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Sobre botellones y el concepto de ocio

El fin del Estado de alarma hace una semana se saldó con macrobotellones en las plazas, miles de personas reunidas, muchas sin mascarilla y una indignación considerable entre quienes se temían que la recuperación de nuestros derechos fundamentales se convirtiera en una mala noticia por la irresponsabilidad de muchos.

En las redes sociales no han faltado quienes clamaban rabiosamente el día después contra la juventud por su irresponsabilidad e inconsciencia. Tirar la primera piedra a la juventud viene siendo el recurso predilecto de mucha gente, aunque se viera que muchos de quienes se congregaban el día 9 contaban veinte años, solo que un par de veces. Aun así, es evidente la irresponsabilidad que aparentemente caracteriza a una cantidad considerable de la población. Sobre todo, viendo que los botellones en los parques y en las plazas no es más que la continuación de las fiestas ilegales que hasta ahora se han estado dando en pisos y otras propiedades privadas, y que este fin de semana ha vuelto a haber congregaciones masivas por muchas ciudades del país. Si algo hemos ido aprendiendo a lo largo de nuestras vidas, es que la verdad, como las cebollas y los ogros, está compuesta de capas. Por ello, la (indudable) inconsciencia o irresponsabilidad no puede ser el único factor.

Cabe destacar la cuestión más evidente; que nuestra sociedad tiene una visión muy interiorizada y arraigada del ocio y la socialización a la borrachera y el consumo de otras drogas. Pero eso no puede ser razón suficiente para caer constantemente en un modelo de ocio que, no solo no es especialmente positivo per se, sino que en medio de una pandemia se torna un verdadero peligro.
Una de las razones es la falta de posibilidades, y no por variedad existente, sino por alternativas materiales para acceder a ocio variado, y la razón es bien simple. Para ir al cine, al teatro, a museos, a conciertos, para adquirir libros... hace falta dinero. A ello se une el hecho de que la precariedad en general y la juvenil en particular, está a la orden del día, y si cobras mil euros con suerte, y encima estás viviendo de alquiler, todo ese ocio cultural se vuelve un lujo muy por encima de tus posibilidades. Si además recordamos el IVA cultural del 21% que aún pesa sobre estos productos desde que se implantara hace años, tenemos una capa más.
Ahora bien, que el ocio cultural sea caro y las condiciones laborales vergonzosas no son únicamente las razones, por supuesto. Se nos ha metido en la cabeza desde el inicio de esta pandemia la necesidad de salvar la hostelería, algo absolutamente necesario, por supuesto, cuando además es un sector que ha sufrido una estigmatización inmerecida en comparación con otros sectores igualmente peligrosos pero sobre los que no se ha puesto tanto el foco. El problema es que para salvar la hostelería, se ha apelado a nuestra contribución directa, a consumir en los bares, transmitiendo para ello la idea que de esa forma no solo salvábamos el empleo de miles de personas, sino también nuestro propio ocio. Como si la forma por antonomasia de socializar, estuviese estipulada en tomar cervezas en una terraza. En verdad, esa es exactamente la forma normativa bajo la que culturalmente hemos aprendido a entender el ocio, y es una preocupante premisa que deberíamos revisar.

Si no se ofrecen oportunidades de ocio deportivas, mas allá de hacer equipos deportivos, si no hay parques en los que llevar a cabo actividades, si no hay planes públicos para ello (porque el ocio y la cultura no son "productivos" al contrario que el alcohol, que se realiza mediante el consumo), la opción más fácil y barata para la gente se convierte en sentarse en una mesa –previo consumo- y beber.

Algun@s tertulianos han comentado que 10 años después del 15M, las plazas ya no se llenan de gente indignada, sino de gente buscando emborracharse. Es una afirmación no exenta de razón, y eso no deja de tener cierto dramatismo, porque las mismas razones que relegan a esa juventud sin futuro, sin dinero, sin posibilidad de ocio, a socializar mediante la bebida a falta de otras alternativas, no deja de ser reflejo, y parte de las consecuencias inmediatas de las mismas razones que 10 años atrás sacaron a la gente a buscar una reformulación del sistema. Todo está revestido de política, el ocio también, dadas las condiciones materiales, económicas y en definitiva estructurales que lo rodean.

No me malinterpreten, hay un preocupante caso de infantilismo en una importante parte de la sociedad, la cual ha asumido que salir de fiesta para emborracharse en medio de una puñetera pandemia es un derecho. Culpar a la ciudadanía a veces resulta acertado, y necesario en democracia, que precisamente asume que su ciudadanía es madura. Pero esa crítica necesariamente debe ir acompañada al modelo de sociedad en el que viven y que explica parte de su comportamiento. No se ha invertido en la cultura, fomentarla nunca ha sido una prioridad, debido a una filosofía de mercado en la que lo único útil es aquello que "genera riqueza", entendiendo riqueza por beneficio tangible, es decir, monetario. Al final, nos encontramos con una masa poblacional que no tiene suficientes ingresos o directamente ninguno para acceder a espacios culturales encarecidos, los cuales no se financian por percibirse como bienes no productivos. Colectivos a quienes tampoco se da facilidades para acceder a dichos espacios pero a los que al mismo tiempo se anima a salir a consumir en terrazas para "disfrutar" y salvar la economía. Nuestros gobernantes nos han tratado a lo largo de la pandemia como a niños, manejando la gestión de la pandemia de manera paternalista, conminándonos a "salvar" la navidad, la semana santa y pronto el periodo de verano, pero regañándonos por contagiarnos después. Y cuando a uno le tratan como a un niño durante más de un año, acaba adoptando comportamientos infantiles.

El fin del Estado de Alarma era necesario, los casos de macrobotellones, vergonzosos, pero poner el foco en el individuo ignorando todo el conjunto de circunstancias que han llevado a este hartazgo, es erróneo. Una sociedad se mide desde muchos factores y prismas, y la capacidad de su ciudadanía de ejercer el derecho al ocio es uno de esos prismas, reformularlo implica una reformulación a su vez del conjunto de funcionamientos, pero para ello hay que mostrar disposición a cambiarlos, y a salir a la calle para llevarlos a cabo, pero no para emborracharse.

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1 Comentario

1 Comentario

  1. Enrique HJ.

    22 de mayo de 2021 17:50 at 17:50

    Totalmente de acuerdo con las opiniones del autor. Me parecen muy acertadas.

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