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Opinión

Se apagó el grito del rock más reivindicativo

MARIANO MUNIESA

Quizá mucha gente no lo sepa, pero su nombre real era Francisco Javier Hernández Larrea. Fan apasionado del gran guitarrista y cantante irlandés Rory Gallagher –me lo contó en alguna de las muchas entrevistas que tuve la oportunidad de poder hacer con él, una de ellas en el verano de 1995, cuando murió el propio Gallagher, para la revista Kerrang!, en la que yo estaba de redactor jefe– y de Rosendo, al igual que sus compañeros de Barricada.

Chaval de clase obrera, hijo de la Txantrea, barrio combativo de la Pamplona roja, abertzale y luchadora, Boni fue además de un músico de rock’n’roll sincero, entregado y auténtico, una pieza clave en un grupo sin el cual no puede entenderse ni la propia historia del rock estatal, ni quizá muchas de las historias personales, individuales de toda la generación que despertamos al rock más reivindicativo, rebelde y radical a mediados de los 80. ¿Hace falta decir a qué grupo me estoy refiriendo?

Lo recuerdo perfectamente: era comienzos de 1984, y la primera vez que escuché a Barricada fue en una de aquellas legendarias emisiones del programa de radio “Disco-Cross” de Mariano García en la hace muchos años desaparecida Radiocadena Madrid FM, con aquella mítica “Esto es una noche de Rock’n’Roll” de su no menos mítico disco debut. Pocos meses antes, sus reconocidos mentores, Leño, habían anunciado su separación, y en muy poco tiempo, y sin ellos pretenderlo deliberadamente, Barricada se convirtieron en los herederos naturales de Leño, el grupo de rock urbano de la capital del estado que creó toda una forma de entender el rock como lenguaje para expresar un sentimiento de rebeldía, que con Barricada se tornó en un vehículo de protesta contra lo que la juventud de aquellos convulsos años 80 sufría, básicamente el paro, la marginación, la falta de oportunidades y, muy especialmente en Euskalherria, la represión, las detenciones ilegales, la opresión policial y los constantes abusos, e incluso en algún conocido caso, crímenes perpetrados por las fuerzas de seguridad del Estado amparándose en la coartada de la lucha contra ETA y el “terrorismo”.

Radicalmente honestos, duros, crudos, sinceros y logrando transmitir puro sentimiento desde su energía tanto en sus discos como en sus impresionantes descargas en directo, Barricada fue un grupo que, como he dicho tanto en mi post de Facebook como en otras publicaciones que me han pedido en relación con la muerte de Boni, a mi generación nos marcó de por vida. Fue el grupo que si no nos despertó lo que pudiéramos llamar una conciencia política a través del rock, sí por lo menos nos estimuló la rebeldía, la protesta, el no quedarnos callados ante lo que nos oprimía: bien fueran los abusos policiales de aquella época –yo fui testigo en esos años de detenciones a golpes de porra policial a la salida de conciertos en el ya desaparecido Pabellón de Deportes del Real Madrid a chavales cuyo único delito era llevar el pelo largo o una camiseta de Iron Maiden al grito de “vamos, piojoso, que te vamos a duchar y enseñar a ser un hombre en comisaría”– o la represión a base de gas lacrimógeno que los monos empleaban contra los estudiantes que en aquella época nos manifestábamos contra el incipiente proceso de privatización de la educación universitaria y que decían que estábamos manejados por “terroristas”.

Barricada sufrieron en sus carnes la dentellada de la censura, como no podía ser de otra forma en aquellos años siendo un grupo vasco: su propia compañía discográfica se negó a editar en 1988 las canciones “En nombre de dios”, visceral ataque a la hipocresía de las capas dirigentes del clero católico y “Bahía de Pasaia”, que ponía el dedo en la llaga sobre la guerra sucia ejercida por las fuerzas de seguridad clandestinamente cantando sobre uno de los muchos episodios de crímenes perpetrados por las fuerzas de seguridad del Estado español en Euskalherria.

Años más tarde, Barricada fueron cediendo ese liderazgo, ese protagonismo como emblema del rock más reivindicativo a grupos como Soziedad Alkoholika o Su Ta Gar, y su separación hace algunos años se produjo de una manera realmente entristecedora, en tanto que evidenció profundas y amargas diferencias entre ellos.

No obstante, hoy quiero recordar mis buenos tiempos con, para mí, “los Barri”, mis “Barri”. Desde aquel desastroso concierto con lluvia y un equipo que no funcionaba ni a tiros en las fiestas del barrio madrileño de Hortaleza en 1995 a los conciertos de Leganés en 1989 con balas de goma y gas lacrimógeno cortesía de las fuerzas del orden, su histórico show en la primera edición del “Monstruos del rock de aquí” de julio de 1994 en la Plaza de Las Ventas o la grabación en directo, en la cual pude estar presente en la Plaza de toros de Iruñea de aquel disco en vivo llamado ‘Salud y Rock’n’Roll’ de 1997.

Conocí a Boni en persona y siempre tuve una relación muy cordial con él. De hecho, tengo una anécdota muy significativa de cómo era su carácter, tímido y nada dado al protagonismo, pese a ser la voz de Barricada en muchos de sus clásicos: habitualmente, siempre que Barricada venían a Madrid a hacer promoción de sus nuevos lanzamientos, venían a mis programas de radio los cuatro miembros del grupo, pero siempre hablaban el Drogas, o Alfredo, o Fernando, pero Boni casi nunca decía nada. Es más, una vez de las que les entrevisté, Boni no solamente no dijo en toda la entrevista ni esta boca es mía, sino que me dio la impresión de que estaba demasiado serio, casi incómodo, y al terminar, me acerqué a él y le dije: “Oye, Boni… ¿pasa algo, tío? ¿he dicho algo que te haya incomodado? No has dicho nada en toda la entrevista…” y entonces se echó a reír y me dijo: “no, tranqui, no pasa nada, hombre… Alfredo y el Drogas ya se saben explicar, yo no soy mucho de hablar en entrevistas”.

Hace cerca de tres años, a Boni se le diagnosticó un cáncer de laringe, que se le trató mediante una operación quirúrgica que salvó su vida en ese momento pero a resultas de la cual, por desgracia, perdió la voz. Desde entonces se alejó del foco mediático hasta que este pasado viernes, recibimos la demoledora y tristísima noticia de su fallecimiento.

Con Boni se va la que fue la voz de muchos de aquellos seguidores de rock duro, como yo, que en esas guitarras cargadas de distorsión y wattios, además de evasión, encontramos letras, estrofas, ideas y versos que nos hicieron pensar y nos abrieron los ojos a realidades que solo conocíamos superficialmente, como era la dureza de la Euskalherria de los años de plomo.

Hoy al recordarle, como dije en mi Facebook, siempre le agradeceré que nos hiciera disfrutar y pensar, desparramar y reflexionar.

Boni… ¡Dales acción en la calle!

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