugar por sus letras, donde encontramos canciones prototípicas del rock urbano como ‘Esperando en un billar’; canciones reivindicativas como ‘Balas Blancas’ o temas más profundos como ‘Deja que esto no acabe nunca’. Pero también por la evolución de su sonido, que se dejó influir por diferentes géneros siendo ejemplo paradigmático su disco ‘La Araña’, ese extraño y necesario experimento que tantos quebraderos de cabeza le acabó dando al Drogas y a los suyos.

En definitiva, que pese al paso de los años y las evoluciones personales de cada una de estas bandas, todas han acabado formando parte de una red que empezó a tejerse a finales de los setenta de las mano de Chapa y de una de las figuras más importantes de nuestra industria musical, el Mariskal Vicente Romero.

El silencio mediático: cómplice e interesado

Pero volvamos al inicio del artículo, ¿qué es lo que ha provocado que grupos emblemáticos como Reincidentes suenen apolillados?, ¿por qué una escena tan rica musicalmente y con tanto recorrido nunca ha gozado del favor de la crítica? Las razones creo son de sobra conocidas. La industria manda y no podía permitir que un grupo de greñudos, algunos subversivos y otros simplemente transgresores tuvieran un altavoz en nuestros informativos, en nuestros matinales o en nuestros escasos programas musicales. ¡Que se conformen con Rock FM!

Además, y permitidme que me ponga ‘hater’, el mercado ya estaba plagado de radio fórmulas, pop empalagoso y sobre todo de mucho reggaetón; poco hueco quedaba para hablar de los discos de oro y de platino que muchos de estos herejes guardan en sus vitrinas.

Sin embargo, lo que verdaderamente resulta sorprendente es que en esta nueva búsqueda de la esencia de lo popular, periodistas de reconocido prestigio hayan obviado este fenómeno y que cuando alguna vez sale la palabra "rock" de su pluma es para hacer una crítica interesada sobre el rock radical vasco en oposición a la Movida Madrileña. Por otro lado, resulta sorprendente que nuevos formatos televisivos de éxito no hayan apostado por entrevistar y darle voz a muchos de los protagonistas de esta historia, salvo dos entrevistas a grandes 'popes' como Robe o Evaristo, por el Teatro Arlequín han pasado pocos ‘resistentes’.

En cualquier caso de victimismo tampoco se vive, y es cierto que en muchas ocasiones nuestra curtida barriga cervecera nos ha impedido mirarnos el ombligo. En primer lugar, poco ha ayudado la búsqueda de la sempiterna pureza, una actitud que en muchas ocasiones nos ha autorelegado a los márgenes de los márgenes.

Además, mucha de la crítica a otros estilos musicales –de la que este autor ha pecado en párrafos anteriores– nos ha hecho ganarnos la fama de clasistas por mirar con desprecio a géneros musicales que gozan de gran audiencia entre el público mayoritario.

Siguiendo con el látigo, tampoco ayuda la escasa promoción a nuevos artistas por parte de los que siempre fueron nuestros grandes altavoces. No me gusta señalar, pero a lo mejor no hacía falta que muchos de nuestros referentes perdieran los dientes en estos grandes festivales.

Por último, y no por ello menos importante, sorprende la escasa producción bibliográfica y audiovisual sobre esta escena. Salvo honrosas excepciones como el libro ‘La calle no calla!! Historia del rock urbano en España’ de Chema Granados o el proyecto de documental ‘Rock Urbano, la voz del pueblo’, el resto de obras se han centrado en biografiar a algunos de los principales grupos y en ediciones de muy poca tirada. No es normal que ‘De Profundis’, la biografía autorizada de Extremoduro, se encuentre descatalogada.

Quizás todo esto nos ha hecho ganarnos la fama de orgullosos ‘boomers’ y sobre todo de nostálgicos que se niegan a sumergirse en las nuevas olas con las que pretende empaparnos la industria. Por suerte no es mi caso. La única intención del artículo es aprovechar este megáfono para poner en valor una escena musical que a este autor le ha regalado algunos de los mejores momentos de su vida.

Por último, no quería poner punto y final sin pedir disculpas a todos aquellos grupos a los que por motivos de espacio he tenido que dejar fuera, lamentablemente este artículo tampoco ha ayudado a visibilizarlos. Sólo espero que estas líneas sirvan para poner nombre a nuevas y viejas bandas que, a pesar de los pesares, siguen ‘locos por incordiar’.

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