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Ciencia/Tecnología

Una pandemia es más que muchas epidemias

Europa tiene que armarse con un potente centro de investigación para que también podamos hablar de la vacuna europea y construyamos una coraza fuerte de protección

Una pandemia es más que muchas epidemias
Gente con mascarilla

Óscar González Pérez y Miguel A. González Hernández*

El pasado día 11 de marzo la OMS declaraba que el “Covid 19 puede caracterizarse como una pandemia”. Este tipo de declaraciones se produce cuando hay una misma epidemia en un gran número de países. Lo lógico sería en este caso, que el problema se afrontara de forma global y no de forma descoordinada como, en nuestra opinión, se ha hecho. Cada país sigue tratando este asunto como una epidemia propia, sin tener en cuenta que ya sólo será posible una solución global.

Una de las consecuencias de esta situación es que hablamos de la vacuna China o de EEUU y no de una vacuna para todas, por cierto, ¿qué hace la UE a este respecto? Incluso EEUU ha llegado a decir que, si ellos la encuentran primero, se la guardarán; no sería fácil imaginar el impacto que esto tendría en el equilibrio económico mundial.

En España seguimos con el debate del paso a las fases de desescalamiento, en Francia han tenido que volver a cerrar 70 escuelas hace poco, en Suecia empiezan a plantearse si no fue un error el modelo elegido para combatir su epidemia, Holanda habla de “confinamiento inteligente” pero tiene una letalidad muy elevada, se ha recomendado inyectarse lejía, llevar estampitas y hasta algún cura evangelista ha dicho que en la iglesia no te puedes contagiar, porque lo evita la sangre de Cristo; pero lo más relevante es, que la gran potencia económica mundial lidera el impacto de esta pandemia.

La foto nos muestra el estado actual de expansión de la pandemia; hace apenas dos meses, había algo de rojo en Europa, un poco en las costas este y oeste de EEUU y los casos de China, Japón, Corea, Irán y poco más, ahora Europa y EEUU prácticamente se han teñido de rojo, hay muchos más lunares en Asia y muchos también en África y América Central y del Sur.

Una visión mejor quizá del proceso de expansión de la pandemia, aunque deslocalizada, la podemos ver en el gráfico siguiente. Primero China y luego Europa empezaron siendo los países focales de la pandemia, pero en el primero ya es algo residual, en Europa aparece controlada, estabilizada en Norteamérica, pero en clara expansión en el resto del mundo, sobre todo en América del Sur.

Pero hay más razones para la alarma, el día 3 de Junio de 2020, más o menos cinco meses después del inicio de la epidemia en China, se ha alcanzado el máximo diario de contagios, unos 130.400. Si hacemos caso a esto y lo que ha ocurrido en Italia o España, en donde la fase de ascenso ha durado unos 25 días y la de descenso más de dos meses, si ese día se hubiera alcanzado el máximo, nos quedaría un año de pandemia, sin tener en cuenta los posibles rebrotes.

En este artículo pretendemos hacer una exposición global de la situación, esperamos, en días sucesivos, poder seguir viendo cómo evoluciona este cómputo total, fijándonos también en la evolución de aquellos países que, por algún motivo, despierten un interés especial ese día. En todo caso, estamos en más 6,5 millones de personas afectadas en todo el mundo, sin ser capaces de adivinar dónde podría estar el límite.

Genera mucha preocupación comparar la morfología de las curvas de casos diarios entre países que parece están superando este primer embate, con otros que no se sabe dónde están (los gráficos se han obtenido de la web de la Universidad Johns Hopkins).

España e Italia, a los 2 meses de su máximo, están ya en un número de casos diarios aproximadamente la décima parte de ese máximo. Sin embargo, en ese mismo periodo, EEUU apenas ha reducido en un tercio su impacto diario, mientras Brasil ha alcanzado los 33.300 casos en un solo día. Es evidente que EEUU, por ejemplo, requiere un análisis pormenorizado, porque si nos fijamos en el estado de Nueva York, sí que veríamos un comportamiento similar al de Italia o España.

Hay una peculiaridad, quizá la más relevante, de esta pandemia, es que, hasta el momento, ha afectado mucho más al mundo desarrollado que a los países en vías de desarrollo o el llamado tercer mundo. Parece que hay una razón clara, el virus se ha esparcido como consecuencia de las relaciones comerciales, de la globalización, mucho más avanzada en los países más ricos.

Pero esta explicación es, sin lugar a dudas, muy condescendiente. Lo es, porque si miramos tanto el impacto como la letalidad en Alemania, Dinamarca, Noruega, Finlandia o Portugal y las comparamos con las que vemos en EEUU, Reino Unido, Francia, Italia, España, Bélgica y Países Bajos, por ejemplo, tenemos que concluir que hay más factores que tienen que haber influido de forma decisiva en el impacto y la letalidad. En este sentido, parece claro que la robustez de la sanidad pública ha jugado un papel fundamental, además de la situación de los cuidados a las personas mayores. Para corroborar esto, basta con mirar a Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y España, están todas en un entorno de 200.000 casos en total, pero la letalidad en Alemania ha sido muchísimo más baja.

También, cuando observamos la evolución en Suecia, Noruega, Finlandia y Dinamarca, podemos concluir, sin gran esfuerzo, que el modelo de contención de la primera ha sido un completo desastre, desde el punto de vista sanitario, humano y, ya veremos si nos es así, económico.

Por tanto, está bien que ahora, para resolver esta pandemia, hagamos un esfuerzo para encontrar una vacuna, pero es evidente que la propia globalización provocará nuevas pandemias y los sistemas sanitarios potentes han demostrado ser enormemente eficaces.

Por todo ello, hay que exigir un completo cambio en el paradigma de la globalización, que ha sido extremadamente egoísta. Europa tiene que armarse con un potente centro de investigación para que también podamos hablar de la vacuna europea y construyamos una coraza fuerte de protección. Es inconcebible que al tiempo que se obtenían grandes beneficios, se restringieran los servicios públicos, generándose una acumulación de riqueza nunca vista. Una vía para restablecer la justicia económica es, que esos grandes beneficiarios paguen la factura de esta crisis con el Impuesto a las Grandes Fortunas, pero habrá que recordarles siempre, que el coste en vidas ya nunca será recuperable; descanse en paz todas ellas.

* Óscar González Pérez es Ingeniero de Operación y Mantenimiento de Instalaciones Fotovoltaicas y Miguel A. González Hernández es Dr. Ingeniero Aeronáutico y Profesor Jubilado de la UPM

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