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El Megáfono

Un falso cura, el chófer y un diputado por Ávila

falso cura

Por José Javier Alonso Reyes.

"Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido el Perú?".

Con estas líneas comienza Conversación en la Catedral, una de las mejores novelas de Mario Vargas Llosa, en la cual, el niño Zavala y el zampo Ambrosio hablan sobre su pasado y su presente, sobre la corrupción de las instituciones en el Perú bajo la dictadura de Odría, hablan de represión y de la impunidad de quien la ejerce.

Muchas de las acciones transcurren en burdeles, bares o en fiestas privadas que se prolongan hasta altas horas de la madrugada, donde se cruzan hombres de negocios, políticos, policías con tahúres de todo tipo, en los años del "Ochenio Odrista” (1948-1956).

A pesar de la distancia en tiempo –sesenta y cuatro años– y espacio –Perú y España–, si una persona leyera la novela, no encontraría demasiadas diferencias entre la historia del país andino y las informaciones que van apareciendo en prensa sobre el Caso Kitchen en nuestro Estado.

Esta última, comienza de manera más chusca: hace unos años tuvimos conocimiento de un sainete montado por una persona, quien, haciéndose pasar por sacerdote, entró en el domicilio del extesorero del PP, Luis Bárcenas, con intención de robar unos documentos e intimidar a la familia. Por este trabajito, Olivares –así se apellida este hombre captado por los mandos policiales que dirigieron el espionaje– cobró 10.000 euros.

Este sacerdote de carnaval quizá sea el único personaje que esta trama no ha plagiado de la susodicha novela, porque en la Operación Kitchen, al igual que en el Perú descrito por el Nobel de literatura, también aparece la figura de un chófer ávido por lucrarse a toda costa, que llega a cobrar directamente de los fondos reservados 2000€ al mes, según las informaciones recogidas en diferentes diarios, y a quien posteriormente se le premia con un puestito en la Policía Nacional a la tierna edad de cuarenta años.

Asimismo, encontramos un personaje similar a Cayo Bermúdez, un segundo en el ministerio. Secretario de Estado de Seguridad, Francisco Martínez, se llama este secundario en nuestra versión más castiza y carpetovetónica, encargado de servir de nexo entre estos esbirros a pie de calle y los autores intelectuales que pisaban las moquetas del Congreso. Para mantener a este señor contento, entiendo, le ofrecerían ascender en el escalafón con algún ministerio, pero esto ya son elucubraciones mías.

Y en la cúspide de esta estructura piramidal, hallamos presuntamente a M. Rajoy, el Presidente, nuestro Odría, quien está informado de todos estos tejemanejes pero no los desautoriza, porque es un chico tan capaz, que es capaz de cualquier cosa, como decían de Andreotti, para mantener el poder.

Para terminar, nos encontramos con un diputado por Ávila que no sabe nada, no conoce a nadie, que todo lo hace por amor a la patria, que pasaba por Génova 13 como por la Universidad de Harvard siendo vicesecretario de comunicación de ese partido del que usted me habla.

El problema deviene porque ni esto es una novela, ni la persona que escribe un gran escritor, entonces, en vez de tener un magnífico libro, nos encontramos con un sistema corrupto, que ha horadado la reputación de las instituciones que debieran de velar por la seguridad del Estado y de sus ciudadanos.

Y todo esto lo han hecho solamente para salvaguardar a sus nombres, para esconder la presunta corrupción de su partido, sin importarles lo más mínimo el daño ocasionado al Estado que tanto dicen querer.

Para ello, han dilapidado dinero público que debería haber sido empleado, por ejemplo, en otorgar de mejores medios a policías o guardias civiles, concediendo plazas de funcionarios públicos.

Pero lo más atroz de todo, vendrá cuando pasen unos pocos años. Estos mismos que dicen no saber conocer estos hechos, vendrán hablando de meritocracia, de amor a la España... y no pasará nada.

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