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Política

Triunfos y consensos olvidados del 15M

Cualquier proceso de emancipación popular no puede hacerse sin la alianza de las clases medias y populares

Nueve años hace ya de aquel 15M que sorprendió a propios y extraños y que lanzó al mundo la idea de que España no era ya aquel país tranquilo fruto de 40 años de franquismo. La salida a las plazas de una generación indignada significó también la ruptura con el franquismo sociológico, el miedo de los padres y madres que hicieron la Transición y que todavía seguían hablando bajito de política, no fuera a ser que trajese problemas.

El 15M representó muchas cosas, casi todas buenas, pero la mejor lección de aquel momento histórico fue que cualquier proceso de emancipación popular no puede hacerse sin la alianza de las clases medias y populares; que una funcionaria que gana 2.500 euros al mes, con 14 pagas, su mes de vacaciones y su segunda residencia en la playa, entendiera que sus intereses y despertares son los mismos que los de otra señora que vive en Vallecas, friega escaleras por 900 euros al mes y se las ve y se las desea para llegar a fin de mes con la nevera llena.

El éxito del 15M, luego trasladado a lo electoral con el surgimiento de Podemos que se situó en el 21% de votos, fue la combinación de los deseos de una sociedad mejor de la gente que lleva toda la vida mordiendo la tierra y quienes vieron que sus sueños aspiracionales se bloqueaban ante una crisis que iba dejando por el camino a sectores que nunca pensaron que se verían detrás de una pancarta para defender su modo de ganarse el pan.

El 15M son los taxistas, sector tradicionalmente conservador, movilizados y poniendo propaganda gratis de Unidas Podemos en sus vehículos; el 15M es el personal sanitario abrazando hospitales en defensa del sistema público de salud; el 15M es un autónomo o un pequeño empresario con 15 trabajadores que sabe que su enemigo no son las clases populares sino las grandes multinacionales y superficies comerciales.

El 15M es también el movimiento antidesahucios que salvó a mucha gente sencilla del suicidio y de la depresión y recordó al mundo entero, también a quienes pensaron que por ganar 2.500 euros estaban protegidos de por vida, que la diferencia entre un techo y el raso de la calle son dos meses sin ingresos.

El 15M es también el movimiento feminista que emergió en 2018 y se hizo popular para cambiar el mundo y no como un lobby teórico e identitario. El 15M son también las kellys de los hoteles españoles que se organizaron sindicalmente para señalar la maldad ideológica del modelo turístico y que, a pesar de que llegó a tener ganancias de dos dígitos, nunca encontró el momento para repartir los beneficios con las trabajadoras esenciales de los hoteles, sin las cuales no puede existir el negocio de alquilar habitaciones por días o semanas.

La impotencia de los ricos

El mismo surgimiento de Vox, el 15M de los poderosos, un grito de impotencia de quienes ven que pueden empezar a perder sus privilegios, es el triunfo de aquella cita de hace nueve años que colocó en la agenda mediática y política que no somos mercancía en manos de banqueros, que no hay democracia si no hay redistribución de la riqueza, que los medios de comunicación no nos representaban porque respondían a sus dueños oligárquicos o que un país, que deja caer por el acantilado de la pobreza y desigualdad a su gente, no tiene futuro porque es imposible construir nada sobre sueldos de 650 euros y ciudadanos con dolor al futuro.

El Gobierno de coalición es también la victoria del 15M aunque las almas más puras de aquella efeméride piensen que entonces se gritaba “PP y PSOE la misma mierda es” y hoy el partido que parió el 15M gobierna junto con el de la reforma del artículo 135 de la Constitución, los recortes, la agilización de los desahucios y el que puso por delante la seguridad de los bancos a la de los españoles.

Siendo verdad que el PSOE ha sido y es el gran tapón para cualquier cambio profundo en nuestro sistema político, por aquello de que en su seno conviven el alma neoliberal que privatizó los principales sectores estratégicos de nuestra economía y quienes abogan por aprobar el impuesto para las grandes fortunas, no es menos cierto que el PSOE vivió su propio 15M, del que salió despedido Felipe González a través de la derrota asestada a su pupila Susana Díaz, que tiene los días contados al frente del PSOE andaluz.

Siete millones de personas protegidas

Que la crisis del coronavirus esté devolviendo al Estado su papel dinamizador en la economía, que haya siete millones de personas, el 31% de la población, protegidas por las prestaciones sociales del Gobierno de coalición, que se vaya a aprobar en junio el ingreso mínimo vital, que el PSOE finalmente no tenga más remedio que aceptar el impuesto a las grandes fortunas y que el retroceso de Ciudadanos haya obligado al PSOE a mirar a su izquierda para gobernar es también una victoria del 15M.

Quienes siempre están esperando a que la revolución aparezca a la vuelta de la esquina creyeron que el 15M iba a significar la llegada de la utopía socialista, pero en el fondo, y quien pisó alguna vez una asamblea quincemayista lo sabe, lo que la mayoría de la gente quería era reestablecer los pactos de convivencia que nos dimos con la Constitución del 78 y que se rompieron con la salvajada neoliberal impulsada primero por Felipe González, cimentada por José María Aznar y tolerada por José Luis Rodríguez Zapatero.

El mejor homenaje que se le podría dedicar al décimo aniversario del 15M, el año próximo, es entender que el espacio político nacido en las plazas debe buscar la manera de reconciliarse, que 35 diputados son muchos hoy pero mañana pueden no servir para que el PSOE vuelva a las andadas y recupere su agenda neoliberal.

La división posterior, más allá de egos y conflictos personales, fue la ruptura del consenso que significó el triunfo del 15M. Sería deseable recuperar esta alianza para que el quincemayismo sea algo más que una fecha en el calendario que emocione solamente a los nostálgicos.

O lo que es lo mismo, el 15M no morirá nunca si se reedita la alianza de aquella alta funcionaria del Estado que gana 2.500 euros y que nunca había cantado La Internacional, pero que abrió los ojos cuando sus hijos se vieron obligados a emigrar a Berlín cargados de títulos universitarios y aparatos digitales, con los deseos de derogar la reforma laboral de la limpiadora de Vallecas que votó toda su vida al PSOE hasta que el puño y la rosa le pareció poco valiente y encontró una opción que hablaba como ella y del universitario que se emociona con las canciones de Los Chikos del Maíz y que cree que la revolución es posible.

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