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Opinión

¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué?

TXEMA GUIJARRO–

Ya solo queda un pequeño grupo de irreductibles galos mediáticos, arrinconados en la sección derecha del ‘ABC’ –algunx incluso más allá de la galaxia–, que aún dan por hombre de honor al autoexiliado. Ni siquiera los que hasta hace muy poco le perdonaban las fechorías de rifle en mano a lo Hemingway son capaces hoy de poner la cara por un tipo que ya dan por amortizado.

Pero claro, la línea de frente monárquico se reorganiza rápido, y todos los escuderos mediáticos corren raudos a salvar el pellejo de la institución –es decir, del hijo–, no vaya a ser que lxs ciudadanxs nos preguntemos, en un momento en el que todxs intuimos que se vendrán tiempos complicados, si nos merece la pena. Si realmente estamos obligados a mantener una jefatura de Estado en estas condiciones. Cuando digo condiciones, me refiero a condiciones medievales, premodernas, de legitimación genética. De origen franquista... en fin, se me ocurren tantos anacronismos que dan para una lista de la compra.

Básicamente, ¿cuál es el relato que nos trata de vender ahora esa línea de frente mediático en repliegue? Pues bien, que en realidad el problema de todo es que se le ha ido la olla. Juan Carlos cumplió un papel fundamental durante la Transición, etc. Peeero últimamente andaba alejado de la realidad, así que menos mal que cambiamos hace unos años a Felipe, que es un tío bien preparado y honesto, capaz de soportar sobre sus hombros el peso de la institución. Y listo, ahí nos quedamos.

El problema es que ese paso atrás que han dado, solo para intentar fortalecer desde ahí la debilitada posición monárquica, sigue dejando un montón de puntos flacos, insostenibles a estas alturas de siglo XXI. Para empezar, si es cierto que el ex monarca ha sufrido un proceso de despegue perverso que le ha llevado al lado oscuro, esto no deja de ser un argumento en contra, tanto del carácter vitalicio, como de la propia inviolabilidad que, por naturaleza, tiene la institución.

Es decir, precisamente las dos características que hacen de la monarquía un fósil predemocrático, y por tanto, dotadas de una legitimidad más que dudosa.

¿Qué nos dirán después?

¿Cómo salvarán entonces estas insalvables contradicciones? ¿Qué nos dirán después? ¿Que no nos preocupemos, que si se nos tuerce el actual, ya en breve tendremos recambio con la mayoría de edad de las infantas? ¿O que van a poner en marcha un plan de transparencia tres mil punto cero hasta hacer de la monarquía una institución cuasi-republicana?

Sencillamente, va a llegar un momento en que la última esquina del tablero que les quede por ceder tendrá una gran ficha en forma de urna. No sé si será mañana o en diez años, pero cuando el jaque mate llegue, y esa gran urna se abra al fin, este país se va a quitar de encima muchos complejos, además de alguna que otra carga administrativa de más.

La única y verdadera fe que debería caber en política es la fe en el principio democrático. Pero esto implica también un salto de madurez, porque nos obliga a confiar en nosotrxs mismxs como expresión de unos pueblos ibéricos unidos por accidentes de la geografía y de la historia, enfrentados hoy a inmensos desafíos de futuro jodidamente similares. Por eso muchxs creemos que el proyecto España merece la pena ser defendido y seguirá vigente muchos años como república plurinacional. Pero antes, España tendrá que superar su particular complejo de Edipo. Y para eso, solo vale más democracia.

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