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Cultura

Underground Kings: la voz de una generación en crisis

«Tenemos el infierno ganao

pero las calles y los barrios están de nuestro lao…»:

Ángel de la Cruz

Solo se me ocurre una cosa más gratificante que ver triunfar a gente que, desde abajo, logra subir sin pegar codazos ni ponerse de puntillas para salir en la foto: sentirte partícipe, de un modo u otro, de ese éxito ajeno. Por cuestiones biográficas, esa sensación solo la he experimentado –que recuerde– con Los Chikos del Maíz, Natos y Waor y Dellafuente. Intuyo que hay algo de vanidad en ese «yo estuve ahí desde el principio, antes de que se hicieran famosos», pero lo cierto es que uno ve Underground Kings (el documental autoproducido de Natos y Waor para Movistar+) y no puede dejar de sonreír viendo las imágenes de sus inicios. En esas pintas va el desprecio que quienes nos sentimos partícipes de esta cultura hemos sufrido con mayor o menor intensidad.

En el momento en el que escribo, Underground Kings se mantiene como tercera tendencia en YouTube tres días después de su publicación en la plataforma. Natos y Waor son, sin ningún género de dudas, el fenómeno más imponente de la década del rap español. De récord en récord lograron pulverizar todas las marcas, codeándose con las grandes figuras del pop patrio, pero sin sonar en la radio y sin salir en la tele. Sin pagar payola, vamos. 11.000 personas en Vistalegre, más de las que congregó Vox. «Los números hablan, hagamos balance…».

¿Cómo podríamos explicar a alguien ajeno a la cultura hip hop un fenómeno de estas dimensiones? No es fácil y, como siempre, existe un número nada desdeñable de factores. Hay talento, hay trabajo, hay algo de suerte. Y un contexto económico y político-social que se suele eludir pero que también es importante tener en cuenta. Toda obra es, de alguna manera, hija de su tiempo, incluso aquella que aspira a nacer virgen y ajena a todas las contradicciones que atraviesan nuestra sociedad. Podríamos decir que no se puede escupir un rap neutral en un tren en marcha.

«Hijos de la ruina». Es imposible explicar con mayor precisión qué significa pertenecer a una generación que todavía no sabe lo que es vivir en un contexto de normalidad. La crisis de 2008 y su gestión neoliberal acabó con la promesa de ascenso social por la que tanto aguantaron nuestros padres. Aquello del esfuerzo y la formación era mentira: el sistema, sencillamente, no nos necesita, especialmente en un país como España cuyo tejido productivo es el mismo desde 1959. La semana pasada salieron los datos del paro juvenil en la Unión Europea y nuestro país lo lidera con algo más del 40%. No es casualidad que algunos estén aprovechando la pandemia para criminalizar a la juventud: delegar la responsabilidad a nivel individual hoy sirve para eximir a las administraciones públicas, mañana para culpabilizarnos de nuestro fracaso. La ideología del coaching que esconde la desigualdad estructural de oportunidades.

La crisis tuvo expresiones diversas. Los Chikos del Maíz fueron una respuesta militante en un primer momento, recordemos, de rabia popular y esperanza. No es casualidad que el trap eclosionara posteriormente en un momento de nihilismo y desazón. Natos y Waor son otra expresión particular de una misma crisis que oscila de manera dialéctica entre una conciencia de clase primaria y el cinismo inherente del cartel de no future. Lo cierto es que si nos han robado el futuro, tenemos derecho a vivir el presente, aunque, eso sí, sin olvidar algunos códigos. La falta de recursos agudiza el ingenio. El lado positivo de la crisis es que nos obligó a innovar formas de autogestión, ya sea inventando nuevos métodos de participación políticas tras el 15-M o levantando un grupo de rap. Recordemos, por cierto, que Natos y Waor han llegado a la cima sin sello discográfico. No es un detalle menor. «Independientes, los peces gordos están enfadaos…».

Los de Aluche también se mueven con éxito dialéctico a nivel musical. Renovación del rap «clásico» sin ruptura. O más simple aún: renovación con respeto. A diferencia de otros grupos de la nueva escuela, estos dos no creen haber inventado la rueda ni escupen para arriba, como dice con otras palabras Toteking en el documental. El hecho de que en él participen, además del sevillano, Zatu y Kase O es toda una declaración de intenciones. Renovación sin ruptura en el sonido, pero también en las letras. El rap español, hasta entonces, era un género ensimismado en su supuesto virtuosismo. Una especie de «metarap»: rap sobre el rap, las skills, el flow. Un rap «de autor». Es en Madrid –pero no solo– donde se empiezan a hacer cosas distintas, de Acqua Toffana a Hijos Bastardos («es un honor rapear con Charlie porque me crio…») pasando por el ínclito Costa. Antes, afirma Kase O en el documental, Violadores del Verso hicieron algo parecido. La crónica de una «generación perdida» que no encuentra su lugar en el mundo y que algunos tratan de esconder debajo del sofá.

Una nueva generación se abrió paso y empezó a escribir su propia historia, sus vivencias. Un sonido renovado, con más sintes electrónicos y hi hats más retozones, pero con la misma esencia: boom bap, barras y la humildad de quien viene de abajo y no es un producto prefabricado por expertos en marketing. Batallas de gallos en parques, conciertos por lo bebido en okupas y maquetas. ¿Será posible, en unos años, que se repita una trayectoria similar en tiempos de atajos y algoritmos?

En 2006 Nas dio por muerto el hip hop. Un año después el maestro KRS-One le rectificó con autoridad. Hace una década el rap español pasaba por una crisis crónica pero resurgió y, aunque a veces sea difícil separar el grano de la paja, hoy goza de buena salud. Que Natos y Waor sean sus máximos exponentes es un buen síntoma de ello. El barrio tiene quien le escriba.

«Her Infinity Power Helping Oppressed People».

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