fbpx
Síguenos en

Búsqueda

LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS

Inicio de sesión ¡Bienvenido/a de vuelta!

¿No tienes cuenta en LA ÚLTIMA HORA NOTICIAS? hazte socio/a ahora

La Librería

¿Tiene identidad de género la literatura?

¿Tiene identidad de género la literatura? ¿Existe la escritura femenina? ¿Qué especificidades son realmente detectables en una obra para que esta se pueda considerar femenina o masculina? Y, sobre todo ¿acaso importa?

Múltiples textos en torno al acto de escribir desarrollados desde una perspectiva crítica, y sobre todo a raíz de la creación literaria desarrollada en Francia en los años 50 (el Nouveau Roman), hablan de la desposesión del individuo en la creación literaria, del no ser, de la presencia ausente que, desprovista de un «yo», puede posicionarse en un espacio único desde el que construir un universo literario. Por eso tiene sentido que, desde este punto de vista, ser una «mujer escritora» parezca algo totalmente absurdo (al igual que lo es ser un «hombre escritor», un «anciano escritor» o cualquier marca de individualidad que se supone impregna la obra). A este respecto, Nathalie Sarrute reflexionaba en su entrevista con Sonia Rykiel: «Cuando estribo no soy ni hombre ni mujer, ni gato ni perro. No soy yo. No existo». Idea que, en esencia, no deja de coincidir con aportaciones de otras autoras que consideran parte fundamental del acto de escribir la desposesión del ser.

En Écrire, Marguerite Duras habla de la soledad de la escritura como esa «soledad sin la que la escritura no se produce», reflexión que me gusta unir a la de Maurice Blanchot quien, en su L'espace littéraire dice a este respecto: «cuando estoy solo, no soy yo quien está aquí, y no es de ti de quien estoy lejos, ni del mundo. Cuando estoy solo, no estoy». En ambos casos se habla de esa soledad necesaria para el acto de escribir que permite al individuo no ser, precisamente gracias a que está solo (inevitable pensar aquí en los fragmentos del Corpus Hermeticum cuando, haciendo referencia a Dios, se dice: «Dios es uno. Y aquel que es uno es innombrable; porque no precisa de un nombre, ya que permanece solo»), y de aquí, si se me permite el salto, tengo que ir a Simone Weil y sus reflexiones en torno a la persona y lo sagrado, concretamente cuando dice: «Todo lo que es impersonal en el ser humano es sagrado, y solo eso». Autores postestructuralistas como Barthes hablarán de la muerte del autor, del grado cero de la escritura y de la escritura blanca para designar esa desposesión del ser, la irrelevancia del sujeto escribiente. Como un último ejemplo más de la búsqueda de la autotrascendencia, dice Santa Teresa de Jesús en El libro de la vida: «Cuando el arrobamiento es completo, no hay ya de nuestra parte ninguna acción, ninguna operación, la consciencia parece aniquilada, así́ como el movimiento del cuerpo. (...) En el éxtasis, el alma no ve, oye ni siente».

En definitiva: las grandes reflexiones en torno a la teoría de la literatura han girado sobre el eje de la individualidad y la importancia de aniquilarla para poder trascender de nosotros mismos y convertirnos en universales a través del texto.

Pero, volviendo al elemento central de esta reflexión, al igual que los grandes autores (que no autoras) no requieren de aclaración sobre su género, pues se da por hecho que su producción es universal, tampoco debería ser necesario concretar el género de la autora para ello, pues de nuevo estaríamos cayendo en eso que hace que los hombres sean lo general y las mujeres lo específico, el hombre el centro y la mujer la periferia, el hombre lo normal y la mujer lo que necesita aclaración, porque no puede hablar por toda la humanidad, sino tan solo de sí misma.

Recogiendo estas reflexiones, es inevitable preguntarse: ¿Se puede evitar el esencialismo para hablar de escritura femenina? ¿Existe realmente una experiencia femenina de la escritura? ¿Existe realmente un elemento que haga de la literatura escrita por mujeres algo tangencialmente distinto a la escrita por hombres? A este respecto se han procurado múltiples respuestas desde la crítica feminista: el llamado «feminismo de la diferencia» considera y defiende que hay una esencia femenina, algo que nos hace diferentes y con lo que abanderarnos. El llamado «feminismo de la igualdad» elimina los determinismos biológicos: la experiencia de vida femenina viene determinada por una serie de condicionantes culturales y sociales que la hacen diferente a la masculina, pero a su vez diferente a todas las demás: no existe “una experiencia femenina”, cada experiencia de la vida desde una subjetividad femenina es única.

Desde la crítica feminista que aboga por la defensa de una escritura esencialmente femenina, se considera que lo corpóreo femenino se plasma en las formas estilísticas que se han considerado típicamente femeninas, pudiendo identificarse una escritura femenina y una masculina. Sin embargo, esta consideración entra en muchos terrenos pantanosos. El primero de ellos es el que considera que existe una esencia femenina en la que solo tienen cabida mujeres cis. El siguiente pantano en el que nos sumerge este planteamiento ocurre cuando se constituye una suerte de espacio homogeneizador de la experiencia femenina: carente de individualidades, única, definible, detectable. Un subgénero literario específico más. A este respecto, plantear las categorías «hombre» y «mujer» como entidades estables, homogéneas, libres de contradicciones y definibles a priori es exactamente lo que hace el discurso hegemónico: elimina contradicciones, individualidades, diferencias, y considera que la experiencia universal de la mujer y del hombre es única y que todo lo que se salga del esquema está condenado a la inexistencia.

En conclusión, podríamos decir que existe cierto dilema según el cual, por un lado, queremos obviar el hecho de que un texto haya sido escrito por una mujer porque la verdadera experiencia literaria (si es que tal cosa existe) trasciende de lo individual. Por otro lado, resulta de vital importancia que la literatura creada por autoras femeninas abandone la periferia y conquiste el centro para, precisamente, desposeer del carácter universal y general del que disfruta la escritura creada por hombres. El punto de unión entre estas dos cuestiones reside en una idea muy sencilla: la escritura femenina existe en cuanto a una socialización cultural que nos otorga la perspectiva desde la cual escribimos. ¿Significa esto que hay un elemento detectable que convierte en “femenina” la escritura creada por mujeres? No. ¿Significa esto que debemos ignorar si compramos un libro escrito por un hombre o una mujer porque lo importante es el texto?: me encantaría decir que sí, pero creer que elegimos libremente el libro que leemos es pecar de inocente: ¿Cuántos libros escritos por mujeres aparecen recomendados en los segmentos culturales del periódico? ¿Cuántos libros escritos por mujeres copan las mesas de novedades? No nos dejemos llevar por la corriente de la cultura escrita y sostenida desde la perspectiva hegemónica, seamos activos en nuestro consumo de cultura, y tal vez algún día deje de tener sentido hacernos estas preguntas.

Comparte esta noticia

TE NECESITAMOS PARA SEGUIR CONTANDO LO QUE OTROS NO CUENTAN

Si piensas que hace falta un diario como este, ayúdanos a seguir.

HAZTE SOCIO por 5 euros al mes

Click para comentar

¿QUIERES AÑADIR UN COMENTARIO?

HAZTE SOCIO/A AHORA o para poder comentar todas nuestras noticias

TE NECESITAMOS PARA SEGUIR CONTANDO LO QUE OTROS NO CUENTAN

Si piensas que hace falta un diario como este, ayúdanos a seguir.

HAZTE SOCIO por 5 euros al mes