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Política

Una experiencia agridulce

No hay derecho a que una familia, la de Irene Montero y Pablo Iglesias, tenga que soportar durante meses a estos energúmenos. Pero entonces… ¿Por qué nadie hace nada? Quizás y solo quizás esta pregunta tengamos que hacérsela a Marlaska

Una experiencia agridulce
Alrededores del domicilio de Irene Montero y Pablo Iglesias en la localidad madrileña de Galapagar

NACHO ANTELO–

Hace calor en Galapagar, es 30 de julio y el reloj marca las 20:40. La última vez que estuvimos aquí, la calle estaba atestada de exaltados aferrados a sus banderas, y el pequeño retén de la Guardia Civil apenas podía contenerlos. Un mes y medio después, nos sorprende la calma que rodea a esta pequeña urbanización de clases medias situada  a las afueras de Madrid: algún vecino pasea con su perro, otro nos saluda montando en su bici y una pareja joven pasea con sus hijos.

Antes, el silencio y la tranquilidad eran un privilegio que ninguno de ellos se podía permitir; a principios de junio, los gritos, los insultos y las amenazas se mezclaban con el himno nacional, el de la legión o el ‘Viva España’ de Manolo Escobar, formando una especie de absurda amalgama fascista. Ya, ya sé que esta descripción parece muy chusca, pero es lo que hay o, al menos, lo que había.

Hoy parece que la cosa pinta mejor, ya han pasado diez minutos y todo sigue en calma. A lo lejos divisamos a uno de ellos, el hombre ronda los 70: pelo blanco, corta estatura, barriguita, en realidad es la típica persona que te puedes encontrar en la cola del supermercado o en un banco del parque cuidando de sus nietos. Pero son los detalles los que nos revelan que no estamos delante de una persona normal. Por un lado, camina con cierto aire marcial, es como si su cuerpo echase de menos el uniforme, por otro tiene una mirada peligrosa, casi desbocada, sus ojos te transportan a tiempos más oscuros, tiempos de detenciones, amenazas y torturas, tiempos de la Dirección General de Seguridad. El tipo se acerca con total impunidad a nosotros y nos graba con el móvil. Lo peor es que aún no son las nueve y ya no está solo; a aquel abuelito de alma oscura se han unido unas cuantas personas, todos viejos conocidos: una señora que nunca se pone la mascarilla, otra más joven con cierto porte aristocrático, y así, poco a poco nuestros viejos enemigos se van congregando a las puertas de la casa de Irene y Pablo.

Un tipo fondón, de aspecto simiesco, tez morena, pelo corto y rostro embrutecido

El penúltimo en llegar es uno de mis preferidos. Es un tipo fondón, de aspecto simiesco, tez morena, pelo corto y rostro embrutecido. Este no transmite un miedo atávico como el abuelito, este da miedo al instante, lleva el coche repleto de banderas de España, el himno a toda potencia y la boca llena de insultos: “piojosos, comunistas, perroflautas, feminazis…”, y por supuesto de amenazas: “te voy a violar, te voy a rajar el cuello…”. Siempre que lo veo, me lo imagino momificado y expuesto en una urna de cristal en algún museo antropológico del futuro, con una placa que diga algo así como: “Este espécimen del siglo XXI apenas sabía leer y mucho menos escribir, pero siempre lo dio todo en la lucha contra la Democracia”.

Al final se juntan diez o 12 (en los buenos tiempos era más de 200). Eso parece hacer algo de mella en su determinación, algunos arrastran los pies y miran al suelo con cierto aire de resignación como si ese peregrinaje a Galapagar se hubiese convertido en un trabajo rutinario. Otros enarbolan sus banderas sin mucho ímpetu, mientras el abuelito nos sigue grabando y el estereotipo de fascista nos sigue insultando.

Nosotros nos vamos de allí con un sabor agridulce mientras varios coches de la Guardia Civil aparecen en escena, nuestra presencia debe de haber disparado algunas alarmas. Por un lado, estamos contentos porque son muy pocos y ya no pueden gritar ni martillear los oídos de Irene y Pablo con canciones de Manolo Escobar. Por otro, nos resulta inconcebible que la Guardia Civil no haga nada por evitar este acoso sistemático, no hay derecho a que una familia tenga que soportar durante meses a estos energúmenos. Pero entonces… ¿Por qué nadie hace nada? Quizás y solo quizás esta pregunta tengamos que hacérsela a Marlaska.

Mientras tanto, nosotros seguiremos alerta.

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