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Opinión

Votemos a la catalana

El troceo del pastel convergente es un drama para su espacio, porque la división de votos puede hacer que ni unos ni otros ni los de más allá entren en el arco parlamentario

En Cataluña cuesta que nos aburramos. Teniendo en cuenta la trepidante historia política que arrastra desde hace unos años, aquello que proclaman los politólogos sobre los partidos en campaña permanente es un hecho casi tangible en la política catalana. Ahora, después de dormir a la bestia de la Declaración Unilateral de Independencia (DUI), las presiones de casi todo el arco político catalán sobre la convocatoria de elecciones se hacen cada vez más feroces. Dibujemos el escenario.

A principios de año, el president Torra anunciaba su intención de convocar las elecciones condicionadas a un factor: la aprobación de los presupuestos. Comunes y republicanos -estos últimos, responsables del área económica- se pusieron manos a la obra para conseguir un pacto satisfactorio para ambos, pero no muy ambicioso para ninguno. Con este panorama, llegó la COVID-19 y lo arrasó todo. Todo menos las cuentas, que quedaron aprobadas -por fin, después de años de prórrogas-, pero que de poco sirven porque se deberán adaptar a la nueva realidad postpandemia. Eso sí, ya no era realista convocar elecciones, teniendo en cuenta que aquellos procesos electorales que sí estaban previstos para primavera estaban incluso en duda de poder realizarse. Entre maniobras políticas e ideológicas muy cuestionables, el Govern está haciendo la gestión de la pandemia con un fantasma muy gritón a su alrededor: ahora sí, president, ponga las urnas.

La intensidad y el volumen de dicha reclamación varía en función del color político, con la guinda de no saber ni qué color se usará en el espacio postconvergent. Desde el PSC y Catalunya en Comú-Podem se reclama la fecha para que sea sólo la izquierda quien gestione la recuperación después de la pandemia. Por otro lado, los republicanos llevan un mes y medio clamando al cielo un pacto para poner fecha a la convocatoria, con la avidez de quien se siente ganador -o eso dicen las encuestas electorales-. El mismo espacio de Torra-Puigdemont aún está dirimiendo en cuantos millones de trozos se va a presentar. Mientras que Marta Pascal liderará la escisión de las tesis de Mas con el Partit Nacionalista de Catalunya, Puigdemont y Jordi Sànchez ya están construyéndose su nicho político sin esperar a llegar a ningún acuerdo con el PDeCAT, ahora liderado por David Bonvehí. Por cierto, que, según sus líderes, será un nuevo partido “sin ideología”, concepto que se utiliza en el neoliberalismo con cierta asiduidad. El troceo del pastel convergente es un drama para su espacio, porque la división de votos puede hacer que ni unos ni otros ni los de más allá entren en el arco parlamentario. La duda radica en la fuerza con la que puede arrollar el apellido Puigdemont en el electorado, pudiendo convertirse en un socio atractivo para ERC.

A todo esto, los republicanos van a tener que batallar por su propio relato político. O virar hacia la izquierda y mirar al PSC y a En Comú-Podem o bien continuar con la estrategia del pacto antinatural con la derecha catalana con el lazo umbilical de hacer efectiva una república. Ciudadanos es el único que no tiene prisa alguna, visto su probable descalabro también en Cataluña.

Por si esto se planteara como un escenario fácil, aún se añade un ingrediente que puede hacer saltar todo por los aires: hay fecha para ratificar o rechazar la inhabilitación de Torra ante el Supremo. Se prevé para el 17 de septiembre. ¿Convocará elecciones antes de su inhabilitación? No lo parece, teniendo en cuenta que fuentes del Govern han manifestado que se dará fecha en cuanto se encarrile la crisis de la pandemia. ¿Será después? Pues tiene poco tiempo, porque el Supremo confirmaría su inhabilitación, y Torra debería moverse antes de la notificación del tribunal. ¿Dejará que sea su segundo, el republicano Pere Aragonès, el que surfee las olas? Si Torra no las convoca antes, el vicepresidente catalán quedaría al timón del barco, hasta que se invistiera un nuevo presidente o se acabaran los plazos y se convocaran automáticamente.

Una cosa está asegurada: se hablará de pandemia, como también de nacionalismo, y más teniendo en cuenta el auge de éste en las elecciones vascas. El interrogante cae como una losa sobre ERC, que ha ido conjugando el efectismo del poder con los dejes a los que le arrastraba Junts per Catalunya, que le podría comer la tostada en el relato independentista. Ya he avisado: en Catalunya cuesta que nos aburramos.

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